El jefe de marketing había conseguido contactar con su inquieta esposa en las islas Mauricio, quien le dijo que un vecino tenía el código de la alarma y las llaves del piso. La puerta estaba cerrada, pero la alarma desconectada.
Allí encontraron a Jan Mattson.
No estaba entero, como expresó el jefe de marketing. Y no pudo decir más, pues se desmoronó. Un coche con dos agentes ya estaba de camino hacia el lugar del crimen. «Dos peces gordos en una semana -pensó Amanda-. No podía ser una casualidad.»
En una situación normal se hubiera dado la vuelta, pero ese día no podía, así que le preguntó al dependiente:
– ¿Cuánto se tarda en calentar un foccacia con mozzarella y jamón?
La impresionante fachada del edificio aparecía enorme por encima de la cabeza de Nova cuando subía la larga escalera para entrar en la biblioteca municipal central, la Stadsbibliotek. Continuó a través de las puertas giratorias y siguió subiendo por la elegante escalera de mármol. Planta tras planta, iban apareciendo estanterías de libros. Al final llegó a Rotundan, el corazón de la casa. Las paredes en círculo estaban llenas de libros, pero en el centro de la sala sólo había mesas con ordenadores y mostradores de información. Un fenómeno antiguo a punto de entrar en un nuevo milenio; información en todas sus formas.
Esta vez, Nova no había ido allí para utilizar los ordenadores, sino para que la ayudaran a orientarse entre libros y papeles. En el curso Ética científica y de la investigación de la universidad, Nova descubrió que se podía obtener ayuda de un bibliotecario durante media hora sin ningún coste. Había tomado la decisión de repetirlo. El día anterior había enviado un e-mail preguntando por todo lo que hubiera sobre nefilim.
El bibliotecario, un hombre de unos cincuenta años de edad con una gran barba, esperaba junto a las fotocopiadoras de debajo de la escalera de madera. Nova siguió con la mirada los escalones de aquel material noble que ascendían y que daban a pasillos de acceso a los estantes llenos de libros. Volvió la mirada y se presentó. El bibliotecario parecía encantado, le pidió que lo siguiera y la condujo hasta una habitación.
Era un poco pequeña y estrecha y gran parte de la superficie la ocupaban una mesa y dos sillas de plástico. Cuando el bibliotecario metió el carro con los libros, no cabía nada más. Nadie podía entrar sin quedarse pegado al bibliotecario o a Nova. Antes de que a ésta le diera tiempo a sentarse, el hombre barbudo le explicó con alegría lo que había encontrado. Libro tras libro, fueron formando un montón ante ella. Apenas le daba tiempo de registrar lo que le iba diciendo: había sido difícil encontrar información sobre los nefilim, pero allí estaba todo lo que la Stadsbibliotek podía ofrecer. Él dejó bien manifiesta la satisfacción que sentía con su logro.
Cuando acabó de explicarle lo que contenía cada libro, dejó a Nova sola. Ésta respiró hondo y levantó el libro que estaba encima del todo. Era una gruesa enciclopedia, Encyclopaedia Judaica, libro número doce. Nova la hojeó hasta que encontró «nephilim» y leyó:
Cuenta el Génesis, en su capítulo 6, versículos 1 y 2, que los «hijos de Dios» (seres divinos o angélicos) tomaron mujeres mortales por esposas. Fue entonces, y también más adelante, cuando aparecieron los nefilim sobre la faz de la tierra. Textos apócrifos del período del Segundo Templo añadieron detalles a esa narrativa fragmentaria y la reinterpretaron. Los ángeles fueron presentados entonces como rebeldes contra Dios, que seducidos por los encantos de las mujeres, «cayeron» e introdujeron en el mundo toda clase de pecados. Su progenie de gigantes era réproba y violenta, y el Diluvio fue consecuencia de su conducta pecaminosa.
Nova releyó el texto para entenderlo mejor. Los descendientes de los ángeles fueron la causa del diluvio universal, resumió para sí misma. Ésos eran los nefilim. «Es todo tan absurdo -pensó Nova-. Pero, aunque parezca que es de locos donar un fondo para fines benéficos a algo que se puede relacionar con ángeles caídos, eso es lo que hay.» Sin embargo, había algo más que le rondaba en la cabeza.
¿Dónde había leído recientemente algo sobre el diluvio? ¿Qué era lo que le parecía tan familiar? Mordió el bolígrafo que tenía en la mano hasta que cayó en lo que hacía. Era un bolígrafo de la biblioteca municipal y tenía marcas de que alguien lo había mordido antes. Con asco, lo puso a una distancia prudente para no volver a cometer el mismo error.
La pequeña pausa mental hizo que el cerebro de Nova estableciera una conexión correcta: en la pared de su casa había una cita de la Biblia sobre el diluvio. «No puede ser casualidad -pensó-, pero ¿qué cojones significa?»
Lo primero que vio Amanda cuando entró en el piso fue un montón de folletos. Se puso un par de guantes para inspeccionarlos. Pudo constatar que iban a mudarse y vender el piso de siete dormitorios donde ella se encontraba. El precio no estaba puesto. Paseó la mirada sobre el plano de la vivienda y se fijó en una palabra: salón de caballeros. «¿Qué es un salón de caballeros?», pensó. En la cabeza se le apareció la imagen de Churchill y otros viejos por el estilo fumando puros sentados en sillones de piel negra, delante del fuego de un hogar. «Me pregunto cuál será el salón de las damas -siguió cavilando sobre el plano-. Debe de ser la cocina», decidió.
Amanda dejó el folleto donde estaba y miró a su alrededor. Había un jarrón con flores frescas junto al espejo del recibidor. «Es decir, dentro de poco la iban a enseñar o ya lo han hecho», supuso. Dado que la familia estaba de vacaciones, alguien las ha puesto ahí. «Contactar con el de la inmobiliaria», anotó. En la pared había una foto de la familia dando la bienvenida, donde Mattson pasaba un brazo protector por encima de su delicada esposa. Delante de ellos había cuatro niñas sentadas, de entre cinco y doce años. «Niñas que dentro de poco sabrán que su padre ha sido asesinado», pensó Amanda. Siempre era lo más difícil. En lo posible intentaba evitar a los niños en los casos que aparecían en su investigación. A la vez que sentía mucho más lo que les ocurriera a ellos que a los adultos, no tenía capacidad para comunicarse con los niños. Dado que no tenía hermanos ni tampoco hijos, nunca había aprendido a hablar con ellos. Esos casos se los pasaba a su compañero Kent que, por algún motivo, era aceptado por los niños de todas las edades.
Después, Amanda vio las huellas en el suelo.
Eran marcas rojas de arrastrar algo que desaparecían dentro de la vivienda. Junto a la puerta de la entrada había un par de gafas con la montura cuadrada. Uno de los cristales tenía una grieta. Amanda se sentía muy afectada y pensó qué habría querido decir el jefe de marketing, que ahora estaba llorando en el piso del vecino, con eso de «entero». Deseaba pedir a uno de los hombres uniformados que estaban fuera que la acompañara, pero no podía hacerlo. Ni el concepto de sí misma ni el que tenían los demás de ella mejoraría con una actuación así. Respiró hondo y siguió las huellas. Continuaban a través de una sala que en el folleto llamaban comedor. Una mesa grande de roble macizo estaba rodeada de ocho sillas tapizadas en piel. En una de las paredes había un cuadro donde varios navíos de guerra se preparaban para la batalla en un mar embravecido. En una esquina había una mesa para servir, con una sopera de plata vacía.