Cuando Nova ya tenía la taza en la mano con la bebida caliente, se sentó con los dos chicos en uno de los sofás que estaban pegados a la pared. Antes de hablar, miró a su alrededor. El local estaba casi vacío, a excepción de dos hombres tatuados que estaban sentados junto a una mesa alejada. «Claro, es verdad», pensó Nova. La House of Pain, la cadena de centros de tatuaje de los Ángeles del Infierno, estaba en el mismo edificio. Estaba segura de que si oían algo no se lo irían a chivar a la policía.
– La policía ha venido a verme otra vez -dijo Nova en voz baja-, y me ha preguntado por mi mono de trabajo.
Sus amigos se inclinaron hacia adelante para oírla mejor.
– ¿Cómo pueden saber nada del mono? -preguntó Eddie, que se tocaba nervioso una espinilla escondida entre las pecas.
– Lo llevaba puesto cuando le abrí. La muy zorra llamó a la puerta a primera hora de la mañana -se defendió Nova-. Me despertó.
– Pero ¿cómo sabía que tenía que buscar un mono de trabajo? -preguntó Arvid.
Nova se encogió de hombros, resignada.
– Pero ¿qué le dijiste? -inquirió Eddie.
– Le dije que lo había tirado.
Nova se acordó de que había puesto el mono en la bolsa de basura que había en el baño, pero que la bolsa no la tiró. «Tengo que hacerlo en cuanto llegue a casa», pensó.
– Debemos ir con mucho cuidado -constató Eddie-. Esto no huele bien.
Su espinilla se había convertido en una herida pequeña y roja. Ahora toqueteaba su taza de café color hueso.
– Me preguntó qué hice aquella noche y le dije que estuve con vosotros. Si os va a buscar, limitaos a la historia del principio. Negad cualquier otra cosa.
Los dos hombres asintieron con la cabeza a modo de respuesta.
Arvid, que normalmente solía ser el que llevaba la voz cantante, estaba inusualmente callado. Ni él ni ninguno de los otros dos dijeron nada en un buen rato. Sorbían sus bebidas calientes y Nova repartió una parte del bollo entre los dos hombres. Al cabo, Arvid, mostrándose sumiso, dijo a modo de disculpa:
– Como no sabía que la policía tenía una pista, envié un virus a la SAS.
– ¿Que has hecho qué? -preguntó indignado Eddie mientras una llama roja empezaba a aparecer debajo de sus pecas.
– Pensé que debíamos continuar como habíamos planeado, según la lista, y tuve una idea de puta madre. Quería ver si funcionaba. Toda su centralita va a explotar en el peor de los ataques tipo denial-of-service.
– Exactamente, ¿qué es lo que hiciste? -no pudo por menos que preguntar Nova, a pesar de que pensaba que debería haberlo hablado con ellos antes de ponerse manos a la obra.
Si ella hubiera podido elegir, lo habrían suspendido todo y se habrían olvidado de la lista. Pero lo hecho, hecho estaba, y Arvid solía saber lo que hacía cuando se trataba de ordenadores, así que no estaba tan intranquila como Eddie. «¿Cómo podía la policía relacionar un ataque viral con el asesinato del presidente de Vattenfall?», pensó Nova. De todas formas, SAS tenía lo que se merecía.
Lo cierto era que los vuelos «sólo» representaban el diez por ciento de la emisión de dióxido de carbono del sector de transportes que se emitía en Suecia, pero iba en aumento, solía señalar Nova.
La emisión se realizaba a gran altura, lo cual afectaba al clima mucho más que cuando sucedía cerca de la superficie de la Tierra. Además, la empresa SAS era probablemente la principal responsable de la mayor parte de las emisiones de dióxido de carbono en el sector de viajes sueco. Sus aviones eran viejos, y su estrategia consistía en aumentar el número de vuelos y, a la vez, quitar importancia ante los medios de comunicación a la incidencia de los vuelos en el cambio climático. «Desgraciados de mierda», pensó Nova mientras escuchaba con interés la manera en que el virus de móvil de Arvid iba a atacarlos.
