Выбрать главу

«Joder, qué anormal», pensó Amanda.

A Nova le salía sangre a chorro de las heridas. La peor era la que tenía en el muslo, que era profunda. Tuvo que salir por el ventanuco y el precio había sido alto, pero todavía no la habían cogido. Los trozos de cristal frenaron a la policía. Oyó cómo los quitaban y mientras tanto ella les ganaba terreno. Atravesó corriendo el patio, evitó un soporte metálico que se usa para sacudir las alfombras y corrió hacia la puerta de enfrente.

Después continuó a toda velocidad hasta Trångsund y giró a la derecha. Corría sangrando por las calles repletas de turistas de Gamla stan. Era inevitable que atrajera sus miradas. «Esto no va a acabar bien -pensó-. Dentro de nada un policía me parará para ver qué ocurre.» Pasó por delante de una de las muchas heladerías que había. Delante de un ventanal había un cochecito de niños y sobre él, un abrigo beige para proteger de los fuertes rayos del sol al niño que dormía.

Cuando Nova pasó, tiró del abrigo y se lo llevó. Detrás de ella oyó un grito de indignación. La madre del niño, con falda y blusa, salió corriendo del bar para perseguir a Nova. A los cincuenta metros se rindió: no podía dejar abandonado al niño. Con frustración, lanzó hacia Nova el helado de nata que llevaba en la mano. No la alcanzó por treinta metros.

Después de correr tres manzanas, Nova aminoró la marcha y se puso el abrigo. Respiró hondo dos veces y a paso tranquilo dobló la esquina y desapareció entre la corriente de turistas de la calle Ny.

Debajo del abrigo su corazón latía de prisa.

A lo largo del muslo le corría la sangre.

Amanda estaba satisfecha con el registro domiciliario que habían hecho en casa de Nova. Cierto que Nova se había escapado, pero toda la casa estaba llena de pruebas contra ella. Además del mono de trabajo y el cuadro, había encontrado enmarcada una referencia al Génesis de la Biblia. No era la misma que en los lugares donde se habían cometido los crímenes, pero aun así era una indicación de que el inquilino de la casa estaba interesado en el Génesis. «Tarde o temprano la cogeremos -pensó Amanda-. En Suecia nadie se puede esconder por mucho tiempo. En cuanto utilice una de sus tarjetas sabremos dónde se encuentra.» Lo único que intranquilizaba a Amanda era que Nova hiciera algo desesperado; no quería tener más asesinatos a su espalda.

En casa de sus cómplices no habían encontrado tantas cosas interesantes. Amanda aún no había conseguido entender en qué grado estaban implicados. ¿Sólo habían aportado una coartada falsa o también estaban involucrados en los asesinatos? Pronto lo sabría. Se dirigía a una de las salas de interrogatorios, donde esperaba Arvid. En su piso no habían encontrado nada interesante pero, obviamente, escondía algo, porque su ordenador estaba completamente vacío. En esos momentos lo estaban investigando en el Departamento Nacional de Delitos Informáticos.

«¡Qué joven parece!», pensó Amanda cuando entró. A pesar de que ella se acercaba a los cuarenta, no se había hecho a la idea de que los veinteañeros tenían la mitad de edad que ella.

Arvid estaba manifiestamente nervioso, y con razón. Lo habían detenido por ser cómplice de asesinato. Como mucho había pensado que era por lo del virus del móvil, aunque aquella historia tampoco era divertida. Hacía poco que había leído sobre el hacker Ancheta, al que le cayeron cinco años de cárcel en Estados Unidos por haber construido y vendido virus. Aquel chaval, al igual que él, tenía veinte años. Arvid esperaba que nadie mirara su ordenador más detenidamente.

– ¿De qué conoces a Nova Barakel? -fue la primera pregunta de Amanda.

– Trabajamos juntos en Greenpeace.

– ¿Qué hiciste el quince de agosto?

– Estuve trabajando hasta tarde con Eddie y con Nova.

– Tenemos un testigo que vio a Nova en otro sitio completamente diferente.

Arvid pensó en lo que Nova había dicho: mantente en la historia inicial.

– Es imposible. Estaba con nosotros.

– ¿Sabes quién era Josef F. Larsson?

– Ni idea -respondió Arvid.

