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Nova se volvió dos veces en la escalera. Sentía como si alguien la estuviera mirando desde abajo, pero cuando la luz de la linterna alumbraba hacia allí, no había nadie. «Voy a vender esta puta casa», decidió.

Evitó sentarse en la silla junto al escritorio y arrimó un taburete para maceta que estaba junto a la ventana. El tiesto con la monstera ya estaba en el suelo. Estaba bien claro que la policía había hecho un trabajo cuidadoso en el despacho. No quedaba mucho del orden minucioso de su madre. Le habían dado la vuelta a cada papel. Nova abrió uno a uno los cajones del escritorio. El primero tenía la etiqueta «Economía» y contenía las cuentas de la última década y las declaraciones de renta clasificadas por años.

No quiso mirar en ese cajón. El segundo, en algún tiempo estuvo cerrado con llave y contenía información sobre los clientes de la madre de Nova. Ahora estaba forzado y vacío. «La policía tiene que haber cogido lo que había», constató Nova. En el tercer cajón había montones de fotografías.

Nova ya había visto la mayor parte de ellas. Aparecía su madre, aparentemente contenta, con su pequeña hija: Nova cuando tenía cinco años montada en un caballo en el zoo de Skansen; su madre y Nova comiendo helado en Djurgården; una fotografía reciente cuando Nova acabó el bachillerato. Cuando tuvo la foto en la mano vio una cara en el fondo. Era pequeña y borrosa por estar desenfocada, pero Nova la reconoció: Peter Dagon miraba directamente al objetivo. Nova metió rápidamente la foto en la mochila pequeña de color negro y continuó buscando, ya que no tenía tiempo ni ganas de pensar en lo que significaba la foto.

Finalmente Nova llegó a un cajón marcado como «Varios» que contenía un montón de carpetas. Algunas eran de cosas de la casa, otras del mercado de valores o de las escuelas de Nova. Había dos que no entendía por qué las tenía su madre. Una estaba marcada como The Ararat Anomaly y contenía anotaciones y fotos de satélite y en otra, llamada «Abastecimiento energético en Suecia», había sobre todo mapas. Nova los metió también en la mochila. No encontró nada más que fuera interesante.

Luego efectuó un corto viaje hasta su habitación y se hizo con algo de ropa. La sensación de no ser bienvenida se hacía cada vez más patente a pesar de que ahora estaba rodeada de sus cosas. Nova se hizo fuerte y salió al pasillo. Con la linterna iluminaba a un lado y a otro, pero allí no había nada de especial.

La escalerilla crujió fuerte cuando la bajó y continuó protestando cuando subió por ella. Era como si la casa no quisiera permitirle pisar las zonas más profundas. La oscuridad se disipaba reacia cuando ella dejaba que el haz de luz de la linterna iluminara los rincones del desván. Allí poco había cambiado, pero se dio cuenta de que los CD con las películas de la cámara de seguridad habían desaparecido. El ordenador todavía estaba en marcha y Nova se sentó y tecleó su código. Por lo que se veía parecía que los técnicos de la policía habían esquivado el sistema de seguridad porque sólo había películas del último día. Por curiosidad, pulsó play y pasó las películas de todas las cámaras a la vez, cada una en una ventanilla de la pantalla.

Unos cuantos policías seguían en la casa cuando empezó la toma, pero parecía que estaban recogiendo. Nova le dio a la tecla de avance rápido y pudo ver cómo removían sus cosas privadas y después, uno tras otro, se dirigían hacia la puerta. El último, un hombre alto y grueso de unos cincuenta años, cerró tras de sí. Nova pensó en borrar el archivo pero se arrepintió en el último segundo. Una sombra había pasado por delante de las cámaras. «Seguro que son imaginaciones mías», pensó. No porque no creyera que había visto algo, sino porque no quería ver nada. El último policía se había ido media hora antes y la casa estaba apagada y vacía. ¿Quién se habría quedado?

