»No, eso no les afectaría demasiado porque la mayor parte de las gestiones se pueden hacer por teléfono. Además, es fácil de arreglar. ¡El teléfono! En la centralita es donde me debo meter.»
Arvid sentía cómo la emoción aumentaba en su estómago. Muchas veces había jugado con la idea de crear un virus para móviles con unas consecuencias devastadoras, pero no se había atrevido. En estos momentos tenía el motivo perfecto y sabía cómo hacerlo.
«De una vez por todas, esa rana va a tener que mostrarse tal y como es», pensó Arvid refiriéndose a la señal de llamada Crazy Frog que había sido, con diferencia, la más popular en el último año. Una rana tonta que cantaba una canción aún más tonta; así solía describirlo Arvid a los pocos suecos que no la conocían. Después del éxito, surgieron innumerables variantes y Arvid estudiaba cuál era la más popular en aquellos momentos. Eligió una que estaba en tercer lugar en una de las largas listas de los proveedores. No se le ocurría nada más apropiado para acompañar el primer virus para móvil en Suecia que The final Countdown.
Lo siguiente que hizo Arvid fue buscar el código de aquella señal de llamada en una web rusa que solía visitar cuando quería cosas que en realidad no debía tener. Mientras, tarareaba la canción, pero se saltaba el bip-bip que la rana añadía y que no estaba en la versión original del grupo Europe. Cuando acabó, cargó también el código del troyano Pdstealer.A. Era conocido entre los hackers y entre la gente de seguridad de sistemas informáticos dado que aparentaba ser, con éxito, el programa incluido en el móvil que comprimía la base de datos de contactos, aunque por el contrario, utilizaba esa base de datos para otras cosas muy diferentes. Ahora también iba a servir como base para el proyecto de Arvid.
Mientras Arvid navegaba por la web de SAS, encontró unos cuantos números interesantes a través de los que se podía llamar a la empresa: venta telefónica en Suecia y en el extranjero, así como los números especiales para empresas. «¿Cuál elijo? -pensó-. Y ¿por qué no uso los tres?»
Unas horas más tarde había acabado y tenía un virus que hacía tres cosas: se enviaba a sí mismo vía mensaje multimedia a toda la agenda del teléfono contagiado, conectaba el móvil al azar a alguno de los tres números de SAS e instalaba la señal de llamada The Final Countdown. Sin embargo, exigía que el receptor tuviera un móvil moderno pero era suficiente con que unos cientos se activaran para que sobrecargaran la línea de SAS con conversaciones absurdas. A Arvid no le preocupaba que la gente tuviera que pulsar «Ok», para instalar la señal de llamada que, además, parecía que había sido enviada por un amigo. «Si pueden contestar mensajes de Nigeria y abrir documentos adjuntos de cualquier e-mail, sería raro que reflexionaran sobre la tecla que presionan en el móvil. De momento, el diario vespertino Expressen no había escrito nada sobre virus de móviles, así que la gente aún no es consciente de ello», pensó Arvid.
Tras los últimos escándalos del año que aparecieron en los periódicos sobre The Pirate Bay, la elección de la difusión estaba clara, ya que las páginas que se utilizaban para bajar programas eran más o menos legales. Arvid cargó la señal de llamada en un servidor ignorante de esa acción, pero que tenía muchos fallos de seguridad, y de ahí hizo una conexión a The Pirate Bay. De inmediato se instaló en las últimas conexiones adquiridas y unas horas más tarde aparecía en la lista de las cien descargas más populares.
Se oyó un ruido fuerte en la puerta de la entrada. Nova dio un respingo y miró la cámara que recibía las imágenes de la puerta. Era el cartero, que había metido un gran sobre a través de la rendija que había para el correo. Luego siguió otra lluvia de cartas más pequeñas. «Empiezo a estar tan paranoica como mi madre», pensó Nova. Antes de acabar de formular aquel pensamiento se dio cuenta que quizá había algo de verdad en ello. ¿Había algo a lo que su madre tuviera miedo? ¿Había alguna relación entre su muerte y lo que le había ocurrido a Nova? «El accidente de mi madre igual no fue un accidente», fue la conclusión a la que llegó. «Pero, en ese caso, ¿me va a ocurrir a mí también algo así?», pensó. Alguien había entrado en su casa sin permiso, recordó, y se estremeció.