«Miente con toda su alma», pensó Amanda. Ya había visto a Arvid antes. Estaba en una foto que ilustraba el artículo sobre las protestas de Greenpeace contra Vattenfall.

Nova entró en los almacenes Åhléns, en la plaza Sergel. Las manchas oscuras del abrigo eran cada vez más grandes. Tenía que hacer algo. En el monedero llevaba trescientas cincuenta coronas y en un cajón de rebajas encontró un par de tejanos horribles y un jersey de manga larga dos tallas más grandes que la suya, con rayas de colores alegres. «Servirá», pensó Nova mientras pagaba doscientas coronas por el equipo.

Un plan había empezado a tomar forma en su cabeza.

Salió a la calle hacia Centralen, la estación central de ferrocarril. De paso entró en una farmacia y compró tiritas y vendas. La siguiente parada fue en el lavabo del McDonald's. Arrugó la nariz cuando abrió la puerta del servicio. El uso de cientos de personas el último día había dejado un rastro considerable. El personal parecía no tener tiempo de limpiarlo.

La papelera estaba a rebosar de compresas manchadas de sangre, papel húmedo y otra basura que colgaba de los bordes y en el suelo. En una esquina había un condón usado. La taza del váter estaba salpicada y Nova prefería no pensar en si era agua u otra cosa.

Colgó la bolsa de Åhléns en un gancho y se quitó el abrigo. Todo el forro estaba chorreando de sangre. Lo dejó en el suelo y después le siguió el tejano y la camiseta, tras lo cual se examinó detenidamente. En las heridas superficiales la sangre había empezado a coagularse y los cantos ya se estaban cerrando. La herida profunda del muslo dejaría pronto de sangrar. Sólo tuvo que utilizar una de las vendas que había comprado. El resto acabó en la mochila.

Nova se puso la ropa que acababa de comprar. Los pantalones eran muy extraños. Cuando los miró con mayor atención se dio cuenta de que eran para embarazadas. Cogió el gastado cinturón de los tejanos que se había quitado y se apretó los nuevos con él. Quedaron bastante bien sujetos. El jersey de colores alegres parecía una tienda de campaña, pero escondía la falta de forma de la parte superior de los pantalones. De uno de los bolsillos del tejano roto que estaba en el suelo, sacó una barra de maquillaje y mejoró la apariencia de la cicatriz debajo de la barbilla. Nova se miró con detenimiento en el espejo. «Qué mierda de aspecto que tengo», constató, pero se encogió de hombros y salió de prisa de allí. Tras de sí quedó la ropa ensangrentada.

Cuando salió del servicio se dio cuenta de que tenía hambre. Debía comer algo pronto, pero no se le ocurriría ponerse en la cola del McDonald's. Iba en contra de sus principios. McDonald's era la cadena más grande de comida rápida del mundo, el comprador más grande de carne de ternera y uno de los más grandes de carne de cerdo y pollo. El metano que emitía la ganadería criada para la industria de la carne era un importante factor que contribuía al calentamiento global.

A pesar de que McDonald's, en sus documentos oficiales, afirmaba que no compraba carne que contribuyera a la destrucción de bosques tropicales, era sin embargo uno de los peores devastadores del Amazonas. Probablemente en los documentos olvidaban señalar que los pollos que compraban habían comido grandes cantidades de brotes de soja, cultivada en lugares donde antes había bosque. El setenta y cinco por ciento de la producción de dióxido de carbono de Brasil y su aportación al efecto invernadero lo producían los incendios provocados para hacerles sitio a los cultivos. Una superficie equivalente a un campo de fútbol era devastada cada ocho segundos, solía replicar Nova siempre que podía.

Además, la alternativa machacada de la hamburguesa para vegetarianos era incomestible. «McBean, lana especiada», pensó mientras salía a toda prisa del restaurante.

Nova inspeccionó detenidamente la estación central; la gente esperaba a sus amigos y parientes y se apoyaba en la barandilla que rodeaba la «escupidera», el agujero redondo por el que se veía la planta del metro: una red de metal ligero y armadura caía hacia abajo desde el techo en forma de arco. En el lugar que antes estaban los raíles por donde pasaban los trenes de la gran estación, había ahora suelo de terrazo. La gente, vestida con ropa clara de verano, cargaba maletas y maletines, y alguna que otra paloma revoloteaba a través del local.