– Qué va. Ellos tienen razón. Deja que esos cabrones tengan lo que se merecen -dijo Nova-. Vamos a por el presidente. Los directores son los peores.
– Después SAS. Ésos son los peores dentro del grupo de los viajes -continuó el barbudo.
– No tendremos problemas para hacer una lista de treinta -se rió Nova.
La discusión continuaba un poco más, pero Amanda ya había oído suficiente. Entró en su despacho y llamó al fiscal. Después miró las anotaciones que hizo cuando habló con Nova.
– Arvid y Eddie, Greenpeace -leyó en voz alta para sí misma.
«Así que, a pesar de todo, fue Nova quien lo hizo», pensó Amanda.
Arvid estaba soñando despierto mientras miraba un pequeño y pulido delfín de madera. Los pensamientos descansaban en otra escultura, el original que medía más de un metro y señalaba hacia la proa del Rainbow Warrior II. «Mañana me inscribiré en la lista de voluntarios, tengo que irme otra vez», pensó.
Un coche se paró abajo, haciendo chirriar las ruedas, delante del edificio de siete plantas. Arvid se levantó de delante del ordenador y fue hacia la ventana. Tardó unos segundos en asimilar lo que vio: la casa estaba rodeada de coches de la policía. Arvid volvió de prisa al ordenador y con un tecleado rápido formateó todo el disco duro.
Después cogió el móvil y llamó a Nova.
Sonó dos veces.
Llamaron suavemente a la puerta de Arvid.
Otra señal de llamada.
Alguien gritó que abriera la puerta.
«Contesta de una vez, contesta, contesta», pensó Arvid.
– La policía está aquí -susurró Arvid y cortó la comunicación.
Tranquilamente fue hasta la puerta y abrió.
Nova fue corriendo hacia la ventana en cuanto se cortó la conversación con un clic. Delante de su casa se habían parado dos coches de la policía y un Golf rojo. La calle, en la que sólo cabía un coche, estaba por tanto completamente interceptada y era imposible que pasara ningún vehículo. En la cámara de seguridad vio cómo Amanda iba hacia la puerta y llamaba.
Nova tardó cinco segundos en tomar una decisión.
Después todo ocurrió muy de prisa.
Bajó la escalera y gritó:
– Ya voy.
Pero en lugar de abrir la puerta, cogió sus zapatillas deportivas y la mochila negra del recibidor. Dio media vuelta y cuando subió la escalera y pasó por el dormitorio, vio en la cámara de seguridad que un cerrajero se dirigía hacia su puerta. Nova no se paró para ver qué hacía, sino que continuó hacia la trampilla que llevaba hasta el desván. Tiró de la escalera y la subió de prisa.
Oyó que la policía había entrado en el recibidor y empezaba a buscarla.
La trampilla del desván se cerró tras ella con bastante ruido.
Nova maldijo en voz baja.
Después continuó su huida.
Se puso las deportivas, se colgó la mochila al hombro y escaló la librería, que crujió por el peso. Tanto su camiseta negra como los tejanos se mancharon de polvo gris. Nova se apretaba contra la librería para que no se volcara porque, aunque era delgada, pesaba bastante más que la última vez que la escaló cuando tenía doce años. Tiró dos libros que cayeron al suelo con un golpe, pero no tenía importancia. La policía ya había descubierto que estaba en el desván y se disponían a abrir la trampilla.
Al mismo tiempo que el primer policía se ponía en pie en el suelo del desván, Nova se escabullía por la ventana que salía al tejado. Oyó la orden de que se detuviera, pero no lo hizo. Por el contrario, entornó los ojos para poder ver. El desván era oscuro y gris y ahora estaba ante el penetrante sol de verano sueco, arriba, entre los caballetes del tejado. Justo al lado se alzaba la torre de la catedral Storkyrkan entre el hormiguero de tejados y chimeneas. La parte superior de cobre cubierto de cardenillo parecía más cercana que nunca, pues quedaba justo por encima de su cabeza.