La atmósfera del desván era penetrante y desagradable. Nova miraba por encima del hombro. Allí no había más que muebles viejos y sombras.

Rebobinó la película y dejó que pasara a velocidad normal. No sabía si se atrevería a mirar, pero no podía borrar la película y olvidarse de lo que había visto. En tres de las cámaras sólo se veía la oscuridad como boca de lobo que había en la casa, pero la del despacho había filmado suaves contornos de muebles y obras de arte. De la calle entraba una pálida luz. Nova dio un respingo cuando la sombra apareció de nuevo en la pantalla.

Alguien se había sentado junto al escritorio.

Los contornos de una mujer se veían bien claros.

Volvió la cabeza y miró a través de la ventana.

La farola le iluminó la cara.

Era la madre de Nova.

Era su olor el que estaba impregnado en la casa.

Amanda estaba sentada en el baño pálida como un muerto. «No puedo seguir así», decidió. No sólo la comida sino también el desayuno había salido por el camino equivocado y desaparecido en el váter. La comida del día anterior se había apresurado por el aparato digestivo a tal velocidad que Amanda no estaba segura de si había tenido tiempo de absorber algún nutriente. «Necesito todas las fuerzas posibles para este caso», pensó. Luego se levantó y se lavó las manos. Después salió del baño y fue directamente a buscar su móvil. El servicio de información le dio el número del ambulatorio más cercano. Tras esperar diez minutos le dieron hora para dos días después.

Amanda miró el reloj. Dentro de cuarenta minutos sería la hora de la reunión que ella misma había convocado. Suspiró y despacio se puso un par de zapatillas de deportes blancas como la nieve. Hoy no tenía fuerzas para tacones altos.

Cuando Amanda entró en la sala de conferencias, estaba vacía. El reloj marcaba las ocho menos un minuto. Miró hacia el pasillo, pero nadie iba de camino hacia allí. Algo no estaba bien, pero no sabía qué. Sin sacar su libreta de notas se sentó a esperar. «Les doy un minuto», decidió.

El minuto pasó.

La sala estaba igual de vacía que antes.

Amanda cogió su móvil y llamó a Kent.

– ¿Dónde está la gente?

– He intentado llamarte. Estoy metido en un lío de tráfico. Al parecer un camión de la basura dio marcha atrás en la autovía E4 y ha ocasionado un choque en cadena.

– ¿Marcha atrás?

– Sí, marcha atrás. Por lo visto el chófer dijo que se le había ido la cabeza.

– Es decir, ¿la reunión que he convocado ha sido anulada porque al conductor de un camión de la basura se le ha ido la cabeza? -preguntó Amanda irritada.

– Tranquila, que la hemos pasado a media hora después.

– ¿Por qué nadie me ha informado?

– Hemos intentado llamarte, pero has estado comunicando todo el tiempo.

Kent empezaba a estar irritado también.

– No he hablado por teléfono ni un segundo en toda la mañana. Ha estado callado todo el tiempo -respondió Amanda.

– Bueno, pues yo te he llamado una y otra vez. Tiene que haber una avería.

– Por lo visto ahora funciona.

Después de acabar la conversación, Amanda miró interrogante su móvil, se encogió de hombros y lo puso encima de la mesa. Después decidió quedarse en la sala; tenía todo lo que necesitaba y así no tenía ni que ir a su despacho ni recorrer los largos pasillos.

Kent fue el primero que apareció y, observando a Amanda con una mirada inquieta, dijo:

– Oye, perdona si estaba enfadado al teléfono. Lo cierto es que fui yo quien retrasó la reunión.

Amanda tardó unos segundos en relacionar lo que había dicho Kent. Había olvidado por completo la irritación de la conversación y no esperaba disculpa alguna. De vez en cuando Kent la sorprendía siendo tan sensible como grande era su constitución. Le reconfortaba saber que se preocupaba por lo que ella pensara. Irradiaba auténtica consideración.