Cuando era niña, Storkyrkan le había servido para otros menesteres que los religiosos. Los días que no quería ir a casa había pasado horas dentro de la iglesia, soñando entre pinturas y esculturas. Su favorito era un san Jorge con el dragón del siglo XV. En el pecho de la escultura había reliquias del mismísimo san Jorge y de otros dos santos. Las envió el Papa por correo en el siglo xiii. Nova solía sentarse en la piedra de una tumba alta para contemplar la estatua.
A veces se imaginaba que era el caballero dorado, a veces el dragón con coraza y la lengua viperina, pero nunca la princesa. Ésta estaba con sus mansas cabras estorbando la vista a Nova.
Otras veces Nova pensaba en quiénes serían las personas de la tumba donde se sentaba. En la piedra estaba grabado: «Esta tumba pertenece al señor comerciante Anders Rothstein, la querida esposa de Anders y los herederos forzosos, 1754.» Nunca llegó a comprender aquello de «herederos forzosos». Imaginar que la vida se acaba y el único título es el de heredero forzoso. En ese momento, Nova era uno de ellos, pero esperaba que nunca lo pusiera en su tumba.
Atravesó la entrada principal y, a paso rápido, recorrió la sala de armas, donde los hombres de los tiempos antiguos dejaban su equipamiento bélico. Después abrió las puertas interiores, de color azul violáceo claro con detalles dorados. Por encima, en forma de sol, brillaban las letras que significaban Dios en hebreo, «JHVH».
Después se paró de golpe por la sorpresa.
La iglesia estaba llena de gente.
Todo el mundo vestido de negro por respeto a su madre.
Al principio no reconoció a nadie entre las muchas caras que aparecían. Luego empezó a distinguir algunas. El abogado, Nils Vetman, estaba sentado al final de una fila. Le sorprendió ver al médico forense, Moses Hammar, sentado en uno de los bancos de delante. Por lo que Nova sabía, nunca había visto a Elisabeth Barakel en vida, y a Nova apenas un par de minutos cuando describió a su madre para la identificación. Un empleado de la iglesia llamó su atención cuando le preguntó:
– ¿Eres la hija?
Nova asintió con la cabeza y dejó que la dirigieran hacia el pasillo del altar. Sobre ella se erigía el candelabro de latón de siete brazos, de más de cuatro metros, que estaba situado en el coro sobre una base de mármol. La llevaron hasta el primer banco. Allí se encontraban unos cuantos parientes que parecían afligidos por ella. Nunca antes se había relacionado con ellos, así que tampoco le apetecía hacerlo ahora; les devolvió la sonrisa, pero no dijo nada. Parecieron conformes.
Cuando iba a sentarse, aún vio a otra persona que reconocía. Peter Dagon estaba de pie al fondo y se apoyaba en una de las pesadas columnas de ladrillo de la iglesia. Su vestimenta era impecable, con un toque inglés. Le devolvió a Nova una mirada de reconocimiento. No le sorprendía verlo. «Si te dan veintiséis millones, por lo menos tendrás que aparecer por el entierro», pensó. Esta vez estaba totalmente decidida a hablar con él.
Nova había llegado en el último segundo. El cura empezó a hablar. No se dio cuenta de lo que decía porque estaba demasiado fascinada con la gran cantidad de gente que escuchaba. Giraba la cabeza hacia los lados y se volvía para descubrir algún dato sobre quiénes eran. Al final se rindió y fijó la vista en el ataúd. Nova recordaba que el modelo se llamaba Varum. Era de roble barnizado en negro y completamente liso. «Mi madre seguramente pensaría que era demasiado moderno -pensó Nova-, pero es bonito.» Había costado trece mil. Nova no había mirado la etiqueta con el precio, pero sí que tuvo en cuenta que fuera ecológico. Toda la producción se hacía según la norma ISO 14001, garantizó el de la funeraria. Encima había una corona de rosas cultivadas cerca de allí.