Sabía de antiguo que había una escalera de bomberos hasta la casa vecina. A cuatro patas trepó todo lo de prisa que pudo. «Parezco Gollum», le dio tiempo de pensar antes de llegar hasta ella.
La ventanilla del tejado del edificio vecino estaba cerrada.
Nova volvió a maldecir e, indecisa, miró a su alrededor.
De la ventanilla de donde ella venía asomaba una cabeza.
Nova se quitó de encima la mochila. Palpó por fuera y en seguida encontró una linterna metálica. Después de cuatro golpes consiguió romper la ventana. Se tiró dentro, pero se arañó los brazos y las piernas. Ahora se encontraba a cuatro patas en una escalera de vecinos. El dolor era intenso pero soportable. No tuvo tiempo de pensar en ello sino que salió corriendo hacia abajo.
Cuando llegó a la planta baja su primer pensamiento fue salir corriendo a la calle, pero se paró en el último momento. Allí estaban los coches de policía esperando. No iba a tener la suerte de que todos los policías estuvieran dentro de la casa.
Empezó a oír pasos que bajaban por la escalera.
Nova no tenía elección.
Continuó bajando.
La única puerta que no estaba cerrada en el sótano era la que daba a la lavandería comunitaria. Nova se metió corriendo allí y miró a su alrededor. La habitación era pequeña y húmeda. Había dos lavadoras grandes y anticuadas contra una pared y contra otra un moderno armario secador. Sólo había una puerta. Sin embargo, unos ventanucos al nivel del suelo daban al patio.
No se podían abrir.
Nova, furiosa, golpeó uno con la palma de la mano.
No podía.
Volvió a coger la linterna y rompió también aquel cristal, pero en el marco quedaron unos trozos afilados. En la escalera oyó a alguien que gritaba. El que perseguía a Nova se había dado cuenta de que no había salido por la puerta, sino que tenían que buscarla dentro del edificio.
Sus pasos se acercaban a la lavandería.
Dentro de poco la descubrirían.
Lo primero que vio Amanda cuando el cerrajero hizo su trabajo fue la bolsa que había en el recibidor. De ella asomaba un trozo de tela naranja. «Bingo», pensó. En el piso de arriba se oyó un golpe. «¿Qué está haciendo esa chica?», se preguntó a sí misma. En situaciones normales, hubiera salido ella en su busca, pero todavía no se sentía bien. Algo en su cuerpo no funcionaba como debía. La gripe intestinal se resistía a abandonarla. Hizo una señal con la cabeza a dos agentes uniformados que la acompañaban para que salieran a la caza de Nova.
«No puede ser tan difícil detener a una joven de diecinueve años en una casa», reflexionó Amanda. Después se puso a pensar en el aspecto de las víctimas y gritó a sus hombres:
– Id con cuidado, es mucho más peligrosa de lo que parece.
Amanda se calzó un par de guantes de plástico. Después cogió la bolsa y estiró de la tela. Era un mono de trabajo con la marca «Televerket» impresa en la espalda. «Así que el chico que trabaja en Seven-Eleven tenía razón», pensó Amanda. Ponía «Televerket» y no «Telia». Metió el mono de nuevo en la bolsa y la volvió a poner junto a la puerta.
– Que la analicen los de la Científica -dijo en voz alta a los policías que se habían quedado allí. Luego siguió adentrándose en la casa.
Los montones de escombros en el suelo continuaban en el mismo sitio que la última vez que Amanda estuvo de visita. Primero pensó en dar dos pasos largos por encima de los trozos de madera, cristales rotos y papeles, pero algo llamó su atención. Se agachó y miró. Podían ser restos de cuadros. Los trozos de madera parecían marcos y el papel estaba lleno de figuras. Una de ellas fue la que la sorprendió: un trocito desgarrado de otro motivo mayor. Fue suficiente para que Amanda comprendiera que se hallaba en la casa correcta.
La figura representaba la cabeza de un hombre calvo. Alrededor del cuello tenía una cuerda. Un cuchillo estaba clavado en un ojo. De la cabeza asomaba un enorme cáncamo. El destino de Jan Mattson era idéntico al de aquel hombre.