Apenas recordaba cómo había vuelto a la tienda después de estar en su casa: se topó con un taxi ilegal en la esquina y lo llamó:
– ¡Vamos, vamos!
Cuando llegó a su destino, dudó si entrar o no en la oscuridad de la reserva de Nacka. Lo que antes había sido su amigo, ahora le daba miedo. Al final, se sentó en la acera y esperó debajo de una farola hasta que apareciera la primera luz del día a través de la oscuridad. Cada una de las sombras le había hecho devanarse los sesos por lo monstruosas que le parecían. Se quedó sentada apretando el móvil como si tuviera la mano agarrotada. Toda su fuerza de voluntad la había dedicado a no poner la batería y llamar a Arvid. Lo que más deseaba era que estuviera allí con ella.
Nova temblaba al pensar que aún tardaría varias horas en amanecer. En su cabeza aparecían, una y otra vez, las imágenes del vídeo donde salía su madre. ¿Por qué había visto Nova lo que había visto? ¿Era aquello la última forma de castigarla? ¿Desde la tumba demostrarle que era su madre la que todavía decidía? No sabía qué pensar.
Al final la furia y el odio aparecieron en su interior.
– Mala zorra, ya no vas a amargarme más la vida. Ni viva ni muerta.
La mano de Nova encontró una piedra que tiró indignada al agua lo más lejos que pudo. Después se levantó de golpe y se dirigió hacia la tienda. La pequeña mochila estaba dentro del escondite, tirada en un rincón, y Nova tuvo que ponerse a cuatro patas para poderla coger. Delante de la tienda puso después las carpetas y la fotografía que había encontrado en su casa. Empezó con la foto y la observó detenidamente. Tampoco allí había ninguna duda: era Peter Dagon quien la miraba fijamente. «¿Qué hacía en la celebración de su fiesta de bachillerato?», se preguntaba Nova. No recordaba haberlo visto en el instituto, pero estaba completamente segura de que no había saludado a su madre ni que a ella la hubiera felicitado. ¿Por qué no había saludado a su madre?, se preguntó. Un año después su madre había dejado en su testamento millones a su fundación.
No querían demostrar que se conocían. Nova puso la fotografía a un lado y cogió la carpeta que llevaba el título «Abastecimiento energético en Suecia». Encima de todo había un mapa de Suecia con líneas rojas y flechas que cubrían todo el país. «Red sueca de abastecimiento de electricidad», leyó Nova. También había mapas detallados de las ciudades más grandes de Suecia: Estocolmo, Gotemburgo, Malmoe y Uppsala. También en ellos había trazos. Debajo del todo había algo que parecía un dibujo, pero al principio Nova no pudo entender qué era. Después vio una gran nube con el título «Internet». Llegó a la conclusión de que debía de tratarse de un mapa de la red. Abajo, en la esquina de la derecha, había una corta anotación escrita con la letra de su madre: «Red energética sueca 1/3».
En su trabajo en Greenpeace había estudiado a fondo lo que hacía la Red energética sueca: cuidaban la red central de la electricidad en Suecia y eran responsables del abastecimiento de electricidad en todo el territorio sueco. Procuraban que el suministro de electricidad llegase tanto a organizaciones como a particulares. Pero no tenía ni idea de por qué su madre tenía un mapa de esa red. «Debería ser secreta», pensó Nova.
La otra carpeta, marcada con el título The Ararat Anomaly, aún la confundió más. Contenía dos fotografías. Estaba claro que una, en blanco y negro, era antigua. La otra era nueva y estaba marcada con 39° 42' 10" N, 44° 16' 30" E. Nova llegó a la conclusión de que se podía situar en alguna parte al oeste del Mediterráneo. Las dos imágenes eran del mismo motivo en diferentes épocas del año, supuso. Una oscura sombra se veía debajo de un manto de nieve. En la foto nueva el objeto era mayor y tenía los contornos más definidos. «Parece un barco -pensó Nova-, o quizá un barco de los tiempos antiguos enterrado.» El último objeto en la carpeta era una presentación en Powerpoint de alguien que se llamaba George McAlley y tenía fecha del 12 de septiembre de 2003. Llevaba por título Remains of the Ark of Noah y parecía ser una presentación sobre la historia del Arca de Noé y una argumentación de por qué estaba en un monte que se llamaba Ararat.
Nova se quedó mirando una hoja que contenía algunos datos históricos:
• Beroso, historiador de Babilonia, escribió en 275 a. J.C. acerca de un «barco» sobre una montaña.
• En el siglo I d. J.C, el historiador judío Flavio Josefo afirmó que parte de una «nave» reposaba sobre una montaña.
• Nicolás de Damasco, otro historiador del siglo I de nuestra era, dijo que había «maderos de un barco» cerca de la cima.
• Incluso el famoso explorador Marco Polo mencionó a finales del siglo XIII, en sus Viajes de Marco Polo, que el Arca de Noé aún podía verse en la «cumbre» del Ararat.
«La búsqueda del Arca de Noé. Los nefilim y el Génesis -pensó Nova-. Hay un hilo conductor, pero ¿qué significa? Y ¿qué tiene que ver con los clientes de mi madre y todo ese dinero?» Miró la fotografía de Peter Dagon.
– Seguro que tú lo sabes -dijo Nova en voz alta mirándole fijamente a los ojos.
Amanda giró dejando atrás la calle Göt y avanzó treinta metros por la calle Höken. Cuando paró delante del portal número dos se encontró con un afiche de un buque en blanco y negro que parecía antiguo. «Se busca: Pescadores ilegales. Recompensa: 10.000» «Aquí es», pensó Amanda mientras llamaba. Le abrió una mujer de unos treinta años.
– Estoy buscando a Stefan Holmgren -explicó Amanda.
– Sí, lo he visto aquí hoy. Espera un momento -le sugirió señalando una mesa redonda cubierta de folletos.
Al cabo de un minuto la mujer volvió.
– Lo siento, no lo encuentro, pero sé que ha estado aquí hoy. O está en el baño o ha salido a comprarse la comida o algo así.
Amanda asintió con la cabeza y se puso a hojear los folletos. La mayor parte parecía que se referían a cuestiones climáticas.
– La (R)evolución de la energía -leyó Amanda en voz alta.
A falta de otra cosa, continuó leyendo página tras página sobre las fuentes de energía alternativa que sustituirían al combustible fósil. Cuando llegó al final, cinco personas le habían preguntado si necesitaba ayuda, pero ninguno fue capaz de encontrar a Stefan Holmgren.
Al final cogió su móvil y lo llamó. Al cabo de dos llamadas respondió:
– Ajá, ya estás aquí. Estaba en el baño dándome una ducha.
»A veces duermo aquí -siguió explicando cuando la saludó de nuevo, un minuto más tarde-. Así que he aprovechado para ducharme cuando el baño estaba libre.
Fue la primera vez que Amanda se daba cuenta de los dos adornos metálicos que Stefan Holmgren llevaba en el labio. Después él desplegó la intensa energía que sólo emana la gente que sinceramente vive para una causa. Iba delante de ella por un largo pasillo y Amanda pudo constatar que le resultaban igual de largos ahora que no llevaba tacones. Vio que él se sujetaba los pantalones con un cinturón lleno de remaches.
Cuando se hubieron sentado le preguntó en qué podía ayudar a la policía.
– Estoy investigando dos asesinatos. Seguro que lo has leído en la prensa.
– ¿Quieres decir las tonterías esas de que dos activistas del medio ambiente estuvieran implicados en la muerte de los presidentes? Nuestro departamento de prensa está bloqueado por las llamadas de los periodistas que preguntan sobre el tema.