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Cuando era pequeña, Nova fantaseaba en torno a su padre: era director de circo, policía o bombero, todo dependía del juego o del sueño. Un día que su madre estaba melancólica le había dicho que Nova había heredado los ojos de su padre. A veces, Nova se paraba delante del espejo y se preguntaba qué aspecto habría tenido, se miraba a los ojos e intentaba imaginárselo. Por mucho que buscó, no encontró ninguna fotografía. «Las he quemado para no tener que recordar», le había dicho su madre.

Muchas veces Nova la maldijo por ello.

Ahora no quedaba ninguno de los dos.

Pero ¿quiénes eran las personas que habían ido al funeral? Nova había intentado preguntarles directamente cuando recibía sus condolencias, pero la respuesta que obtuvo fue: «Éramos viejos amigos y hubo un tiempo en que nos relacionábamos mucho.» Aquello no la había sacado de dudas. La madre de Nova casi nunca tenía invitados a cenar y las personas con las que hablaba a lo largo de toda su infancia se podían contar con los dedos de una mano. Nova sacudió la cabeza y alargó la mano en busca del jabón. Nunca fue fácil entender a su madre.

Y ahora que estaba muerta, era un misterio aún más grande que nunca.

Nova se sentía pequeña entre todas aquellas preguntas. Sus raíces estaban cortadas y lo único que quedaba era una casa en Gamla stan. Una lágrima que luego fueron dos se difuminaron con el chorro de la ducha. Se deslizó por la pared y dejó que el agua le cayera por el cuerpo encogido.

Sola.

«Voy a pegarle un tiro a esta basura», pensó Amanda, y le dio una patada a la fotocopiadora que estaba en la tercera planta. El símbolo rojo que indicaba que el papel se había atascado parpadeaba como prueba de su incapacidad. Era la tercera vez en cinco minutos.

Debido a su indignación, Amanda no se dio cuenta de que estaba siendo observada.

Cogió de mala manera el informe que había copiado sólo en parte, y se le cayó todo al suelo. Las hojas se deslizaron por el linóleo. Si no hubiera sido porque eran documentos secretos, se hubiera ido de allí. Pero se vio obligada a ponerse a gatas y a recoger los papeles, completamente desordenados. Cuando se levantó los tiró en la caja del papel que se tenía que quemar para que no fuera a parar a manos equivocadas. «Ahí tenéis lo que os merecéis», pensó mientras se daba la vuelta para abandonar el despacho.

Sin embargo, se quedó inmóvil al encontrarse cara a cara con Moses. Él sonreía divertido. Sus alientos se mezclaron y la furia de Amanda hizo un alto. Sin expresar ni una sola palabra, él buscó en el bolsillo del pantalón y sacó una tarjeta de plástico que le dio a Amanda. Una cifra dorada de tres números estaba grabada en ella. Sabía muy bien qué era.

– Nos vemos allí a las ocho -dijo Moses.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta y se alejó de allí. Amanda oyó cómo desaparecían los pasos por el pasillo.

– Cabrón engreído -dijo en voz alta y con una sonrisa de satisfacción en los labios.

Pasaron dos días antes de que Arvid encontrara algo sobre su virus en los periódicos. Fue en el periódico nacional Dagens Nyheter, que traía un artículo con la noticia de que la centralita de SAS no funcionaba como debía. Los clientes estaban furiosos porque no podían comunicarse con ellos. Los técnicos de SAS explicaban que el operador de la red pasaba llamadas equivocadas. No estaba a la vista la solución del problema. SAS explicaba que aquello no tenía nada que ver con la capacidad de su centralita ni con la cantidad de televendedores que hubiera. El operador de la red rechazaba cualquier tipo de crítica y señalaba que no podía ser responsabilidad suya que hubiera tanta gente que llamara a SAS.

Por la tarde, el periódico Expresen lo sacaba en primera página, incluido un reportaje sobre los intranquilos pasajeros que no podían ponerse en contacto con SAS. Habían entrevistado a clientes de siempre en distintos aeropuertos. También se enteraron a la vez de que los aviones salían vacíos, puesto que nadie había conseguido comprar un solo pasaje.

Mientras tanto, las acciones bajaron en la Bolsa un once por ciento.