Nova intentó sacarse de encima aquellos desagradables pensamientos. «Tengo que ir con cuidado», resumió para sí misma mientras bajaba la escalera para recoger el correo.
Nova reconoció por los sobres que había unas cuantas facturas de Fortum, Telia y ComHem. Sólo de verlas se puso nerviosa y rápidamente hizo un montón aparte con ellas. No tenía ni idea de cómo iba a administrar su economía. Su madre se encargaba de todo aquello. «Que esperen», decidió mientras las metía en un cajón que había en la mesa del recibidor y donde otras quince facturas esperaban su turno.
Sin embargo, Nova prestó toda su atención al grueso sobre que tenía impreso el logotipo de Nils Vetman. Su nombre estaba cuidadosamente escrito en la parte delantera. «Letra de la secretaria», adivinó Nova. Abrió el sobre y sacó un montón de papeles. El testamento, que aparecía en primer lugar, ocupaba media página y no contenía ninguna sorpresa. Hojeó insegura las noventa y tres páginas restantes que correspondían al inventario de bienes relictos. No estaba acostumbrada a aquel tipo de documentos. Pero ¿a quién le podía preguntar? Le resultaba imposible explicarles a sus amigos que era multimillonaria. Simplemente, no podía.
Al final llegó a la conclusión de que el montón de papeles se refería básicamente a verificaciones de traspaso de acciones a su cuenta y a la de FON. «¿Por qué utilizaban un papel por acción?», se preguntó Nova y reflexionó sobre la cantidad de bosques suecos de gran valor natural que se utilizaban en el sector financiero. Con sólo un cinco por ciento de bosque antiguo, la explotación sostenible del bosque sueco no era más que un mito, solía afirmar Nova. «¿Cómo vamos entonces a señalar a otros países con el dedo?» En los últimos papeles había un relación de arte y otro inventario de la casa. Nova se fijó en el valor de los cuadros de William Hogarth que representaban los cuatro pasos de la crueldad. Quince mil coronas. Su primer pensamiento fue que podía haber hecho mucho con aquel dinero: hubiera podido comprar cuarenta y cinco cabras para las mujeres necesitadas de África, quinientos metros cuadrados de bosque tropical en Borneo o comadronas para treinta nacimientos en Sierra Leona. Después, se dio cuenta de por qué tenía un montón de papeles entre las manos. «Veintiséis millones y medio -pensó-. Así que, quince mil era una cifra relativamente pequeña. Valía la pena», decidió Nova.
Miró el montón de papeles en sus manos y pensó en las facturas guardadas en el cajón del recibidor. Sentía malestar por la falta de control. Era como si su falta de conocimientos fuera cada vez más notoria a medida que crecían los montones de papel. Cambió de parecer. Aquello era algo que ella sabía cómo gestionar. Sólo necesitaba tomar decisiones. Un problema aislado tenía solución. Con el inventario en una mano y las facturas en la otra, fue hasta el despacho. Nova pasó una mirada rápida por la librería e inmediatamente encontró lo que buscaba. Cuatro títulos la ayudarían: Principios de contabilidad, Derecho hereditario, Negocios con instrumentos financieros y Administración efectiva de capital.
Nova se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y organizó papeles y libros delante de ella. Empezó leyendo los índices de los libros, ya que aquello limitaba notablemente el trabajo. Después, fue pasando hoja tras hoja. Nunca tuvo necesidad de ir a un curso de lectura rápida. Ya en primaria se supo que tenía un talento especial no muy común. Leía una página entera mientras sus compañeros leían una frase.