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Ahora le tocaba a Nova observar por la mirilla. Vio a la anciana del andador que miraba a un lado y a otro y luego, dudosa, hacia abajo, hacia su pequeño caniche gris. Desenganchó la cadena y abrió la puerta despacio. El caniche dio un salto y se puso a ladrar en dirección hacia Nova. La anciana estaba espantada. Dio unos pasos arrastrando los pies por el rellano de la escalera y se agachó con esfuerzo para coger al perro en brazos. De vuelta a su vivienda, susurró al oído del animaclass="underline"

– Gudrun, haz el favor de no ladrar a los vecinos.

Cuando iba a cerrar la puerta, se paró pensativa y al volverse para estudiar detenidamente la puerta descubrió el chicle. De su chaqueta de lana sacó un pañuelo, desenganchó el chicle con él y se guardó la pegajosa masa en el bolsillo.

– Niños proletarios -dijo, molesta, al cerrar la puerta tras de sí.

Nova se volvió hacia la oscuridad de la vivienda. La luz de la calle Drottning y de los escaparates de las tiendas entraba a través de los ventanales. Buscó la linterna en la mochila, la encendió y se la puso en la cabeza. El recibidor estaba ordenado y amueblado con un estilo clásico, con alfombra, espejo dorado y unas cuantas perchas en un colgador. Sólo había un abrigo de color marrón claro. La ropa de la pareja debía de estar en el armario de al lado, aventuró Nova. En el suelo, debajo del abrigo, había dos pares de zapatos: uno era de caballero, de piel marrón, y hacía juego con el abrigo; el otro par era de señora, con discretos tacones. Zapatos de vieja, constató Nova. En el ambiente flotaba un ligero olor a basura. «No hay que dejar basura en casa entre julio y agosto.» Nova oía la orden de su madre desde algún sitio de su memoria.

En medio del recibidor había un portafolios tirado y de él se había salido el último balance anual de la compañía de aguas Vattenfall. Parecía como si alguien, al llegar a casa, lo hubiera soltado para llegar a tiempo de coger el teléfono. El maletín inquietaba a Nova a pesar de estar completamente segura de que nadie había entrado aquel día en la vivienda. Rompía con el orden que reinaba en la casa y creaba desarmonía. Miró fijamente el portafolios un momento, pero después pensó que la falta de armonía se iba a imponer en todo el ambiente del piso porque había llegado el momento del spray. Nova siempre había tenido una vena dramática y sabía que las frases escritas en rojo sangre causaban más efecto que en otro color.

La primera víctima fue el espejo del recibidor. «Asesino», escribió con grandes letras. «El hombre que se mire aquí tendrá el epíteto que le corresponde», pensó sonriendo de su perspicacia. Después se dirigió hacia la sala de estar, oscura pero amplia y donde el parquet estaba cubierto de antiguas alfombras orientales. En un rincón había cajones de bonita madera que Nova supuso eran altavoces, y una estatua africana tallada con forma de mujer con niños desnudos colgando de su cuerpo.

Junto a una pared había un sofá de piel negra con reposapiés. Nova fue hacia allí y escribió «Dinero manchado de sangre» a lo largo del respaldo. Satisfecha, dio un paso hacia atrás para admirar su obra.

Cuando escribió Dirty Thirty en la pared opuesta, pensó que se le debía de haber caído pintura en el suelo. Miró el frasco de spray, pero no vio que se saliera, así que se sintió tranquila. No era el mejor momento para quedarse sin pintura. Luego se agachó y dirigió la luz de la linterna que llevaba en la cabeza hacia la mancha y notó que era de un color algo más marrón oxidado que las palabras que acababa de escribir. Parecía como si estuviera seca. Al pasar el haz de luz por el suelo descubrió dos manchas más que estaban igual de secas y eran del mismo color.

Una inquietud le recorrió todo el cuerpo sin que Nova se atreviera a formular el pensamiento. Cuando se acercó a las otras dos manchas, se dio cuenta de que eran el principio de una huella. Una larga fila de manchas salían de la sala de estar y entraban en las habitaciones cercanas. Algunas se habían filtrado a través de las rendijas del parquet y seguirían allí durante mucho tiempo.

