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– Y ¿por qué crees que son tonterías?

– No soy nadie para hablar de otras organizaciones, pero nosotros tenemos una política estricta -informó Stefan Holmgren, y se puso a hacer una lista que se veía la había repetido antes muchas veces-: Nosotros no tenemos el sabotaje como objetivo ni como método. Nunca escondemos nuestra identidad. Siempre pagamos las multas. Si tenemos que romper una cerradura, siempre dejamos una nueva. Sencillamente, nosotros hacemos desobediencia civil y eso está muy lejos del asesinato.

– ¿Conoces a alguien que se llama Nova Barakel?

Stefan Holmgren se inclinó hacia adelante y miró fijamente a Amanda.

– ¿Quieres decir que Nova está implicada de alguna manera?

– En estos momentos la estamos buscando. ¿Qué es lo que hace aquí, en Greenpeace?

– Es activista -respondió Stefan Holmgren pensativo-. Participa en nuestras acciones y trabaja como voluntaria.

– ¿Ha estado especialmente interesada en Vattenfall?

– Espera -reaccionó Stefan Holmgren, que en un instante abandonó la sala.

Un minuto más tarde volvió con un gran cartel que puso sobre la mesa: se veían unos glaciares blancos por las laderas de los altos Alpes. Toda la imagen radiaba aire sano y una magnífica naturaleza.

– ¿Ves esta nieve? -le preguntó retóricamente Stefan Holmgren señalando el cartel-. Vattenfall está recogiendo firmas que después forman este manto de nieve. Firmas para el medio ambiente, le llaman. Hipocresía de mierda, lo llamo yo.

Amanda se fijó en las florituras que había en la base de las montañas y le pareció descifrar alguna letra. Después preguntó:

– Pero ¿qué es lo que firman?

– Por ejemplo, se firma para un precio global del dióxido de carbono. ¿Verdad que suena bien?

– Sí, la verdad -respondió Amanda insegura.

– ¿Lo ves?, si no se rasca la superficie parece que sean unos defensores del medio ambiente. Lo que pasa es que quieren un precio global de las emisiones, ya que la alternativa es que paguen más por las emisiones que los países en vías de desarrollo. En otras palabras, ganarían montones de dinero si consiguieran un precio global. Vattenfall también hace esta campaña para así parecer un defensor del medio ambiente mientras mete el ochenta por ciento de sus inversiones en energías no renovables. Su plan de inversiones para los próximos cinco años es casi igual de triste. El setenta por ciento del dinero irá a la energía atómica y del carbón. Si se le pregunta a los suecos, que son los propietarios de Vattenfall, su respuesta es que quieren grandes inversiones en energías renovables. Por el contrario, Vattenfall construye centrales carboeléctricas.

Amanda empezaba a cansarse de la conferencia y consiguió interrumpirlo:

– Pero ¿qué tiene eso que ver con Nova?

Stefan Holmgren sacó una fotografía que estaba debajo del póster de la montaña: Nova llevaba un cartel amarillo y naranja que ponía en grandes letras: «¡Atención! ¡Cambio climático en marcha!», y en el fondo se veía el logo de Vattenfall en una tienda de campaña.

– Estuvo en esta acción hace apenas unas semanas, cuando Vattenfall celebraba una especie de final de campaña. Habían puesto cien mil muñequitos de plástico, uno por cada firma. La idea era que los firmantes se acercaran a colocar su muñeco, pero no acudieron muchos porque nosotros estábamos allí informando sobre lo que realmente ocurría.

La pesada constitución de Kent no se sentía a gusto con el calor de agosto y el hecho de tener que mantener un aspecto respetable no lo hacía más fácil. A pesar de haber minimizado la ropa y llevar pantalones de algodón y camisa, sudaba copiosamente. En el maletín llevaba una muda para cambiarse si las vergonzantes manchas aparecían en las axilas o por algún otro intrincado lugar. «No debo tener mal aspecto sólo porque pese unos cuantos kilos de más», solía pensar. Lo cierto era que ya no tenía la musculatura de antaño, bien entrenada y bonita. Ahora sus músculos estaban debilitados y envueltos en grasa. Perdió el control durante el embarazo de su mujer. Él tuvo un embarazo psicológico, y cuando nació la criatura desapareció la barriga de ella pero la suya se quedó.

