– No obligues a ese tipo a que se case contigo, Jennifer. Te arrepentirás toda su vida.
– Tonterías. Yo nunca podría hacer eso.
– Yo creo que sí, y si lo intentas te lo impediré.
– Para luego deshacerte de mí.
– Luego tú y yo correremos el riesgo. No creo que lo hayas hecho nunca, y ya es hora. Quizá no te deje. O quizá tú me dejes a mí, y entonces yo acabe persiguiéndote.
– Lo dudo -repuso Jennifer con tono entristecido.
– No te subestimes. Y olvídate de Conner; él no te ama.
– Steven, dejemos este tema -le advirtió-. Hablo en serio.
– De acuerdo -cedió, para luego mirarla con curiosidad-. No sé lo que dice tu rostro en este momento. No puedo verlo con esta luz tan escasa.
– Bien. Cuanto menos veas y sepas de mí, mejor.
– No te habré puesto nerviosa.
– No -se apresuró a responder-. Ni tú ni ningún otro hombre puede ponerme nerviosa.
Steven no dijo nada, sino que se limitó a observarla, admirando el rubor que cubría sus mejillas. ¿Tendrían sus mejillas ese mismo rubor en el momento de la verdadera pasión? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera averiguarlo? Pero en seguida refrenó aquellos pensamientos. Su persecución de Jennifer había terminado por convertirse en un juego obsesivo, tanto más fascinante cuanto menos seguro: porque con ella no tenía seguridad alguna de éxito.
– Me alegro de que me hayas hablado de tus padres -le confesó-. Eso me ayuda a comprenderte mejor. Al principio pensaba que habías llevado una vida fácil, y que trabajabas en la empresa de tu abuelo simplemente porque te resultaba divertido.
– No lo encuentro divertido. Preferiría trabajar con animales, pero… ¿cómo podría decírselo a Barney?
– Fácilmente. Si él te quisiera de verdad, se alegraría de que pudieras cumplir tu sueño. Porque él te quiere, ¿no?
– Por supuesto.
– ¿Pero sólo si haces lo que él desea?
– Eso no es justo.
– ¿Pero tú lo crees?
– Deja ya de intentar confundirme.
– De acuerdo -pronunció Steven al cabo de un silencio-. Lo lamento.
– ¿A ti te llena tu trabajo? -le preguntó Jennifer.
– En parte sí. Y también últimamente, porque al principio, no.
– Explícate.
Steven vaciló, incómodo, y Jennifer pensó que no le resultaba fácil confiar en la gente; quizá porque nunca había confiado en nadie excepto en Maud. Comprendió que si podía salvar esa barrera, avanzaría un gran paso hacia el corazón de aquel hombre.
– No sé por qué -dijo al fin Steven-, pero tú me recuerdas a mi madre. Tuvo una vida muy dura, pero nunca se dejó abatir. No hay nadie a quien haya admirado más que a ella. Se enfrentaba con coraje y humor a cualquier desgracia. Ojalá hubiera vivido lo suficiente para poder verme ahora, y tener las comodidades que nunca llegó a disfrutar.
– ¿Y tu padre?
– Murió cuando yo tenía catorce años y Maud casi acababa de nacer. Yo soy el único padre que Maud ha conocido.
– Cuéntame más cosas de tu madre -le pidió Jennifer.
– Era maravillosa, aunque yo no se lo decía con mucha frecuencia. Después de la muerte de papá, yo me convertí en el hombre de la familia, pero ella todavía me veía como un chico. Tuvimos algunas discusiones a causa de eso. Me conseguí un empleo de repartidor de periódicos. Cuando conseguí otro más, trabajando en un supermercado los fines de semana, tuvo que admitir que con catorce años ya me había convertido en un hombre.
– ¿Y el colegio?
– Durante un tiempo pude compaginar el trabajo con los estudios. Dejé pronto el colegio y me hice con un tenderete en el mercado para vender todo lo que podía conseguir barato. Cuando conseguí algún beneficio, lo invertí en otro tenderete.
– ¿Y cómo es que diste el salto de los tenderetes del mercado a Charteris? -le preguntó Jennifer, fascinada.
