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El teléfono fijo de su escritorio sonó.

– Amanda Nilsson -respondió irritada.

– Aquí Nils Vetman. ¿Te llamo en mal momento?

– No, qué bien que hayas llamado. Quisiera intercambiar unas palabras contigo -dijo en un tono más tranquilo, dado que quería que el otro no se diera cuenta de que era el motivo de su frustración.

– ¡Qué casualidad! Mi cliente tiene que explicarte algo antes de que lo suelten.

– ¿Cómo que soltarlo?

– Después de que te explique lo que tiene guardado, supongo que no habrá ninguna base para que siga privado de su libertad.

– Es cosa del fiscal y no tuya -respondió Amanda tan objetiva como pudo.

Nils Vetman la estaba sacando de quicio.

– Ya veremos, ya veremos -aventuró Nils Vetman y continuó-. En mi despacho a las seis de la tarde. ¿Te va bien?

– Sí, pero…

– Bien, entonces quedamos así -concluyó Nils Vetman y colgó el auricular sin que Amanda pudiera acabar de hablar.

Ella permaneció un segundo con la boca abierta y el auricular pegado a la oreja. Odiaba que le ordenaran lo que debía hacer. En especial un tipejo con la cabeza en forma de pera, abogado y con un ego demasiado grande.

Después colgó dando un fuerte golpe con el auricular y gritó:

– ¡Puto abogado de los cojones!

Kent se asomó por la puerta con el bolígrafo roto entre el pulgar y el índice, y preguntó:

– ¿Tenemos un mal día?

En la plaza de Malar sólo había un vendedor, pero tenía llores de todos los colores del verano. Al fondo pasaba un metro por el puente hacia el barrio de Södermalm. Las farolas negras de hierro forjado estaban a cierta distancia las unas de las otras bajo el cálido sol de la tarde. Hacía cien años, el lugar había estado rodeado de una valla alta, y lo habían llamado Reunión de Moscas, ya que las letrinas de la ciudad se vaciaban allí. Ahora, tanto la zona peatonal como la de aparcamiento estaban limpias menos por alguna que otra hoja seca que había caído de algún árbol.

Nova salió del metro por una de las esquinas de la plaza y continuó recto por el empedrado pasaje Schonfeldt y, como de costumbre, tomó la calle Lilla Ny. Allí estaba su tienda preferida, Van Asch, especializada en la moda de la Edad Media. Nova se quedó mirando el escaparate y vio pulseras con piedras rojas y racimos de perlas, collares con medallones y vestidos de cintura estrecha y mangas anchas. Sus ojos se paseaban a través de las mercancías de la tienda, pero su mente no estaba allí.

La cabeza de Nova le daba vueltas a lo que le diría a Nils Vetman para convencerle de que le diera el número de teléfono de Peter Dagon, pero después pensó en un detalle. Ya no era un secreto que la policía la andaba buscando en relación con el asesinato, sino que además era material de primera plana. «¿Un abogado no llamaría a la policía? -se preguntó-. Probablemente, no», decidió.

Casi arrastrando los pies, Nova continuó su camino hacia el despacho de Nils Vetman. Pasó por debajo de los banderines del Museo de Correos, Postmuseet, que publicitaba la última exposición «Selma Lagerlöf y todas esas cartas». Con Riddarholmen a sus espaldas, giró por el amplio pasaje Stora Gråmunke. A medida que el pasaje se estrechaba, ella se acercaba a su meta. Al final, se encontró delante de la puerta del despacho del abogado. Antes de llamar tuvo un pensamiento: «¿Por qué han tapiado los arcos de la planta baja?»

Amanda pasó el arco rojo de Riksdagen, el Parlamento sueco, y continuó irritada por el ancho puente hasta la plaza Mynt y el barrio de Gamla stan. No se sentía a gusto yendo a la reunión con Nils Vetman. No le parecía bien recibir órdenes de un abogado, en especial teniendo en cuenta la fama de aquél. «¿Es que soy una marioneta o qué?», murmuraba para sí misma.

