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Morgan empezó a respirar de prisa. Nova se inclinó hacia adelante y le guiñó un ojo al funcionario. «Zorra del demonio», pensó Morgan y tomó una rápida decisión. Sacó su arma del bolsillo.

– Policía, quédate quieta -gritó Morgan con una voz de bajo que no coincidía con su delicada constitución.

Antes de que a la mujer le diera tiempo de darse la vuelta, disparó.

Ella dio un grito.

Se formó un caos entre los pasajeros que huían.

La mujer cayó al suelo.

Morgan había sido el que tenía mejor puntería de su promoción de la Escuela de Policías, la única asignatura en la que destacó.

Fuera del crematorio de Råcksta, Moses estaba sentado en su Audi. «Hoy va a ser la incineración. Hoy las pruebas se convertirán en cenizas y hollín», pensó.

A Moses le hubiera gustado estar allí dentro cuando le tocara el turno al ataúd número 543, pero habría sido demasiado sospechoso. Así que tuvo que conformarse con imaginar cómo la puertecilla de metal se levantaba despacio y una fuerte luz aparecía al otro lado. No era el brillo ondeante de un fuego, sino chispas que revoloteaban con una inmensa luz anaranjada.

«Ochocientos grados, puedes confiar en mí, puedes confiar en mí», tarareaba Moses el antiguo éxito de Ebba Grön mientras continuaba con su macabra fantasía.

El ataúd fue conducido lentamente hasta dentro del horno por un mecanismo avanzado. El crematorio había sido renovado y modernizado, y el pesado trabajo físico ahora se hacía con máquinas. El proceso, convertir el cuerpo en un carbón blanco que caía abajo formando un pequeño montículo lo suficientemente pequeño para que cupiera en una urna, había comenzado. Se bajó la tapa y Moses pudo respirar tranquilo. Dentro de noventa minutos nadie podría descubrir lo que había hecho.

Se sintió seguro cuando vio el humo salir por la chimenea del crematorio y disolverse en el aire. Se imaginó todas las partículas del cadáver dispersándose con el viento. Su pensamiento continuó hacia la propuesta de la Inspección de Productos Químicos que había llegado a su mesa aquella misma mañana. Querían sacarles los dientes a los muertos para disminuir la emisión de mercurio procedentes de los crematorios. Por lo visto se trataba de decenas de toneladas al año. «Sabia decisión», escribiría en su respuesta. Leif Eriksson, jefe del crematorio Skog, de Estocolmo, ya había hecho declaraciones en el vespertino Aftonbladet y lo había calificado de poco ético. «Cobarde, uno tiene que atreverse a tomar decisiones incómodas para poder salvar el medio ambiente», pensó Moses.

Nova cogió el autobús 401 que iba de Hellasgården a Slussen. Después, el metro de la línea roja tardaba cinco minutos hasta Hornstull. Miró el reloj de la estación. Dentro de poco saldría el avión y no quería perderlo. Subió por la escalera mecánica y pasó por delante de una vendedora del diario Situation Stockholm. Era una mujer de unos treinta años que llevaba gorra. Hacía un mes Nova había leído un reportaje sobre ella en el que se explicaba que la mujer consiguió un piso y dejó de drogarse. «Esto tengo que patrocinarlo», pensó Nova y compró un ejemplar.

Una vez en la calle Långholm, giró a la izquierda y pasó por delante de uno de los muchos modernos que deambulaban por allí: un hombre con el pelo amarillo y que apuntaba hacia todos lados, grandes auriculares y un perro igual de amarillo con rastas. Nova entró en el Seven-Eleven de la esquina, pidió un helado de yogur con sabor a fresa y una hora de conexión a internet. No necesitaba más. Sonrió cuando oyó The Final Countdown detrás de ella en la cola, con el bip-bip del estribillo.

Subió de prisa la escalera hasta los ordenadores y se sentó en un lugar que había libre. Con una mano tecleó hasta llegar a la web del aeropuerto de Arlanda. El helado se deshacía con el calor y constantemente tenía que chuparlo para que no le goteara encima. Nova se olvidó de disfrutar del sabor y del frío.

