De momento.
La puerta se abrió y Amanda fue saludada con una bienvenida acompañada de un estrechamiento fuerte de manos por parte de Nils Vetman. Se sentaron cada uno a un lado del escritorio, desde donde Nova podía oír claramente lo que hablaban. Por los gestos de Amanda se veía que estaba irritada e intentaba forzar la conversación:
– Tenías algo que decirme.
– Sí -respondió Nils Vetman-. Has detenido a un joven inocente.
– Inocente es una palabra equivocada. Está claro que ha colaborado en el acto vandálico y en el sabotaje contra la centralita de SAS. Probablemente también ha sido cómplice de asesinato.
Nils Vetman miró su exclusivo reloj.
– El chico es inocente pero sabe algo que a ti te interesa.
– ¿Como qué?
– Lo sabes muy bien. El que está como número tres en su lista, la llamada Dirty Thirty. Por lo que puedo entender no estaba el número tres en el corto vídeo que os han enviado. Acabo de tener una larga conversación sobre ello con Arvid.
– Entonces quizá sea el momento de que expliques quién es el número tres -exigió Amanda irritada-. Antes de que tú también seas cómplice de asesinato.
– Estas equivocada. Eres tú quien es responsable de la investigación y es a ti a quien los medios de comunicación van a colgar. No a mí.
– ¡Y yo me cago en los medios! -chilló Amanda-. ¿Piensas decírmelo?
– Si soltáis a Arvid.
Amanda suspiró profundamente.
– Esto no es una película americana de gángsteres. En Suecia no hacemos este tipo de acuerdos. Lo sabes muy bien. Además, es el fiscal y no yo quien toma ese tipo de decisiones.
– Si hay voluntad se puede hacer casi todo.
– Hablaré con el fiscal -respondió Amanda y se levantó. Cuando iba a salir del despacho se le ocurrió una cosa que no había preguntado antes:
– ¿Por qué aparecía tu número de teléfono en la lista de llamadas de Nova?
– Me hago cargo del testamento de su madre -respondió Nils Vetman-. Nova es uno de los herederos.
– Y ¿quiénes son los otros?
– Lo siento pero no lo puedo decir -se disculpó Nils Vetman.
Amanda abandonó el despacho sin expresar ninguna frase amable de despedida.
Detrás del espejo, el cerebro de Nova funcionaba a altas revoluciones. «La tercera persona de la lista -pensó-. ¿Por qué la policía está tan interesada en él?» Hasta ahora, Nova no había entendido del todo lo relacionados que estaban los asesinatos con su lista Dirty Thirty. Por lo visto, se había extraviado y había caído en manos de algún loco que había hecho una especie de vídeo con ella.
«Tengo que avisar a Waldemar Göransson», pensó Nova. Él era el tercer nombre de la lista, el catedrático emérito en oceanografía y catedrático en física teórica. Aquellos títulos tan pesados eran lo que lo hacían peligrosísimo. Con el argumento de que todos los análisis que demuestran el aumento de la temperatura están basados en métodos erróneos, que el efecto invernadero es el resultado de la histeria colectiva y que el dióxido de carbono es bueno para las plantas, Waldemar Göransson había tenido mucho eco en la prensa. Sus artículos aportaban combustible al fuego de los escépticos.
«Claro que no se merece morir -pensó Nova-. Nadie merece morir por sus opiniones, por muy tergiversadas que resulten.»
Cuando Nils Vetman confirmó que Amanda había abandonado la casa, fue a abrir la puerta del escondite de Nova. Vio el interrogante de su mirada y señaló la cámara de vídeo con la cabeza:
– Eso es mi seguro de vida. No te puedes imaginar el provecho que le he sacado.
Después fijó los ojos en Nova y continuó:
– No ha sido una buena idea que vinieras aquí. Te sugiero que te vayas de mi despacho inmediatamente.
– Pero tengo que ponerme en contacto con Peter Dagon.
– No tienes por qué hacerlo -respondió Nils Vetman-. Lo que tienes que hacer es esconderte.
Nova miró desconcertada a Nils Vetman. Después insistió:
– En realidad tengo unas cuantas preguntas que hacerle. Además, creo que debes advertir a la policía de inmediato y decirles que Waldemar Göransson es el número tres de la lista. Ese hombre necesita que lo avisen. Lo entiendes, ¿verdad?
