Выбрать главу

– ¿Amanda? -preguntó estrechándole la mano-. Me llamo Par Såberg.

Amanda fue dirigida hacia la pequeña habitación con sitio para dos sillas, un ordenador y una camilla. Explicó los síntomas que tenía y el médico la escuchó atentamente, pero también le hizo unas cuantas preguntas. Al final le pidió que se tumbara en la camilla. Le apretó el vientre y la auscultó con el estetoscopio.

– ¿Cuándo tuviste la regla por última vez? -preguntó.

– Entiendo por qué lo preguntas, pero es que tomo pastillas anticonceptivas -respondió Amanda sin pensarlo.

– Ya ha ocurrido antes que una mujer se queda embarazada a pesar de tomarlas.

Fue entonces cuando Amanda empezó a darse cuenta de que no sólo eran preguntas de rutina.

– ¿Lo dices en serio? ¿Estoy embarazada?

– Sí, parece ser que sí. De tres meses, diría yo. En tu lugar, pediría hora para el ginecólogo.

– Pero yo no puedo tener niños -protestó Amanda.

– En ese caso debes darte prisa. Dentro de nada pasarás el límite para poder abortar.

– Pero es que tampoco quiero abortar.

Par Såberg sonrió ante el desconcierto de Amanda y preguntó:

– Suele haber buenos psicólogos relacionados con la maternidad. ¿Quieres que te haga un volante?

Estaba más que claro que Par Såberg consideraba que el alma no era asunto suyo. Amanda sacudió la cabeza.

– Ya veremos qué hago -dijo, y dejó la salita.

En cuanto salió del edificio giró a la izquierda. Allí había un banco y se sentó a esperar. Miró hacia Tantolunden. Los niños de la guardería habían empezado a salir a jugar y algún que otro adulto que hacía jogging volvía a casa; un golden retriever jugaba al borde del agua y al fondo se veía un grupo de casetas de hortelanos en la falda de una colina.

Amanda cogió la bolsa con el ricotta y la abrió. Se puso a agujerear la blanda masa parecida al requesón con el dedo índice y se la fue metiendo en la boca. «Embarazada -pensó-. ¿Qué voy a hacer?» Moses y Amanda nunca habían hablado del futuro. Ella hubiera querido hacerlo, pero en ese caso arriesgaba perder la magia que los unía. No se habían hecho promesas. No tenían ninguna propiedad en común. Tampoco habían hecho planes para más de unos cuantos días. Era como si la relación se hubiera parado en el tiempo; siempre era el primer mes aunque ya hacía dos años que salían juntos.

Pero ahora estaba embarazada. Todo se pondría a prueba. ¿Perdería a Moses o lo ganaría? Había otra alternativa: abortar y hacer como si no hubiera pasado nada. Nada cambiaría; todo continuaría como antes. ¿O no? Aunque Moses no cambiara, Amanda sí sabría lo que había hecho. Abortar a los treinta y nueve años era lo mismo que desaprovechar la última oportunidad. Quizá nunca más pudiera volver a quedar embarazada. Nunca más tendría la oportunidad de formar una familia.

Nunca más.

Era tan definitivo.

«Moses tiene derecho a saberlo -pensó-. También es su hijo.» Pero los principios son fáciles cuando se refieren a otro. Otra cosa era ahora que le habían dado la vuelta entera a la vida de Amanda. Era difícil. Difícil. Difícil.

Amanda miró sorprendida la bolsa. El ricotta se había acabado.

Y no había tomado ninguna decisión.

Peter Dagon estaba en el bar Cadier del Grand Hotel mirando las dos alas del palacio inclinado hacia el agua. «¿Cómo es posible que algo tan grande sea tan insignificante? -pensó-. Seiscientas habitaciones enmascaradas tras un color marrón rata.» Él pertenecía a la falange que consideraba que el palacio debería volverse a pintar en un amarillo pomposo. Preferiría que el viejo palacio Tres Coronas se volviera a construir con las almenas y las torres de la Edad Media, aunque entendía que no era realista.

Frente a Peter Dagon estaba Moses sentado en una de las cómodas sillas del bar forradas de tela con grandes flores marrones bordadas. En la mano tenía un tartar de salmón con perifollo y jengibre. Lo introdujo en su gran boca, masticó y tragó. Después le siguió un panecillo scone recién hecho con crema de limón. Los hombres tomaban en silencio el tradicional té de media tarde del hotel. Los dos habían elegido la alternativa del té, ya que era demasiado pronto para el champán. Cuando se acabó el plato de scones, canapés y dulces, Moses dijo:

– Han detenido a Nova.

