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Mientras la conversación avanzaba lentamente, Amanda se entretenía montando los fragmentos de los cuadros del piso de Nova. Eso le hacía la situación más soportable, a pesar de que era difíciclass="underline" los trozos estaban rotos, arrugados y eran muchos. Había conseguido montar cierta cantidad de islas con motivos que casaban, pero aún no sabía a cuántos cuadros pertenecían. Lo único que había conseguido dilucidar hasta el momento era que ninguna persona normal tenía esos cuadros colgados en la pared: caballos y ovejas apaleados hasta que se les salían los intestinos, una mujer a la que encontraban asesinada y, por último, el dibujo que vio primero en el suelo de Nova. Después de poner algunos trozos en el primer cuadro, Amanda vio que representaba a un hombre desnudo al que le habían hecho la autopsia. «Joder, qué enfermizo -pensó-. Sólo hay una palabra para todo esto: ultraje.» Morgan, según Amanda, estaba haciendo una presentación larga y carente de todo interés sobre la búsqueda de la mañana y la detención en Arlanda, que se había planificado al detalle. De repente, se oyeron unos golpes fuertes en la puerta. La cara de Moses asomó sin esperar permiso y luego les explicó a lo que iba allí mientras agitaba un papel en el aire:

– Esta mañana he recibido el resultado de las pruebas del laboratorio. Ahora tenemos más base para determinar que Nova es la persona que buscamos por los asesinatos. El vómito que encontramos en la casa del presidente de Vattenfall coincide con el ADN que obtuvimos del pelo de su cama.

Amanda asintió agradecida. Después se le ocurrió algo en lo que no había pensado antes:

– Si Nova asesinó a estas personas, ¿por qué vomitó?

Antes de que le diera tiempo a alguien a reflexionar sobre la pregunta, la mirada de Moses se fijó en la mesa de reuniones.

– ¿Qué es lo que estáis haciendo?

– Encontramos estos trozos en el suelo de la casa de Nova -respondió Amanda.

– Por lo visto le gusta la sátira inglesa del siglo dieciocho.

– ¿Qué? -preguntó Amanda mirando inquisitivamente a Moses.

– Sí, ésas son Las cuatro etapas de la crueldad, de William Hogarth -explicó Moses y luego rectificó-, o por lo menos parte de ellas.

Luego soltó un silbido, como era habitual cuando se le ocurría algo:

– Mira que no pensarlo antes: los lugares del crimen parecen sus cuadros. Por eso los reconocí.

El metro de la línea verde seguía su camino y pasó por Kärrtorp, Bagarmossen y finalmente llegó a Skarpnäck. Nova se apeó, cargó con la mochila y ajustó las correas cuidadosamente. Era pesada y debía andar bastante. En el andén pasaron tres mujeres de unos treinta años. Cada una con su cochecito de niño delante, una al lado de la otra. «Esas madres son las peores -pensó Nova-. Tres nuevos individuos y cada uno de ellos provocará una emisión media de seis toneladas de dióxido de carbono al año. -Hizo un cálculo rápido-. Seis veces setenta, por tres. Mil doscientas sesenta toneladas de dióxido de carbono es lo que llevan ahí delante. Menos mal que no son americanos.» Nova hizo un nuevo cálculo. Esta vez contó veinte toneladas por individuo. Cuatro mil doscientas toneladas de dióxido de carbono producirían a lo largo de su vida si vivieran en Estados Unidos. «Menuda suerte que hayan nacido en Suecia», pensó.

Echó a andar, adelantó a las tres madres con sus cochecitos y finalmente salió de la estación del metro. Su excursión empezaba en Skarpnäck, en las afueras, que una vez había sido un frondoso valle. En la Edad Media allí se estableció una familia para cultivar la tierra. Ahora todo estaba asfaltado y lleno de casas color teja.

