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Él llegó hasta ella y le empezó a estirar de la ropa. Notó la hoja de un cuchillo contra el cuello y se quedó de piedra.

– Quieta, puta -susurró en la oreja de Nova.

Hizo lo que le ordenaba. Sin protestar, dejó que le diera la vuelta y miró fijamente dentro de un par de ojos fríos y negros. Como un animal cazado, quedó paralizada con la mirada de él. Tenía la cara desfigurada por una media que le presionaba la nariz y le elevaba los rasgos. Ello hacía que la parte exterior estuviera tan desfigurada como la interior. Le quitó la ropa a tirones. El pesado cuerpo la sujetaba contra el suelo. El charco sobre el que estaba tumbada le empapó la espalda. El frío la caló hasta la médula espinal.

Las manos de él le apretaban los pechos desnudos y le hicieron unas marcas que le durarían semanas. En ese momento algo profundo se despertó en el interior de Nova. Subió desde debajo del abdomen hasta llegar a la garganta.

– Desgraciado -gritó Nova, tan alto que el hombre, de pronto, se quedó paralizado.

Ella aprovechó aquel segundo de sorpresa para meterle dos dedos en los ojos tan fuerte como pudo. Fue como si otra persona se hiciera cargo de su cuerpo mientras ella miraba. El tiempo pasaba despacio y ella observó cada uno de los detalles. El hombre gritó de dolor y apretó el cuchillo más fuerte contra el cuello de Nova. Le desgarró un poco la piel de la garganta y después se llevó las manos a los ojos. Absorto en su propio dolor, dejó la presa.

Nova no se contentó con huir.

Por el contrario, se levantó con la mano tocándose la herida del cuello. La sangre le caía por la ropa. La ira recibía combustible. El hombre estaba de cuclillas con las manos sobre los ojos. La primera patada encontró la barbilla, la segunda el vientre. Quedó tumbado, pero aquello no frenó a Nova. Patada tras patada caía sobre el cuerpo del hombre. Ella le pegaba furiosa y no dejó de hacerlo hasta que se tambaleó y también cayó.

Seguía cayendo.

El asfalto se acercaba a gran velocidad.

Nova no tenía fuerzas para protegerse con las manos.

Cuando se dio contra el suelo, abrió los ojos y miró fijamente hacia arriba, hacia el techo de su dormitorio. La respiración todavía era rápida. Había tenido una pesadilla. Una más. Al principio creía que se le pasaría al cabo del tiempo. Se solía decir que el tiempo cura todas las heridas, pero en este caso no era así. Cierto que Nova pudo irse del hospital por sus propios medios dos días después, bajo las protestas y sorpresa de los médicos. Pero la cicatriz psíquica no estaba curada. No fue el intento de violación en sí lo que le pesaba a Nova, sino el hecho de saber que había matado a un hombre. En defensa propia, había fallado el tribunal, cuando absolvieron a la joven de quince años que estaba ante ellos. Pero Nova sabía que había podido dejar de pegarle mucho antes.

Había asesinado a un hombre. A pesar de que él fuera una auténtica basura, no era fácil vivir con aquello.

Tardó dos horas en volverse a dormir.

Amanda estaba junto a su escritorio de la calle Berg, número 37. El despacho tenía un tono amarillento de los años setenta. Era pequeño y cúbico, con el techo bajo. Aunque Amanda lo intentó, no consiguió hacerlo acogedor. El cuadro con un grabado que había colgado estaba como fuera de lugar. La manta roja estirada sobre la silla de las visitas hacía que la silla pareciera dura e incómoda en contraste con la dulzura del material de la manta. La fotografía de la familia de su prima señalaba que trabajaba demasiado y que no tenía tiempo para su propia vida privada.

En pocas palabras, Amanda no estaba a gusto en su despacho a pesar de que trabajaba sesenta horas a la semana. Pero hacía tiempo que se rindió a la evidencia y decidió que, aunque en su trabajo estaba incluido estar en aquel hormiguero que era la comisaría de Kungsholmen, ella no se había hecho policía por cuestiones arquitectónicas, así que sólo estaba allí cuando era imprescindible, pero no más.