Al cabo de dos minutos encontró lo que buscaba: las cámaras de la web. Una de ellas vigilaba la terminal cinco y fuera vio un coche de la policía y un Golf rojo. Nova se echó a reír. Nadie miró hacia ella, pero todos los de Seven-Eleven la oyeron. Comía el helado con rápidos lametones y finalmente mordisqueó el cucurucho. El estómago estaba fresco y tranquilo, pero en la pantalla no pasaba nada extraño. Al cabo de veinte minutos ocurrió algo inesperado.

Apareció una ambulancia.

Dos personas entraron con una camilla en el recinto de salidas.

Pasaron cinco minutos.

Una mujer rubia estaba tumbada en la camilla que salía a través de las puertas e iba rodeada de policías. Nova sintió una punzada de remordimiento en el estómago. Después apareció el miedo; podría haber sido ella la que estuviera tumbada allí. Más aún: debería haber sido ella.

Cuando había comprado el viaje a Londres estuvo a punto de romper la tarjeta Visa y tirarla a la papelera. Bajando por la escalera mecánica hacia la plaza Sergel había visto a una chica rubia de unos veinte años que subía. Nova le había gritado:

– Cógelo -le había dicho a la vez que le tiraba la bolsa con el billete y el folleto.

De forma instintiva, la joven cazó sorprendida la bolsa.

– Mira dentro de la bolsa. Es un regalo -le había dicho Nova cuando la escalera mecánica ya se la llevaba.

«Esto debería tener entretenida a la policía un rato», pensó. Una vez en la taquilla del metro, compró una tarjeta multiviajes de los transportes municipales.

Entonces Nova desconocía las consecuencias que comportaría haber involucrado a una persona inocente. Aquella joven estaba ahora en una camilla.

Había geranios blancos y rosados en las cajas de la floristería La Paz Áurea. Los brotes se abrían, uno tras otro, con el calor del verano. Las hojas y los tallos, firmes, parecían sentirse a gusto. Eran la guinda para que el restaurante tuviera aquel aspecto cuidado y resultara tan atractivo. Un farol de hierro forjado lucía sobre la puerta y disipaba la oscuridad cada vez más intensa de agosto. Podría haber sido perfectamente tanto del siglo XVIII como de principios del XXI. Poco había cambiado desde el tiempo gustaviano en el que Bellman y sus amigos visitaban y cantaban en aquel bar. Era en aquellos ambientes donde Peter Dagon estaba más a gusto. Le gustaba oír el aletazo de la Historia.

Dentro de poco, también él formaría parte de ella.

Peter Dagon abrió la pesada puerta de madera y entró. El calor del verano hacía que la ropa de abrigo fuera inútil, así que sin quitarse nada se dirigió directamente a la escalera que bajaba al sótano abovedado. Las paredes estaban cubiertas de masilla blanca y el suelo era de piedra tallada burdamente. Mientras bajaba pasó por delante de un cuadro que representaba a Zorn vestido con un gran abrigo de piel y con un cigarrillo cogido descuidadamente entre dos dedos. «En aquellos tiempos había hombres de verdad», pensó Peter Dagon y le envió al artista un agradecimiento por haber salvado el bar, tanto de la quiebra como de la demolición.

En la bóveda de abajo estaba Moses Hammar esperando. La chimenea no estaba prendida, pero había una vela encendida sobre la mesa. En aquella sala no había ni un solo ángulo recto; el techo se arqueaba como una media luna hacia los ladrillos que formaban el suelo. Sobre las mesas había manteles blancos y Moses se estaba tomando un whisky con calma en aquel ambiente agradable. La gente había empezado a entrar, pero el sótano abovedado aún no estaba lleno. Podrían hablar sin ser molestados.

Los hombres hicieron un gesto de saludo con la cabeza y Peter Dagon se sentó. Como si hubieran recibido una señal, los dos cogieron la carta. En realidad era inútil porque ambos sabían lo que había, pero formaba parte del ritual.

– El gallo joven parece ser bueno -sugirió Moses.