– Hice cursos de comercio en la escuela nocturna, y fui adquiriendo pequeñas tiendas. Al final me convertí en propietario de tres, pero ambicionaba más, así que lo vendí todo y entré a trabajar en Charteris, invirtiendo el dinero en acciones. Diez años después estaba dirigiendo la empresa. Luego, con el tiempo, he ido invirtiendo cada vez más en ella.
– Así que ahora tienes poder en la empresa.
– Exacto, y dinero. Sé lo terrible que puede ser la carencia de dinero, y cómo ese problema puede llegar a dominar toda tu vida. Y he tenido que enfrentarme con gente poderosa que creía poder avasallarme simplemente porque me consideraba un pobre chico de los barrios bajos. Por eso me he visto obligado a enseñarles que no era así, y a veces de manera muy dura.
– ¿De manera muy dura?
– Siempre y cuando no me ha quedado otra. Si tienes que contraatacar, debes hacerlo lo suficientemente bien como para que el enemigo no pueda desafiarte de nuevo.
Hablaba con un tono tan pragmático que Jennifer no pudo evitar estremecerse.
– Me alegro de no haberme convertido en enemiga tuya.
– Y yo también, te lo aseguro -repuso Steven, mirándola de una forma extraña.
Capítulo 7
– Así tendré oportunidad de visitar a la familia de Zarpas -le comentó Steven cuando se dirigieron en el coche de Jennifer a su casa-. Tengo muchas ganas de verla.
Nada más llegar Jennifer fue a ver la cesta donde había colocado los gatos, pero se encontró con que estaba vacía.
– Hay uno aquí -le dijo Steven sacando delicadamente a un gatito de detrás del sofá-, y allí otro.
– Desde que se salieron de la caja, nunca sé dónde voy a encontrarlos -dijo Jennifer, riendo.
Zarpas salió entonces de la cocina y se reunió con la camada. Steven calentó leche para los gatos y preparó un café para ellos. Jennifer estaba empezando a sentirse ella misma como un gatito, estirándose perezosamente con la placentera sensación de que su vida marchaba a las mil maravillas.
– A propósito -pronunció Steven-, nos hemos olvidado de algo.
– ¿Sí?
– Martson. Todavía no hemos hablado de él.
Con un estremecimiento de sorpresa, Jennifer recordó que el original propósito de aquella velada había sido darle una buena lección a Steven Leary… y había terminado por olvidarse de ello. Pero esa noche había aprendido cosas sobre él que la intrigaban y fascinaban. Ya no quería reírse de él, ni darle un escarmiento, ni hacer nada que no fuera… besarlo.
– ¿Quieres hablar de ello ahora?
– No… no, en otra ocasión. No es importante -balbuceó.
– No -convino Steven, tomándola en sus brazos-. Claro que no es importante.
Estaba empezando a temer los besos de Steven, de tanto como los deseaba. Él era como una droga, negativa y peligrosa, pero imposible de resistir. Se dijo que lo rechazaría la próxima vez, pero esa noche le devolvería el beso ansiosa, ardientemente… sólo una vez más.
Pero al igual que sucedía con las drogas, en realidad no existía «sólo una vez más». Un beso siguió a otro, y de repente Steven le estaba sembrando de besos la cara y el cuello.
– Te deseo -murmuró-. Y quiero que tú me desees.
– Ya sabes que yo… yo no sé, Steven…
Sus palabras se disolvieron en la nada mientras empezaba a devolverle los besos con urgencia. Asaltaron su mente imágenes de Steven tal y como lo había visto al comienzo de aquella tarde, desnudo hasta la cintura, y la necesidad de tocarlo se tornó insoportable. Vio sus ojos oscurecidos por la pasión, mirándola con una extraña expresión de asombro, como si la sorprendiera lo que estaba sucediendo.
– Siempre eres más hermosa de lo que recuerdo… -le confesó con voz ronca.
Empezó a deslizar las manos por la fina tela de su vestido, y Jennifer comprendió de pronto que nada lo detendría. Sabía que se estaba lanzando de cabeza hacia algo que había deseado con toda su alma, pero aun así…
De repente, las palabras que escaparon de sus labios fueron las últimas que había esperado pronunciar: