Nova observó la cara de Peter Dagon para ver si era verdad lo que decía. Toda su postura indicaba que intentaba convencerla.
Ella así lo entendió.
– ¡Estás loco! -gritó. Se dio la vuelta y salió corriendo por el suelo de piedras cuadradas.
Detrás de ella se oyó el eco de las palabras de Peter Dagon en el gran espacio de la iglesia:
– ¿Y si tengo razón? ¿Y si tú también eres una de nosotros?
«Esto tendría que haberlo hecho hace tiempo», pensó Amanda camino de la casa en la calle Drottning. Un ángel dorado en un pedestal la miraba fijamente como si fuera su enemiga. Le hizo un gesto con el dedo corazón y tomó el chirriante ascensor hasta el último piso. Allí llamó a la puerta que estaba enfrente de la de Josef F. Larsson. «Kerstin y Gudrun Liljenkrona», leyó en la puerta. En el informe del interrogatorio no ponía nada de dos señoras, que recordara Amanda. Quizá sólo había una en casa aquella noche. «¿Serán hermanas o lesbianas? Demasiado viejas para ser lesbianas», decidió, y llamó a la puerta.
De inmediato oyó el ladrido de un perro seguido de los arañazos en la puerta. Dentro de la vivienda se oyeron unas palabras dando órdenes. La cadena de seguridad hacía que la puerta no se pudiera abrir más que un poco. Asomó una cara arrugada. Medio metro más abajo, el hocico húmedo de un perro olía empeñado el aire.
– Policía. Soy de la policía -dijo Amanda a la vez que enseñaba su tarjeta de identidad.
La puerta se cerró al momento y sacaron la cadenilla. Cuando la puerta se abrió de nuevo, salió disparado un caniche grisáceo que se levantó sobre sus patas traseras y con las de delante se apoyó en Amanda. Ella miró amablemente al animal, pero no se movió. ¿Quién sabía dónde había estado aquel hocico antes?
Los ojos de la señora resplandecían con avidez.
– Pasa, pasa -la instó echando hacia atrás el andador sin esperar la respuesta de Amanda.
Ésta la siguió con la esperanza de que aquello no se hiciera demasiado largo. En varias ocasiones se había visto obligada a escuchar la vida entera de gente que no le interesaba en absoluto, ni a ella personalmente, ni para el caso. A menudo era en ambos aspectos.
La mesa de la cocina ya estaba preparada. «¿Cómo sabía que iba a venir?», pensó Amanda. Se sentó e ignoró al perro que de nuevo intentaba saludarla.
– Abajo, Gudrun -le ordenó la señora con una voz aguda sin que el perro le hiciera el menor caso.
«Ajá, así que ésta es Gudrun», pensó Amanda. La perra se fue con la señora cuando ésta puso en marcha la cafetera con sus temblorosas manos. Amanda oía el andador darse contra los marcos de las puertas un poco más adentro de la vivienda. Era agradable oír el sonido del gorgoteo de la cafetera. El banco de la cocina estaba gastado y los armarios parecían ser originales de los años cincuenta. Hacía unos años hubieran estado anticuados, pero ahora los habían declarado de interés cultural. Amanda pensó cómo podrían anunciar el piso: «Necesita algún arreglo. Muchas posibilidades de convertirla en la vivienda de tus sueños. Una bombonera.» La mujer atravesó la puerta arrastrando los pies apoyada sólo en una mano. La otra la llevaba cerrada en un puño. Al llegar hasta Amanda la abrió y le enseñó un pañuelo doblado con un emblema. Amanda lo cogió y lo miró detenidamente. Luego abrió los pliegues y vio asqueada lo que contenía: un chicle usado. Puso el pañuelo encima de la mesa de la cocina e hizo un gesto de interrogación.
– El asesinó dejó el chicle. Tapaba la mirilla de la puerta.
Amanda miró con otro interés el pañuelo de la mesa y después preguntó:
– ¿Sabes cuándo lo pusieron allí?
– A las once y media. Gudrun había estado intranquila toda la tarde y yo en varias ocasiones controlé que no ocurría nada en el rellano de la escalera. A las once y media ya no se podía ver nada.
«Once y media -anotó Amanda y pensó-: Espero que me den el informe de la autopsia pronto para que podamos determinar que la víctima murió exactamente entonces. Realmente, Moses tiene que tener un exceso de trabajo de narices porque está tardando un montón.»
«¿Y si yo soy uno de ellos? ¿Qué quiso decir?», eran las preguntas que le daban vueltas en la cabeza a Nova cuando a gran velocidad dobló la esquina y cogió la calle Själagård. Se encontraba delante de dos buzones de correos pintados como pequeños autobuses. «En su distorsionado mundo soy la hija de mi madre y originaria de esos nefilim. Está completamente loco», concluyó mientras se hiperventilaba apoyada en la pared gruesa y roja. Con esa idea miró al otro lado de la esquina. Peter Dagon no la había seguido, pero no se sentía segura.
Luchaba contra el pánico que la dominaba tras haber atado cabos. «Si Peter Dagon es un loco y está implicado en el asesinato del pastor americano, seguramente también tenga que ver con los otros dos asesinatos. Y con el de mi madre -pensó Nova a la vez que miraba de nuevo al otro lado de la esquina-. Ese desgraciado a lo mejor mató a mi madre.» Nova pensó en las alternativas mientras continuaba andando sobre los adoquines de la calle Själagård. A la derecha había un nudoso roble y sus ramas daban sombra para protegerse de los fuertes rayos del sol del mediodía. «¿Llamo a la policía? -pensó-. No, no me creerían.» Pasó por delante del número trece, donde en el siglo XV había habido un claustro que acogía a ancianos y a enfermos. Ahora había jubilados en el mismo lugar pero en una casa nueva.
«Tengo que avisar a Waldemar Göransson», decidió.
Era lo único adecuado. Fue a paso ligero hacia la estación de metro de Slussen. No se atrevía a ir por Gamla stan.
«Imagina si Peter Dagon me espera allí», pensó.
Había tres personas en la sala de interrogatorios. En el aire flotaba una mezcla de esperanza, miedo e ira. Eran las once menos cinco. Llevaban esperando veinticinco minutos y sus voces habían llenado los primeros veinte, pero ahora estaban callados. Arvid se sentía mal. Tenía la misma sensación que cuando el olor del aceite, el gasoil y los vapores de la cocina se mezclaban en el estrecho casco del Rainbow Warrior II. Sentía la cabeza vacía y no podía concentrarse. Con los ojos cansados observaba a Amanda que, de una manera significativa, se había sentado inclinada hacia atrás y picaba el borde de la mesa con un bolígrafo.
Tap, tap, tap.
Kent permanecía sentado y completamente quieto, con los ojos cerrados. Nils Vetman había desaparecido de la sala cuando sonó su teléfono. A las once menos un minuto el abogado volvió con una sonrisa de disculpa en los labios.
– De vuelta a la agenda -dijo-. Como parece que estemos de acuerdo con las condiciones, tú, Arvid, puedes explicar quién es el tercero de la lista.
Las palabras salieron de la boca de Arvid como si se tratara de una ametralladora.
– Es Waldemar Göransson. Es catedrático de Técnica.
– ¿Por qué está en vuestra lista? -inquirió Amanda.
– Porque es experto en esconder debajo de la alfombra los problemas del efecto invernadero.
– ¿Cómo? -preguntó Kent, que acababa de abrir los ojos.
– Escribe artículos de debate donde, por ejemplo, asegura que el dióxido de carbono es bueno para las plantas y que la tierra se regenera por sí misma. Si hay demasiado dióxido de carbono, es asumido por nuevas plantas.
– Y ¿no es cierto? -quiso saber Amanda.
– Es cierto que las plantas crecen mejor y necesitan menos agua si tienen acceso al dióxido de carbono. Y claro que absorben el dióxido de carbono, pero lo que se le olvida decir es que la superficie de un campo de fútbol de bosque tropical se tala cada minuto.
– Pero, en realidad ¿cuál es el problema con el dióxido de carbono? -preguntó Amanda.
– Es uno de los gases del efecto invernadero; se sitúa como una tapadera alrededor de la Tierra y en cierto modo detiene la radiación calorífica natural. La Tierra se calienta, los glaciares se deshacen, el mar sube de nivel y los arrecifes de coral mueren.