Lo único que la madre de Nova había escrito en su testamento sobre el entierro fue que quería que la incineraran. Si Nova hubiera podido decidir, su madre no desaparecería en una burbuja gigante de dióxido de carbono. En una incineración normal, se desprenden cincuenta kilos de dióxido de carbono, había leído en el periódico nacional, Svenska Dagbladet. Lo más ecológico era un entierro en una caja de cartón, bajo un árbol, y así volver al ciclo natural. Aquello sí que la atraía: integrarse con la naturaleza despacio, en lugar de pasarse un montón de tiempo debajo de una cruz en el cementerio. No sólo teniendo en cuenta el medio ambiente, sino también la paz espiritual.
El cura había dejado de hablar. Alguien empujó suavemente a Nova. Miró hacia arriba y se dio cuenta de que era el pariente más allegado, por lo que debía iniciar la procesión del duelo de despedida. Con una sola rosa en la mano, fue hasta el ataúd. Nova le dijo adiós a su madre con el pensamiento, pero no pudo formular ni una sola palabra. Por el contrario, se quedó callada y vacía con la mirada baja y después puso la rosa sobre el ataúd. Veinte minutos más tarde, Peter Dagon puso la última flor encima de la gran montaña de plantas mutiladas. Era un clavel blanco.
Al acabar el funeral, Nova fue rápidamente conducida a la puerta de la iglesia para recibir las condolencias. No había hecho preparar ningún tipo de refrigerio dado que no creía que acudiera nadie. Así que se sintió mezquina, pero en seguida se le pasó y pudo concentrarse en saludar de forma aceptable a todos los que se acercaban a ella. Al final, la iglesia se quedó vacía y Nova se sentía completamente exhausta. Cuando le dio las gracias al cura se dio cuenta de que Peter Dagon no había salido por la puerta.
Murmuró algo sobre la pérdida de un pendiente y entró de nuevo en la iglesia a buscarlo. Pero Peter Dagon no estaba allí. La iglesia se había quedado vacía, a excepción del cuerpo muerto de la madre de Nova.
Nova dio unos cuantos tragos largos al agua, que ya estaba tibia. A pesar de que la temperatura en la iglesia había sido soportable, estaba completamente sudada tras el corto paseo al sol. Llevaba el pulóver pegado a la espalda. Se sentía mal entre todos aquellos alegres turistas en pantalón corto y camiseta. En el último tramo hasta su casa aceleró el paso, por una parte porque quería disminuir rápidamente el tiempo hasta una ducha fría, y por otra para aumentar la distancia desde el funeral. La gran cantidad de gente la había dejado perpleja y confusa. Quería ir a casa, a su soledad, y digerir la experiencia.
Nova pasó junto a un grupo de chicas con los labios pintados de color de rosa y bolsos caros. Hablaban todas a la vez de la fiesta de la noche. Parecía como si fueran disfrazadas con aquella ropa, más apropiada para los monederos de sus madres que para unas jovencitas. En una situación normal, Nova las hubiera mirado con desprecio. ¿Cómo podían construir toda su vida en base al consumo cuando había otras cosas mucho más importantes? Tontas, mimadas y siempre en rebaño. Zapatos de la plaza Stureplan, las solía llamar. Pero en estos momentos Nova se sentía muy a disgusto, así que se tapó discretamente el cuello con la mano y se dio prisa por llegar a casa.
Cuando entró, se cercioró de que la puerta quedara cerrada con llave. Después, subió directamente la escalera y entró en el baño. Al quitarse el jersey descubrió el arrugado mono de trabajo de color naranja. «Tengo que deshacerme de él», pensó Nova y cerró la bolsa de basura con un nudo. Para no olvidarse del mono, bajó la bolsa y la puso junto a la puerta de la entrada.
Volvió rápidamente al baño y se metió en la ducha. Los chorros frescos por la espalda le resultaron liberadores. Nova sentía cómo las gotas de sudor se transformaban en agua fría y clara. A la vez que la temperatura del cuerpo bajaba, aparecían los pensamientos.
Sólo quedaba ella.
Su madre se había ido para siempre. Todas las raíces habían sido sacadas. Sólo quedaba ella y una casa vieja. A su padre no lo recordaba. Murió antes de que naciera, le había explicado su madre, pero no le dijo nada más, a pesar de sus preguntas y sus ruegos.