Las noticias fueron en aumento durante la tarde por el hecho de que los abonados enfurecidos acababan en SAS y sus operadores de telefonía móvil insistían en que no podían responsabilizarse de que sus clientes llamaran al número equivocado. «Vaya idiotas -pensó Arvid-. Tienen los datos delante de las narices y siguen sin entender nada.» Hacia la noche, los medios empezaron a darse cuenta del auténtico motivo al que empezaban a referirse como el caso SAS. El Aftonbladet tenía una entrevista con Per Hellqvist, experto en antivirus de la empresa Symantec, a quien siempre llamaban para temas de seguridad de informática y otros problemas del sector. Fue el primero que nombró el motivo real. «Un gusano para móviles que, desgraciadamente, cada vez son más habituales -había declarado a Aftonbladet.com. A medida que los móviles se van desarrollando, tendremos que acostumbrarnos a que sean atacados. Es evidente que el que ha creado este gusano quiere hacer daño a la empresa en cuestión. Pero utilizar los móviles de gente que no tiene ninguna culpa es ser realmente muy ruin.»

Después, seguía el habitual sermón sobre que el usuario debería actualizar los programas, conseguir un programa antivirus y no abrir carpetas desconocidas. «Está claro que quiero que la gente compre mis cosas -pensó Arvid-. Y ruin lo serás tú.»

La gran alfombra estaba sembrada de tréboles dorados y los escalones eran de mármol gastado. Amanda se ayudó de la barandilla cuando subía hasta el segundo piso del Grand Hotel. La primera vez que estuvo allí se sintió perdida. Como policía, había tenido acceso a los lugares más exclusivos, pero nunca como persona privada. Sin hacer grandes esfuerzos, se sentía cómoda con el lujo, pero lo que había sido más difícil de entender era por qué ella y Moses tenían que verse en un hotel. Lo primero que sospechó era que estaba casado. Sus amigas estaban seguras de ello. Pero, tras un control en Hacienda, lo había descartado. Era soltero, no tenía hijos y vivía solo en alguna parte de Gamla stan. «Tiene novia», le habían asegurado sus amigas a coro pero, ante una pregunta directa de Amanda, Moses respondió:

– No, claro que no. Sólo que me avergüenzo del piso que tengo. Es una cueva de soltero. Es como si me resultara imposible ponerme en marcha y limpiarlo.

Tras unos meses, Amanda aceptó que se vieran en casa de ella o en un hotel. Incluso le gustaba el montaje, mientras fuera Moses quien pagara la factura. Y si había algo con lo que nunca cicateaba era con el dinero. Sospechaba que la familia Hammar era rica, pero nunca se lo preguntó. La generosidad de Moses era ya una prueba de ello.

Amanda llegó al último escalón. El cansancio era notorio y su condición física estaba como desaparecida. Se vio obligada a pararse y respirar profundamente. No quería llamar a la puerta resollando como un perro san bernardo en el desierto. Debilitaría la primera impresión que causara y reduciría el efecto que quería conseguir con su nueva ropa interior.

Moses abrió la puerta vestido con un albornoz con el emblema del hotel. El olor de hombre recién duchado alcanzó la nariz de Amanda. De su pelo oscuro caía una gota que le resbalaba hasta el cuello. Era más de lo que Amanda podía aguantar. Sin saludar, se metió entre sus brazos. Por encima de su hombro vio que las pesadas cortinas blancas estaban corridas tapando la ventana. Animales alados de color dorado decoraban los marcos de las exclusivas sillas, cuyos asientos estaban tapizados con terciopelo sobrio de color verde oscuro. Era la habitación favorita de Amanda y eso lo sabía Moses. Cerró los ojos y disfrutó de la situación. Sentía las anchas palmas de las manos de Moses moviéndose a lo largo de su espalda.

Con un movimiento rápido se liberó de su abrazo. Le quitó el albornoz y admiró su cuerpo. Cada músculo tenía una finalidad y un objetivo. A pesar del enorme físico, no había nada innecesario o excesivo. La figura de Moses estaba hecha para la lucha. Cada pequeño detalle era importante en el cuadrilátero. Era fuerte, funcional y bello.