Nova salió en seguida de la zona urbanizada y se internó en el bosque por un sendero. Era extraño, liberador y quedaba muy lejos del desarrollo loco actual. Nova era libre pero la perseguían. Continuó su camino adentrándose en la reserva natural de Nacka. Era allí, entre los montículos y las profundas hondonadas, donde pensaba desaparecer. Porque ¿a quién se le iba a ocurrir ir a buscarla en las más de ochocientas hectáreas de bosque y tierra?

De manera instintiva sacó el móvil para ver qué hora era, pero pensó en el último capítulo de la serie Navy Cis, cuando el obsesivo hacker Abby Sciuto localiza a un asesino en serie a través de su móvil. Nova tiró el suyo como si quemara y cayó suavemente en el suelo a tres metros de allí dando algunas volteretas. Su viaje acabó debajo de un diente de león marchito.

La primera reacción de Nova fue darse la vuelta y alejarse de allí rápidamente, pero después de dar dos pasos volvió a donde estaba, se agachó y cogió el teléfono. «Mientras no me compre otro me quedo con éste, por si acaso», decidió. Esta vez apagó el móvil por completo, sacó la batería y puso todas las piezas en un bolsillo interior de la mochila. Nova continuó adentrándose en el bosque.

Sólo faltaban dos kilómetros para llegar a su destino, una hendidura en una roca cerca de Söderbysjön que Nova conocía de hacía tiempo. Al día siguiente volvería por el mismo camino. No podía hacer otra cosa.

Por Arlanda pasaba una media de cuarenta y nueve mil pasajeros al día. Después de Copenhague, Londres era el destino más popular. A pesar de que Amanda sabía qué avión debía tomar Nova para ir a Londres, aquella masa de gente la inquietaba. Si Nova conseguía subir a bordo, con más de doscientos pasajeros sentados a su alrededor, la detención no será una cuestión trivial. En el pasillo de embarque estaría toda esa misma gente esperando. Después de hablar con la policía de Arlanda, Amanda decidió que Morgan vigilaría el mostrador de información de British Airways, Kent el de facturación y Amanda el pasillo de embarque. La policía de Arlanda los apoyaría con vigilancia en las salidas. Los policías de control de pasaportes habían sido informados y darían la alarma inmediatamente si aparecía el pasaporte de Nova. Amanda había repartido los recursos según la probabilidad de que Nova apareciera por un lugar u otro. Si es que aparecía.

Al cabo de muy poco se demostraría que no era correcto distribuir los recursos según las probabilidades.

A la una y media de la tarde Morgan vio a una joven rubia de unos veinte años acercarse al mostrador de información. Coincidía con los datos de Nova y se parecía a la foto que llevaba en la mano. Los ojos de Morgan se fijaron en el final de la falda que se movía al ritmo de unas piernas en buena forma física. Después pensó en los lugares de los crímenes, en las víctimas y en sus familiares, y el corazón le empezó a latir con fuerza. «Ésos son los más peligrosos -pensó-, los que no tienen aspecto de asesinos.» Resultaba comprensible dejar pasar a aquella rubia sin inquietarse. La que venía andando tenía un cuerpo bonito y unos atractivos ojos azules. Morgan la hubiera dejado pasar encantado. Cuando la mujer entregó su pasaje al hombre de detrás del mostrador, éste dio un respingo. «Aficionado de mierda -pensó Morgan del funcionario de aduanas que se había hecho cargo del trabajo que solía hacer un empleado de British Airways-. Espero que Nova no desaparezca.» El hombre de detrás del mostrador se tocó el lóbulo de la oreja izquierda.

Era la señal que habían acordado.

Tenía el pasaje de Nova en la mano.

Era la que tenían delante.

Morgan se fijó en que Nova metía la mano en el bolsillo y la dejaba allí tocando algo. Era la primera asesina en serie de Suecia desde hacía muchos años, les había explicado Amanda. El funcionario de Aduanas parecía tener miedo y entonces Morgan se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Nova amenazaba al funcionario con un arma que llevaba en el bolsillo.