Como era habitual, Amanda estaba en cualquier otro sitio que no fuera su despacho. Evitaba todo lo posible permanecer allí mucho tiempo. Aquello había sido, a lo largo de los años, motivo de unas cuantas bromas. Recientemente, su jefa propuso que llevara siempre un emisor de GPS en el bolso para que fuera posible localizarla cuando se la requiriera. Amanda no entendía esa necesidad de presencia física. Llevaba el móvil y casi siempre respondía cuando la llamaban. Eso debería ser suficiente.
En aquellos momentos estaba inclinada junto a Kent, uno de sus compañeros más sobresalientes en cuanto a constitución e inteligencia. Los dos miraban la pantalla del ordenador de él y ella se exasperaba por no haber buscado antes a Nova Barakel en la red.
– Joder -fue lo único que sus labios manifestaron cuando acabó de leer.
– Vaya mierda -dijo Kent para demostrar que estaba de acuerdo.
Nova había matado antes.
Cuando tenía quince años se había cobrado una vida. La estadística decía dos cosas: una, que apenas existían mujeres que fueran asesinos en serie, y la otra, que reincidir con otro asesinato era extremadamente inusual. Pero Nova podía matar, estaba demostrado porque ya lo había hecho.
Además, brutalmente.
Por el momento fue suficiente para Amanda. No iba a borrar a Nova Barakel del caso a la primera de cambio. La mirada decidida de Kent le indicaba lo mismo.
Iban a vigilar a Nova con lupa.
A Nova no le resultó difícil encontrar ropa negra en su armario. El problema era escoger algo que fuera apropiado. Aunque pensaba que no iría mucha gente al entierro de su madre, no quería ir vestida con mal gusto. A pesar de todo lo que había ocurrido, tenía el respeto, casi miedo, a su madre profundamente metido en la médula espinal. El montón de ropa que guardaba en el armario con calaveras dibujadas quedaba descartado. Nova apartó de golpe la idea de que la calavera de su madre se había introducido allí.
Finalmente, eligió un par de pantalones negros lisos y un pulóver que era excesivamente caluroso para aquella época del año. «Es lo que hay», pensó Nova mientras guardaba una botella de agua del grifo para refrescarse.
Antes de salir se miró en el espejo. Después de controlar su aspecto se quitó un piercing de la lengua y las anillas de la nariz y de las cejas. Se dejó sólo dos en las orejas. «De todas formas, es la última vez que veo a mi madre -pensó-, y si había algo que no le gustaba eran mis adornos.» Después hizo una anotación mental de que debía ponerse la pieza en la lengua cuando volviera. No quería volver a hacerse aquel agujero. Las rastas se las compuso en un respetable nudo en la nuca. Lo último que hizo fue controlar detenidamente que no se viera la cicatriz y se subió el cuello del pulóver para mayor seguridad.
Nova se arrepintió de la elección de su ropa en cuanto abrió la puerta, pero era demasiado tarde para cambiarse. Los rayos del sol quemaban sin misericordia. «Será bien jodido -constató cuando sacó la botella de agua, que aún estaba fresca-. Espero que en la iglesia no haga calor.» Nova tardó un minuto en llegar hasta la catedral llamada Storkyrkan, que estaba a una manzana. La elección de la organización del entierro fue más lo que Nova quiso que lo que su madre hubiera deseado. En el testamento no ponía nada de la ceremonia en sí, de modo que Nova eligió su iglesia favorita. Después de hablar con la compañía que organizaba los entierros, no le quedaron ganas de pensar nada más. Luego, cuando ya estaba todo listo, supuso que su madre seguramente no habría elegido una iglesia, sino un entierro civil. Pero ya era demasiado tarde para hacer cambios.
Nova tomó la calle Trångsund y vio la torre del campanario de Storkyrkan alzarse ante sus ojos. Las partes más antiguas de la iglesia eran del tiempo de Birger Jarl, pero había sido reconstruida y ampliada tantas veces que sólo en el muro norte de la torre había quedado algo del edificio original. No era la magnífica fachada barroca o lo cerca que estaba de su casa lo que hacía que fuera la iglesia favorita de Nova, sino su interior gótico. «Si ha de haber iglesias, por lo menos que sean así de guapas», pensaba Nova.