– En su momento la policía será informada -respondió Nils Vetman-. ¿Puedes irte antes de que Amanda u otro policía aparezca de nuevo?
– Pues entonces lo avisaré yo misma.
Nils Vetman suspiró profundamente y propuso:
– Vamos a hacer una cosa: tú escribes una nota y yo te prometo que la haré llegar a Peter Dagon y también que informaré a la policía…
Volvió a mirar su reloj de pulsera.
– … como muy tarde mañana a las once. Quizá entenderás que forma parte de mi trabajo evitar que tu amigo Arvid esté encerrado a cal y canto.
Con ello, Nils Vetman consiguió crear ciertos remordimientos de conciencia en Nova por no pensar más en Arvid de lo que lo hacía. Estaba tan acostumbrada a que él siempre se apañara solo que no había pensado en el problema que tenía en ese momento. Se inquietó por él y, tras unos segundos de reflexión, asintió con la cabeza. Nils Vetman le dio papel y lápiz. Primero Nova miró el papel sin saber qué hacer, pero después de una pausa escribió:
Peter Dagon, Necesito verte. Ya sé lo que estás haciendo.
Te espero mañana a las 10.00 en la catedral Storkyrkan.
Saludos, Nova.
Nova eligió la catedral Storkyrkan como lugar de encuentro al azar, sólo porque fue el primer sitio que le vino a la cabeza. Nils Vetman leyó la nota cuando ella se la dio. La miró satisfecho y se metió el papel en un bolsillo interior.
– Haré que lo reciba -dijo para acabar la conversación.
La carne picada se freía a fuego fuerte en una sartén robusta. Después, Kent añadió cebolla cortada a tiras, sal, pimienta y tomillo que había cortado en el jardín. Puso luego tres ajos picados y un poco de cerveza. El picadillo tenía que cocer un rato. La familia empezaba a aparecer por la cocina a medida que el aroma se iba esparciendo por la casa adosada de Hässelby. Kent echó unos buenos tragos a la fría cerveza Norrlands Guldet y después se secó el sudor de la frente. El aire húmedo del verano había subido de temperatura con los fogones. Su hija pequeña se le colgaba de los pantalones a la vez que señalaba el fuego y decía:
– ¡Alí! ¡Alí!
Kent sonrió y le dio una lámina de champiñón fresco. El resto lo añadió laminado al guiso.
Detrás oyó un cúmulo de ruidos familiares: sillas que eran apartadas de la mesa y el inicio de una pelea a ver quién se sentaba y dónde; la pequeña insistía para que le diera más trozos de champiñón desde su trona en la que alguien la había sentado. Kent hacía ver que estaba concentrado en remover la comida. Necesitaba un rato para pensar antes de la cena, que era el momento sagrado de la familia; el caso lo tenía preocupado.
Había demasiados cabos sueltos y no tenía la impresión de que la investigación se sostuviera. Algo no funcionaba como debía. Un asesino en serie, que literalmente era una bomba de relojería, andaba suelto. No avanzaban lo suficientemente rápido. ¿Cuándo encontrarían a la siguiente víctima? Kent movía de forma agresiva lo que había en la sartén y su pensamiento continuó elucubrando.
El problema no era la investigación en sí. Amanda no parecía la de siempre. No sólo estaba pálida o cetrina, sino que no parecía estar siendo tan eficaz como siempre. «Tiene que tener algún problema en casa -pensó-. ¿Podría ser mal de amores?» Hacía años que no hablaba de novios, pero eso no significaba que no tuviera. De todas maneras, era evidente que no se sentía bien. Claro que no podía preguntarle directamente cuál era el problema. No tenían ese tipo de relación, sencillamente. «Raro -pensó-. La conozco desde hace diez años y ni siquiera puedo preguntarle cómo está. Quizá sea el momento de hacerlo.» Un suave olor a quemado alcanzó su nariz. Miró rápidamente hacia la sartén y la apartó del fuego. No había llegado a chamuscarse, o por lo menos no encontró ningún trozo negro cuando movió el picadillo. Kent se volvió hacia su familia con una gran olla con pasta en una mano y la sartén en la otra. En la mesa ya estaba la fuente con la ensalada de tomate, pepino y rúcula.