– Soy Peter Dagon. Represento a FON.
Los ojos la recorrieron de arriba abajo. Era como si estuvieran absorbiendo información sobre ella. Se sentía incómoda pero a la vez adulada por el interés que manifestaba. Automáticamente se llevó la mano debajo de la barbilla para esconder la cicatriz.
– Bienvenidos -los saludó Nils Vetman-. Como ya sabéis, estamos aquí para leer el testamento de Elisabeth Barakel.
Miró compasivamente a Nova y continuó:
– Eligió repartir sus pertenencias entre su hija, es decir, tú, Nova, y la fundación FON, aquí representada por Peter.
Nova pensaba preguntar en ese momento a qué se dedicaba FON, pero Nils Vetman continuó:
– Estamos hablando de un total de cincuenta y tres millones, incluido un edificio en Gamla stan y acciones. El importe está basado en la cotización de ayer. Será repartido al cincuenta por ciento.
La mente de Nova se quedó en blanco por completo hasta que pudo pensar en una cifra: cincuenta y tres.
– ¿Has dicho cincuenta y tres millones? -preguntó tras un minuto de silencio.
– Sí, lo tengo todo documentado aquí. Las acciones están repartidas entre el mercado sueco y el asiático.
El abogado les entregó a Nova y a Peter una copia del resumen. Nova lo hojeó aparentando leerlo. Sin embargo, su pensamiento estaba sumido en un bucle. Cincuenta y tres millones. Todavía no había conseguido centrarse para calcular cuánto era cincuenta y tres dividido entre dos. Pero sabía que se trataba de mucho dinero. Ciertamente, nunca les habían faltado medios cuando era pequeña, pero Nova siempre pensó que era el resultado de las extensivas semanas de trabajo de su madre. «Cincuenta y tres millones», volvió a pensar.
Paralelamente a sus tribulaciones, Nils Vetman volvía a hablar:
– Era el deseo de Elisabeth que Nova se quedara con la casa. Está valorada en trece millones, incluidas las obras de arte y el resto del inventario. El resultado es que Nova hereda la casa y trece millones y medio en acciones, mientras que FON recibe veintiséis millones y medio en acciones. ¿Dónde queréis que sean ingresados?
Nova no había tenido nunca más que el subsidio de estudios que recibía cada mes por estudiar filosofía en la universidad. Y, desde luego, no tenía ningún depósito donde ingresar las acciones. Porque era un depósito lo que necesitaba, ¿no?, pensó.
– Primero tengo que ponerme en contacto con mi banco -dijo para no tener que descubrir demasiado-. Te daré los datos mañana.
La reunión no duró más que eso. Peter Dagon sí dejó la información que necesitaba el abogado. Después se despidió igual de cortés y atento como había empezado. Nova decidió seguir sentada.
– ¿Tienes más preguntas? -le preguntó Nils Vetman.
– Probablemente, pero ninguna en este momento -respondió Nova con sinceridad y se levantó de la silla.
– No tienes más que llamarme si se te ocurre algo.
Nova hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza. Iba a abandonar el despacho cuando pensó en aquello a lo que le había estado dando vueltas antes:
– ¿Qué hace FON?
– Peter dijo algo sobre una actividad sin ánimo de lucro. No sé más.
– ¿Me podrías dar su número de teléfono?
– Lo siento, pero los datos de contacto son confidenciales.
Nova salió de prisa del despacho pasando por delante de la sorprendida secretaria de abogado. En la calle vio un Mercedes aparcado debajo del cartel del club de jazz Stampen. En los siglos XVIII y XIX el club había sido una iglesia. Los calvinistas franceses que habían celebrado sus ortodoxas misas allí se habrían levantado de sus tumbas si supieran que el local se había convertido en un night-club.