Empezó a salivar cuando pasó por delante de un escaparate lleno de pasteles con la correspondiente capa de chocolate, crujiente almendra picada y una tarta salada hecha con apetitosas gambas y lechuga. Miró el reloj. Era hora de comer y tenía la cita dentro de diez minutos. No le quedaba tiempo ni para unas cuantas calorías de aquella cafetería.

La calle Västerlång, que hacía setecientos años era un camino al lado de la playa en la otra parte del muro, era ahora la calle turística por excelencia de Gamla stan y mostraba toda su autenticidad ante Amanda. Pasó por delante de tiendas que vendían caballos de madera de la región de Dalarna de color de rosa, gorras donde ponía Sweden y peleles con los colores azul y amarillo de la bandera sueca. Aquella calle siempre había tenido mucho tráfico, pero ahora era peor que nunca: pasaban hordas de japoneses, parejas rusas cogidas de la mano y hombres suecos estresados corriendo, por lo que algún que otro perro faldero tenía que ir con cuidado para que no lo pisaran.

Cuando tomó el pasaje Stora Gråmunke vio a una mujer con la capucha del chándal puesta de tal manera que por debajo le sobresalía la visera de una gorra. La dejaron entrar por la puerta de Nils Vetman. «La clientela de Nils Vetman no deja de sorprenderme -pensó Amanda-. Una hiphopera.» La puerta se cerró antes de que a Amanda le diera tiempo de llegar hasta ella.

La secretaria del abogado levantó una ceja y la miró interrogante. Como respuesta, Nova dijo:

– Tengo que hablar con Nils Vetman. No he reservado hora, pero es realmente importante.

Volvieron a llamar a la puerta. A través del altavoz crepitante se oyó la voz de Amanda:

– Tengo una reunión con Nils Vetman.

«Huye», fue el primer pensamiento que tuvo Nova cuando el miedo explotó en su pecho.

«Pero ¿adónde?» Se sentía como un animal enjaulado.

Su mirada recorría desesperada la sala para encontrar una salida.

La secretaria levantó la mano para pulsar el botón que abría la puerta.

La puerta de Nils Vetman se abrió de repente y salió él gritando:

– ¡Espera!

La secretaria miró sorprendida a su patrono, pero no tuvo tiempo de parar la mano y presionó el botón.

Nils Vetman reaccionó rápido como un rayo.

Cogió a Nova del brazo y la empujó para que pasara delante de él a su despacho. A ella le sorprendió la fuerza que tenía aquel hombre tan pequeño. A la vez que Amanda abría la puerta de fuera, se cerraba la puerta del despacho tras Nils Vetman y Nova. Sin decir ni una palabra, llevó a Nova hasta un espejo de pared con un macizo marco dorado que manipuló de alguna manera y donde, para sorpresa de Nova, se abrió una puerta con un clic. La hizo entrar a través de aquella estrecha obertura y descubrió un trastero lleno de aparatos. De golpe el espejo se volvió a cerrar detrás de ella. Oyó cómo se alejaban los pasos de Nils Vetman al otro lado.

Cuando Nova se dio la vuelta, observó que tenía una vista completa del despacho de Nils Vetman. Supuso que era totalmente invisible para quienes estuvieran al otro lado. No era la única que veía todo lo que ocurría en el despacho; a su lado había una cámara de vídeo montada en un trípode. Una luz verde indicaba que estaba en marcha y grabando. En un rincón había una caja fuerte de diseño antiguo y encima de ella había una pistola. Por lo demás, la habitación estaba equipada con objetos electrónicos de los que Nova no sabía ni el nombre ni para qué servían.

Nova vio cómo el abogado se arreglaba el traje y se ponía la corbata en su sitio. Luego se volvió hacia ella y se puso el dedo índice contra los labios para indicarle que se estuviera callada. Nova suspiró profundamente e intentó controlar su inquieta respiración para no revelar su escondite. Estaba salvada.