Sobre el escritorio estaba el informe y las fotografías de los dos lugares donde se habían cometido los asesinatos. Las había repasado detenidamente. Lo único que faltaba eran algunas respuestas del Laboratorio Estatal de Criminología, así como el informe de la autopsia. Moses había estado hasta los topes de trabajo.

En esos momentos estaba sentada pensando en lo que acababa de leer. Habían podido confirmar el ADN del primer lugar en cuanto al vómito. Por lo demás, no habían encontrado ni pelos ni huellas para los que no hubiera una explicación. Toda la familia de Jan Mattson estaba en San Mauricio y la mujer de Josef F. Larsson estaba igual de muerta que él. «¿Podía ser la esposa la que fuera el auténtico objetivo? -pensó Amanda-. Probablemente no -continuó elucubrando-, pero no se puede descartar por completo. ¿Y si fuera un drama triangular? Pero ¿por qué esas referencias bíblicas? Y ¿por qué sólo había frases sobre el medio ambiente en casa de Josef F. Larsson y no en casa de Jan Mattson? ¿De verdad tiene Nova algo que ver con todo esto?» Amanda no estaba completamente segura de que Nova fuera una asesina en serie. Parecía obvio que era capaz de matar, pero aquella vez fue en defensa propia. Amanda había aprendido a ver más allá de la actitud y de los piercings. Pero algo escondía aquella joven y tenía un mono de trabajo naranja, de eso estaba segura. Nova parecía poco dispuesta a colaborar y ella no podía probar nada. No le darían permiso para un registro domiciliario porque tuviera un mono de trabajo de color naranja y porque hacía cuatro años se hubiera defendido en exceso. Nova se había protegido contra un violador, así que estaba justificada. En la prensa sensacionalista de la tarde incluso la presentaron como ejemplo. Claro que con un nombre inventado. Su nombre auténtico nunca se hizo oficial.

«Tengo que llamar a Klas Granquist, el policía que se hizo cargo del caso de intento de violación», decidió Amanda. Cogió el auricular y marcó el número, pero se puso en marcha el contestador automático. Amanda suspiró y dejó el recado.

«Y ahora, ¿qué hago?», pensó hojeando los montones de papel que había sobre su escritorio. Entonces vio una nota de cuando llamaron a las puertas. La vecina de Josef F. Larsson había oído algo o, mejor dicho, su caniche había oído algo, si es que Amanda lo había entendido bien. «Para que digan lo de la aguja en un pajar -pensó-. Pues iré a interrogar al caniche.»

Antes de salir pasó por su casilla de correos. Allí había un sobre grueso que cogió y se quedó observando. Era de papel marrón y ecológico, sin remitente ni logotipo. Su nombre y dirección estaban pulidamente escritos a mano. Amanda abrió el sobre con cuidado. Las cartas anónimas dirigidas a la policía tienen tendencia a encerrar contenidos indeseados. Ésta sólo tenía dentro una cosa, un DVD.

Amanda anduvo unos pocos pasos hasta el ordenador del pasillo que no estaba conectado a la red interna, ya que sólo se utilizaba para navegar. Ella consideraba que las reglas de seguridad eran un poco rígidas en la policía, pues tenían programas antivirus y ni siquiera estaban conectados a internet. Pero siguió las normas dado que no le apetecía tener que soportar a los del departamento de seguridad, si es que la descubrían.

Cuando metió el DVD en el ordenador se puso en marcha automáticamente el Windows Media Player. Había una imagen un poco difusa. Amanda en seguida se dio cuenta de que era la filmación de una cámara de seguridad. A estas alturas había visto ya unas cuantas. Sin embargo, le sorprendió lo que estaba viendo. Era Nova con un par de jóvenes de su edad. Uno era pecoso y pelirrojo y el otro llevaba una barba descuidada. Estaban sentados en algo que parecía una biblioteca privada tomando té. El vídeo duraba cinco minutos, pero fueron más que suficientes para presentar su mensaje.

– Primero hacemos Vattenfall -dijo el de la barba.

– ¿No imitaremos demasiado al Fondo Mundial para la Naturaleza? -preguntó el pelirrojo.