– Marmor Earlylight, para dos estaciones del año y dos personas. Dos ábsides, dos arcos. Dos coma cinco kilos.
– ¿Hay algo para una sola persona?
– Marmor también tiene una que se llama Eos para una persona. Uno coma cinco kilos.
– Entonces cojo ésa.
El escalador miró sorprendido a Nova por su rápida decisión, pero se repuso con rapidez y se fue a buscar una tienda empaquetada. Cuando volvió preguntó:
– ¿Esterilla?
Nova asintió con la cabeza y el dependiente la dirigió hasta un montón de esterillas que colgaban en una de las paredes. El escalador señaló una y dijo:
– La mejor es Exped Downmat 9, esterilla rellena de plumón que se hincha con ayuda de un artilugio incluido. Un kilo.
– Me la quedo.
En ese momento el escalador no pudo por menos que echarse a reír.
– ¿Tienes prisa? -preguntó.
– No te lo puedes imaginar -respondió Nova.
Nova salió de la tienda veinte mil coronas más pobre y con una mochila al hombro. La ropa que había comprado en Åhléns la había tirado en una bolsa de basura de Playground. Ahora llevaba puesta una camiseta de color verde marca Haglöfs, un par de pantalones de deporte suaves pero que le quedaban bien y una gorra. En el paquete también llevaba una muda y una chaqueta ligera. Se había quedado con sus zapatillas deportivas gastadas, puesto que por experiencia sabía que en lo referente a los zapatos y a la hora de la verdad era mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer.
Había llegado el momento de la verdad.
Se caló bien la gorra hasta la frente tras meter en ella las rastas rebeldes. Después entró en una de las muchas agencias de viajes de la calle Svea y compró un viaje a Londres con la Visa. Normalmente, Nova evitaba comprar billetes de avión y para aliviar su conciencia también compró lo que se llamaba «neutralizador del clima». Ida y vuelta a Londres daba 0,62 toneladas de dióxido de carbono y Nova pagó ciento setenta y cinco coronas para patrocinar el proyecto de neutralización del clima en la misma proporción. «¿Será mentira?», pensó, pero no tenía tiempo de estudiar a fondo los datos e informes como solía hacer. Por primera vez en su vida Nova tenía más dinero que tiempo. «Otro día», decidió y continuó con su plan.
Etapa dos, realizada.
Cuando el tren iba a salir, ni Amanda ni sus dos compañeros le habían visto el pelo a Nova. Decidieron subir a bordo, Amanda en un extremo y sus compañeros en el otro. Inspeccionarían todo el tren sistemáticamente. Abrieron lavabos, miraron en el compartimento del personal y controlaron pasajero tras pasajero. Amanda consiguió hacer enfadar a una señora que se había tapado la cara con una chaqueta para poder dormir.
– Es que no la pueden dejar a una tranquila -masculló.
El tren pasó la población de Fleminsberg cuando sonó el teléfono. Esta vez Amanda se enfadó en lugar de exaltarse. Nova había utilizado la tarjeta en la calle Svea después de que el tren hubiera salido. Tenía que haber cambiado de opinión porque esta vez había comprado un billete de avión y además había sacado una buena suma al contado del banco SEB que estaba en la plaza Sergel. El avión de Nova salía al día siguiente. Amanda le dio una patada a la pared del vagón con su sandalia de tacón y gritó:
– ¡Joder!
Sintió un dolor agudo que le recorría la pierna desde el dedo gordo.
Se iban acercando a la ciudad de Södertälje.
El sol calentaba sin misericordia los tejados de la ciudad.
La escalera que llevaba al local del sótano estaba parcialmente cubierta por una alfombra de plástico rota. Moses bajaba escalón tras escalón con las piernas separadas. Un opaco olor del sudor de generaciones impregnaba las paredes. La hermandad era tácita y compacta. Cada día se sucedían los cruces de polea, los combos a la cabeza, los maratones y las caídas a la lona. El contacto físico de los cuerpos creaba lazos de amistad para toda la vida. Aquí Moses se sentía como en casa.
El boxeo era su vida.