– ¿Es un problema? -preguntó Peter Dagon a la vez que se limpiaba un poquito de nata de la comisura de los labios.

– No. La policía no la cree.

– O sea ¿que habla?

– Sí, pero sabe poco y no tiene pruebas.

– ¿Estás completamente seguro de que la situación está bajo control?

– No te preocupes. Tengo a la jefa de la investigación preliminar como en una cajita -dijo Moses haciendo un gesto con el índice y el pulgar como si cogiera con ellos una cajita.

Peter Dagon asintió tranquilo y buscó al camarero con la mirada para que le trajera la cuenta.

Nova estaba sentada sobre el camastro anclado a la pared, con los brazos rodeándose las rodillas, sin mirar a ninguna parte. Tenía los hombros caídos y la cara de color gris ceniza. No le preocupaba demasiado estar encerrada en prisión preventiva. Sus propios pensamientos eran una cárcel mucho más grande que aquélla. Se sentía como una planta con las raíces podridas. Antes quería conocer las respuestas a todas sus preguntas, pero ahora deseaba no haberlo sabido nunca.

«Mi madre es una asesina», pensó.

«Pero yo, ¿soy mejor?»

«Yo también he matado a un hombre.»

Nova, inconscientemente, empezó a balancearse hacia adelante y hacia atrás con la parte superior del cuerpo. Su madre siempre había sido estricta, pero actuaba con cierta lógica. Cuando con cinco años Nova cogió una galleta sin preguntar, se quedó sin cenar. Cuando con doce años huyó por el tejado, le pegó con una vara en las manos con las que había abierto la portezuela del desván y la encerró en su habitación durante varias semanas. Cuando se probó una ropa de su madre sin permiso, tuvo que ir desnuda un día entero. Habían vivido bajo el lema: ojo por ojo y diente por diente. Ahora que Nova sabía la respuesta, entendía que todo aquello era enfermizo.

La oscura lógica de su madre también había justificado el sufrimiento y el asesinato de otra gente. Habían dañado la naturaleza y con ello contribuyeron a que un nuevo diluvio envolviera la tierra. De alguna manera, habían puesto en riesgo la vida y el bienestar de Nova y de su madre. Según su madre, merecían morir. Su madre estaba loca. La madre de Nova era una asesina. Y Nova también era una asesina. «¿También estoy loca?», pensó.

Una lágrima se deslizó por la mejilla de Nova. Luego fueron dos y después tres. Empezó a sollozar. Lloraba sin parar y se abrazaba con fuerza las rodillas. Tenía el alma vacía y cansada. Se tumbó en el camastro sin ayudarse con las manos. Quería castigarse a sí misma. Quería castigar a su madre. No valían nada. Deberían morir.

Nova sentía asco de sí misma. Genes podridos. Raíces podridas. Todo lo suyo estaba podrido.

Podrido. Podrido. Podrido.

Llamaron a la puerta. Se abrió una ventanilla y asomó una cara. Cada cuarto de hora hacían lo mismo. «¿Es que no me pueden dejar en paz?», pensó Nova hundiendo la cabeza en la almohada.

Amanda había cogido el autobús número cuatro para ir a la plaza Fridhemsplan. Necesitaba los diez minutos de paseo que quedaban para llegar a la jefatura. Los pensamientos estaban centrados en todo menos en el trabajo. La cuesta empinada del parque de Kronoberg parecía más fatigosa de lo normal. Empezó a respirar más de prisa. Ahora sabía por qué. En su vientre se gestaba una pequeña vida que le pedía energía y fuerza. El pensamiento hizo que Amanda caminara más despacio y con más cuidado.

Por debajo de los grandes árboles delante de ella, una mujer llevaba despacio un cochecito de niños. «Podría ser yo dentro de unos meses», pensó Amanda. A medida que se acercaba buscó la cara de la otra mujer con la mirada para ver si era feliz. Tenía una nariz pequeña cubierta de pecas. La boca era delgada y decidida. «¿Podría ser yo feliz?», se preguntó Amanda. La mujer respondió a su mirada inquisitiva con una sonrisa.