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No había policía a la vista.

Lo que Nova iba a hacer debía hacerse de prisa. Había pensado correr todo lo que le fuera posible de objetivo a objetivo. Lo haría sin comer nada. Nova cogió un número y se quedó esperando su turno. Un vigilante con un pastor alemán pasó mirando a los viajeros. Nova le dio la espalda.

Al cabo de seis minutos le tocó a ella.

– Un billete de ida a Copenhague -pidió y pagó con su tarjeta.

El tren salía en treinta minutos.

En cuanto tuvo el billete en la mano se dio la vuelta y corrió todo lo que pudo. El vigilante buscó la mirada de la cajera para saber si había motivo para correr detrás, pero por lo visto no lo había. Sólo se encogió de hombros en un gesto interrogante.

La ropa de Nova absorbía el aire húmedo mezclado con el sudor y en las axilas se le formaron grandes manchas cuando subía corriendo la escalera que llevaba a la calle Klaraberg. Nova dejó atrás rápidamente la peste a orín de la escalera y lejos oyó el sonido de sirenas que se acercaban. Volvió a pasar delante del macizo edificio marrón de los almacenes Åhléns, del que colgaban unas banderolas de L'Oreal a lo largo de varias plantas. Una grúa se llevaba un Volvo negro de la parada del autobús.

En la plaza de Sergel atravesó por entre un montón de gente que paseaba. En la cara sintió una nube de gotas de agua de la fuente. Al fondo estaba la escultura alta de cristal y la moderna fachada de la casa de la cultura, Kulturhuset. Su camino acabó en la oficina del Banco SEB. Sin aliento y sudada, rellenó un impreso para sacar dinero. Delante tenía a mucha gente, según vio por el número que cogió, y al cabo de un momento Nova temblaba de frío por el aire acondicionado, pero la adrenalina de su cuerpo le hacía reprimir la sensación.

Cuando llegó su turno se fue rápidamente a la caja con el impreso en la mano. La cajera, una señora mayor, primero lo cogió pacientemente, pero dio un respingo cuando miró el impreso con más detenimiento. Después observó a Nova y de nuevo el impreso.

– Se tiene que avisar con antelación cuando se quieren sacar más de treinta mil coronas -le informó.

– ¿Por qué? -preguntó Nova.

– Por motivos de seguridad, en la agencia no tenemos tanto en metálico. Desde luego no…

La cajera miró hacia el impreso y leyó:

– … ciento cincuenta mil coronas.

– Y ¿cuánto tenéis? -quiso saber Nova.

La cajera la miró con cara de desaprobación y se puso a teclear el tablero del ordenador.

– Primero voy a ver si tienes saldo -le explicó.

Nova sentía cómo la irritación le iba en aumento. «Me pregunto si me hubiera tratado así si hubiera sido un hombre maduro», pensó.

La cajera miró su pantalla. Después se inclinó hacia adelante y la observó más de cerca. Finalmente, se dirigió hacia Nova y le dijo:

– Voy inmediatamente a averiguarlo.

La cajera se fue de prisa a las oficinas internas del banco. Un hombre vestido con un pulcro traje negro asomó por la misma puerta por donde la cajera había entrado. Estudió a Nova de arriba abajo y después su cabeza desapareció.

Cinco minutos más tarde volvió la cajera con un sobre blanco tamaño A4 con el logotipo del banco.

– Con un poco de esfuerzo hemos conseguido ciento cincuenta mil -dijo inclinándose hacia adelante en referencia al sobre.

Nova miró el sobre blanco, casi brillante. Después vio que en los estantes al lado de la caja había un montón de sobres marrones hechos con papel reciclado.

– Preferiría uno de ésos -pidió Nova señalándolos con la cabeza.

La cajera miró a Nova como cuestionando su petición, pero cogió uno de los sobres marrones y lo miró.

– Éste es nuestro antiguo logo. En realidad los tenemos que tirar.