En el camino que formaban las manchas había algo atrayente que hizo que Nova las siguiera, pero otra mancha en el marco de la puerta hizo que se parara de golpe. Era la clara huella de una mano que se había deslizado a lo largo de la madera y después se había soltado.

Una huella roja.

Fue en ese momento cuando la conciencia de Nova aceptó que podía ser sangre de verdad. Dudosa, dio otro paso para iluminar la habitación con la linterna. Se paró antes de dar el siguiente, incapaz de moverse o de apartar la vista de la escena que tenía ante sí sobre la cama de matrimonio. Era de allí de donde venía el olor a basura. Estaba claro que los tres cuerpos habían abandonado esta vida, pero daban la sensación de que estaban en movimiento. La instalación grotesca y pornográfica que se amontonaba en la cama llevó el pensamiento de Nova a las profecías del juicio final. El amo, el ama y el pastor alemán en un abrazo antes de morir. Sobre la cama había cifras y un texto escritos con excrementos: el Génesis 6, 4. Se veía bien claro contra el fondo de la pared de oro y plata. La luz roja de las lámparas del cabezal reforzaba el color de la alfombra de sangre que rodeaba la cama. Aquella imagen recordaba un burdel, igual que el espejo que había en el techo, sobre la cama.

Un burdel del infierno.

Nova vio en el espejo que las tripas del perro estaban alrededor del cuello de la mujer a modo de correa. Se dio la vuelta y vomitó café amargo y empanada de brécol. Su vómito se mezcló con las gotas de sangre que había en el suelo.

Luego atravesó a trompicones la sala de estar mientras, inconscientemente, se limpiaba la boca con la manga del mono de trabajo. Cogió la mochila y salió del piso dando un portazo. Al bajar la escalera tropezó y cayó de bruces todo lo larga que era. El dolor que sintió en las rodillas cuando se dio contra el suelo de piedra se vio reprimido por la sensación de pánico que sentía en el estómago, de manera que continuó escalera abajo igual de descontrolada que antes. Arriba, el caniche ladraba histérico.

Nova se tiró hacia la puerta de entrada, la abrió y salió corriendo por la calle Drottning con una mirada furiosa. Su único pensamiento era irse lo más lejos posible de aquella vivienda y de aquella casa.

Corría por la calle igual que un borracho.

Un par de ojos seguían su huida.

Honolulu, 9 de septiembre de 2003

El verano de 2003 había sido el más caluroso de Europa desde el siglo XV. Al principio, aquello inquietaba a los expertos de medio ambiente, pero su mensaje llegó rápidamente a lobbys, políticos y, finalmente, a la gente. Sin embargo, aquello no le preocupaba a George McAlley. Alegría era una palabra demasiado suave para describir lo que sentía. Lo que experimentaba rozaba la felicidad y el éxtasis.

George McAlley, gracias al calentamiento global, había alcanzado el cénit de su sexagenaria vida. Dentro de poco llegaría a los periódicos más importantes del mundo un comunicado de prensa y su repercusión sería enorme. Estaba seguro de ello. En sus acuosos ojos brillaba una fanática excitación. La mano derecha le temblaba un poco cuando se acarició la blanca barba de apenas un milímetro. Llevar el pelo tan corto era una costumbre que adquirió cuando era oficial de aviación. A pesar de que habían pasado décadas desde entonces, mantenía aquella costumbre, al igual que la espalda recta y el andar firme.

George McAlley estaba en su despacho con vistas a un jardín tan cuidado como su pelo. Las paredes estaban cubiertas de fotografías de su pasado como oficial y sus zapatos bien cepillados se hundían en una blanca moqueta. Sobre un pedestal había una medalla de color plata montada dentro de un globo de cristal; tenía la forma de una cruz con un águila de alas extendidas en medio. La medalla estaba sujeta por una cinta roja, blanca y azul y se la habían dado por su extraordinario comportamiento heroico durante la guerra de Vietnam. De todas las pertenencias que tenía George McAlley, era la que más valoraba.