El Mercedes, que tenía dos ruedas sobre la acera y las otras dos sobre los adoquines, empezó a circular. En el retrovisor se encontró con la mirada de Peter Dagon. Él la mantuvo mientras aceleraba bajando por el pasaje. Los gestos de Nova fueron inútiles.
El coche desapareció al doblar la esquina.
«Mierda de tío», pensó Nova.
Por encima de su cabeza se balanceaba el cartel con un pájaro vestido de frac tocando el saxofón.
Amanda se despertó por la tarde en su cama. Unas horas antes, cuando pensó en ir a trabajar, no pudo hacerlo. En cuanto salía por la puerta tenía que darse la vuelta y correr hasta el baño. «Vomito como cuando un gato marca su territorio», pensó. Al final se rindió y llamó a su jefe para darse de baja, lo cual lo sorprendió. Desde la última vez que cogió la baja habían pasado cinco años, tres reorganizaciones y un cambio de jefe. La inspectora que entrenaba con tacones altos el tiro de pistola no se ponía nunca enferma. No correspondía a su imagen.
Sin embargo, en aquellos momentos se encontraba derrotada en su cama mirando una reproducción de Marc Chagall. Moses se la había regalado porque el original tenía el mismo nombre que él. «Para que lo primero que hagas cada mañana sea pensar en mí», fue la frase que dijo para justificar el regalo. A Amanda no le parecía en absoluto que la imagen se pareciera a su Moses, con un cuerpo desmadejado, las piernas encogidas y un peinado que parecía una cornamenta. «¿En qué estaría pensando Chagall cuando le puso cuernos a Moisés?», pensaba Amanda.
El malestar ya no era tan insistente, pero sí notaba el cansancio. El teléfono le atravesó los oídos. Respondió y consiguió delegar otro de sus trabajos. «Si no puedo estar de pie, puedo trabajar tumbada», pensó. Despacio y torpe, consiguió repetir mentalmente los acontecimientos de los últimos días. Memorizó los cabos sueltos para sí misma. Para poder descartar lo más improbable, es decir, el mono de trabajo de color naranja, se levantó de la cama y se fue a buscar su ordenador portátil.
Volvió a hundirse en la cama con las almohadas apiladas para apoyar la espalda. Muy agradable, constató Amanda mientras buscaba a Nova Barakel en internet. Sólo había un resultado que hizo que Amanda se enderezara en la cama:
«Estocolmo, Suecia.
»Unos veinte activistas de Greenpeace protestaron hoy por la Junta Ordinaria Anual de Vattenfall en el centro de Estocolmo contra la continuada inversión de la empresa en energía sucia. Los asistentes a la junta recibieron un bonito paquete envuelto en papel verde con un trozo de carbón y el mensaje: "Es difícil tener las manos limpias cuando manipulas carbón."
»Es una petición a Vattenfall para que cambie a la energía limpia. Vattenfall planifica continuar invirtiendo mucho más en energía carboeléctrica y energía nuclear que en energía reciclable, a pesar de que una gran mayoría de los suecos, que en realidad son los propietarios de Vattenfall, preferirían invertir en energía ecológica, afirma Nova Barakel, activista de Greenpeace.»
Aquellas palabras hicieron que Amanda se arrastrara desde la cama hasta el baño. En realidad era un aseo, pero ella había instalado una alcachofa de ducha. Se sentó en la taza del váter y dejó que la tibia agua le cayera sobre el pelo y el resto del cuerpo. La ducha hizo que se sintiera mejor. Amanda obligó a su mano a cerrar el agua y secó el vaho del espejo del armario del baño. Una cara ojerosa la miraba. «Con un poco de maquillaje incluso tú estarás presentable», pensó Amanda dándose prisa en ir a su habitación para vestirse. Tenía que dar con Nova lo antes posible.
«¿De qué manera puedo destruir la actividad de SAS? -pensaba Arvid a la vez que clasificaba sus lápices por tamaños, en lugar de hacerlo por colores-. ¿Me meto en su web?