– A mí no me importa vuestro logo -respondió Nova con sinceridad.

Se veía claro que la cajera no estaba de acuerdo, pero sacó el dinero del sobre blanco, lo contó para que Nova pudiera verlo y lo metió en uno marrón. Nova cogió el dinero y lo introdujo en la mochila.

Después, se fue corriendo de la oficina.

La cajera la miró intranquila.

Etapa uno, realizada.

El teléfono móvil sonó justo cuando Amanda iba a atacar a Arvid con otra lluvia de preguntas. La llamada bien valía la interrupción. Nova había utilizado su Visa en Centralen. Amanda cogió el bolso del año anterior, ya que el nuevo, que estaba tirado en un rincón de su piso, apestaba y nunca volvería a ser el de antes. Le faltó voluntad para tirarlo, pero en realidad sabía que tarde o temprano se vería obligada a hacerlo.

Tardó dos minutos en sentarse detrás del volante. Otro coche ya iba de camino. Tardó cinco minutos más en llegar y frenar en la calle Vasa delante de la entrada principal de Centralen. Amanda pasó corriendo a través de las puertas y de la estación hasta las cajas. Allí ya estaban dos de sus compañeros, Kent y Morgan, hablando con una de las cajeras. Amanda sacó una foto de Nova y se la enseñó.

– Sí, fue ella la que utilizó la tarjeta -confirmó la cajera asintiendo con la cabeza para reforzar lo que decía.

– ¿Qué es lo que compró? -preguntó Amanda forzada.

– Un billete a Copenhague.

– ¿A qué hora sale el tren?

La cajera miró el enorme reloj que había en la pared y dijo:

– Dentro de quince minutos.

Amanda se enteró del vagón y del asiento y salió corriendo hacia los andenes con sus compañeros. Cuando salieron al aire libre le dolía el estómago. «Tengo que ir al médico si esto continúa así», pensó mientras se apretaba el costado y respiraba fuerte. Al mismo tiempo estudió los alrededores. El andén estaba lleno de pasajeros que esperaban, pero el tren aún no había llegado. Nova no se veía por ninguna parte.

Amanda les hizo una señal a sus compañeros para que se mantuvieran en el fondo. Esperarían a Nova. Dentro de un cuarto de hora la detendrían.

Nova aminoró la marcha cuando tomó la calle Drottning. Un hormiguero de gente pisaba las piedras blancas y negras de la calle peatonal. Las banderas con todos los colores del arco iris estaban sujetas entre las casas. Pero no fue la gran cantidad de gente la que impedía que siguiera su camino. Era la primera vez desde aquella noche que pasaba por delante del piso del presidente de Vattenfall y quería darse la vuelta y desaparecer de allí, pero no podía. Una lucha se estaba librando en la cabeza de Nova. Al final, tomó una decisión. Tragó saliva y echó a andar todo lo de prisa que pudo pasando de largo por delante del edificio y del Seven-Eleven sin fijarse en ninguno de los dos.

En seguida llegó a su destino: Playground, una de las mejores tiendas para los entusiastas del aire libre. Había estado allí muchas veces antes, pero sólo había comprado cosas pequeñas. Ahora iba a comprar media tienda. Nova abrió la puerta y se dirigió hacia el primer dependiente que vio. No sólo era el que estaba más cerca, sino que también parecía que realmente le interesaba el deporte; llevaba el pelo largo y alborotado, jersey Houdini y un par de pantalones de la misma marca. El cuerpo delgado pero musculoso hizo que Nova supusiera que habitualmente hacía escalada.

– ¿Podrías ayudarme a elegir un equipo de acampada? -preguntó.

– ¿Dónde y cuándo lo vas a utilizar? -preguntó el supuesto escalador.

– Como en Estocolmo y ya mismo.

Nova fue conducida hacia el interior del local hasta una tienda de campaña de color naranja y rojo que estaba montada.