En el hombro llevaba colgada una bolsa grande; ropa para entrenar y champús junto con zapatos y bebidas para deportistas. La adrenalina le recorría el cuerpo. Tenía ganas de empezar el duro entrenamiento de dos horas. El cuerpo esperaba el placer de quedar completamente exhausto.
Camino de los vestuarios, Moses pasó por delante del escaparate del orgullo del club, en forma de medallas y copas. Su mirada buscó una de ellas: Klippan Cup, año 1988. Moses había conseguido la plata en 130 kilos tras clasificarse para la final.
Thomas Johansson le ganó 3-2 después de una prórroga. Moses acabó fuera del cuadrilátero tras una secuencia de ganchos.
A veces se preguntaba qué habría ocurrido si no hubiese hecho lo que se le exigía: reducir el volumen de su gran físico y también su aparición en los medios de comunicación. En sus momentos bajos, soñaba que había aprovechado la oportunidad y no había escuchado las directrices que le habían dado. Pensaba que había ganado la Klippan Cup y que el resto del año había continuado por el mismo camino. Moses había tenido la oportunidad de ser famoso en todo el mundo. Sin embargo, se tenía que conformar con ser consciente de su capacidad.
Moses apartó los ojos de la medalla y continuó hacia los vestuarios.
Los músculos le pedían esfuerzo a gritos.
Dentro de un momento enmudecerían con el ácido láctico.
Amanda odiaba las reuniones. Aunque era consciente de su importancia, las evitaba todo lo que podía. Muchas veces la habían criticado por su incapacidad para trabajar en grupo. Ella intentaba explicar que no tenía inconveniente en trabajar en grupo mientras no implicara perder el tiempo en una sala de reuniones. De cualquier manera, en esos momentos estaba presente en una de ellas y se esforzaba para no levantarse y salir corriendo de allí. Quería hacer el trabajo, no hablar de él.
«Tienes que ser un jugador del equipo», le había dicho su jefe, y en estos momentos hacía lo imposible por no interrumpir a los que hablaban, por muchas vueltas que dieran al tema y por poco concisos que fueran a su juicio. Amanda tenía uno de los récords del departamento en cuanto a casos solucionados, pero en los últimos años se había dado cuenta de que si tenía a su jefa contenta, la vida le resultaba más cómoda.
Cinco años atrás, un psicólogo le quiso hacer una terapia para ver si había sido una niña conflictiva, pero Amanda se negó. ¿Qué iba a solucionar con ello? Se sentía a gusto consigo misma independientemente del diagnóstico que pudieran hacerle. Pensaba que si era una policía de casi cuarenta años se la podía considerar una ciudadana bien adaptada. Y punto.
De momento sólo eran tres en el grupo que investigaba el asesinato de los presidentes, además del fiscal y de Moses. Amanda no contaba como equipo a la unidad que llamaba a las puertas. En cuanto éstos encontraban algo interesante, Amanda y los otros dos que pertenecían a la unidad operativa se hacían cargo del asunto. Sabía que su forma de trabajar no gustaba, pero no quería perder el control sobre lo más importante en una investigación: los testigos.
A sus colaboradores más cercanos los llamaba el Gordo y el Flaco. Kent era alto y con sobrepeso, mientras que Morgan era bajo, delgado y miraba fijamente pero de forma insegura. En sus momentos de maldad, Amanda pensaba que Morgan no sólo era la mitad de grande sino que también tenía sólo la mitad de la capacidad cerebral de Kent.
Hacía años que trabajaba con ellos pero, aun así, se sentía como un pájaro raro. Ellos eran padres de familia, maduros, y ella no tenía hijos y oficialmente andaba sin relación estable; lo de Moses era un secreto bien guardado. A pesar de que no se llevaban muchos años, Amanda se sentía mucho más joven que sus dos colaboradores.
Si a ella le gustaba hablar de restaurantes o de ropa de diseño, a ellos sólo les interesaba hacerlo de la paga que tenían que darles a sus hijos o de qué supermercado era el mejor. Sólo compartían la afición por la decoración y la restauración, y de eso hablaban los tres junto a la máquina de café. Con esa única excepción, sólo hablaban del trabajo y del último caso. A pesar de que asistían por compromiso a algunos cumpleaños y otras fiestas, no se relacionaban en privado.