Kent miró irritado una furgoneta sucia que estaba aparcada sobre la acera. Después de haber trabajado como policía de tráfico durante varios años, tenía alergia por ese tipo de comportamiento descuidado. Luego su mirada se detuvo en las palabras escritas en el embarrado cristal trasero: «Ojalá mi chica fuera así de guarra.» Kent no pudo dejar de sonreír y fue hacia la entrada. Dentro de dos minutos empezaría su reunión.

Se secó la frente con un pañuelo de papel y lo tiró por el camino en una papelera antes de llamar a la puerta del despacho de Eva Gren. Era el tercero del día. Eva Gren era una enjuta mujer de unos cincuenta años. No parecía que el calor la afectara, allí sentada con un jersey de manga larga y tejanos. Kent sabía que tenía cinco hijos y se preguntaba cómo se habían podido desarrollar allí dentro con lo delgada que era. Si parecía estéril. «Claro que puede ser que los cinco niños la hayan dejado así», siguió elucubrando.

Eva Gren se giró hacia el hombre gordo que entró en su despacho y evitó mirarle la doble barbilla, con lo que sus ojos no sabían dónde posarse. Kent la hacía sentirse fatal. Toda su constitución era un signo de un inminente ataque al corazón y ella no quería estar cerca cuando ocurriera. Se esforzó por no dejarse llevar por los prejuicios, pero se dio cuenta de que aquel hombre tenía algo mal en alguna parte. ¿Qué persona normal recortaba su vida conscientemente con tantos kilos de más? A veces le ocurría que en su presencia articulaba las palabras con más detalle, pero ese día no se detuvo en reparar en ello.

– Nova aparece en tres cámaras -dijo la mujer con claridad.

«¿Será que tiene algún problema de pronunciación? Pobre mujer», pensó Kent pero hizo un gesto con la cabeza para invitarla a que siguiera hablando.

– Tengo las imágenes aquí -dijo mientras las ponía de una en una sobre su escritorio y las comentaba.

– Aquí compra los billetes, aquí baja por la escalera mecánica y aquí espera a que llegue el metro.

Kent cogió su móvil para llamar a Amanda, pero de nuevo dio la señal de ocupado. «¿Se puede uno olvidar de colgar cuando habla con el móvil?», pensó Kent guardándose el teléfono de nuevo. Después le preguntó a Eva Gren:

– ¿Qué se veía en la cámara del vagón en el que se subió?

– Esa película falta. Mejor dicho, el disco duro donde se guardan había desaparecido cuando se lo pedí a SL.

– ¿Qué? ¿Es que alguien lo ha cogido?

– Sí, nosotros. Alguien de la policía lo pidió hace dos semanas como prueba de un caso de violación.

– Y ¿no lo han devuelto?

La irritación empezaba a hacer mella en Kent.

– No, por lo que se ve.

– Me cago en la hostia -exclamó Kent dando un golpe con la palma de la mano sobre el escritorio de Eva Gren.

Ésta dio un salto a la vez que su cara reflejaba terror. Ken se arrepintió de su ataque en cuanto vio la expresión de la mujer, pues era consciente de que según a quién su constitución podía darle miedo. Por lo visto, Eva Gren era una de esas personas.

«Espero que no le dé ahora un ataque al corazón», pensó ella.

Durante décadas, Nor Boström había perseguido a criminales de todo tipo, pero después se especializó en delitos informáticos. Era un policía de los pies a la cabeza. A principios de 2000 había interrumpido su carrera dentro del departamento de Homicidios de la Policía Nacional para trabajar como jefe de seguridad de la empresa de desarrollo informático Defcom. Su trabajo consistía en mantener en el lado bueno de la ley a los hackers a sueldo y darle a la empresa una buena imagen externa. Cuando la burbuja de la informática estalló y Defcom se fue a la quiebra, volvió a casa. Actualmente era el jefe de operaciones de la Policía Nacional en Delitos Informáticos. Amanda le tenía mucho respeto y esperaba atenta a que le explicara lo que había encontrado en el ordenador de Arvid. Nor Boström se rascó la cabeza, se aclaró la voz y dijo: