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Amanda colocó bien la ensalada en los platos por segunda vez, controló su peinado en el espejo del recibidor y volvió a la cocina. El pan ya estaba dorado por los dos lados. «Ya están», decidió Amanda y los puso en los platos. Cogió el tarro con el caviar, lo miró un poco dudosa, pero extendió las pequeñas huevas sobre el pan. De la nevera sacó una botella de vino blanco y frío. Para ella había comprado agua mineral con gas Ramlösa con sabor a limón. Pero también se sirvió un vaso de vino para que Moses no sospechara nada. Amanda quería elegir el momento adecuado para decírselo. Pero tenía que ser antes de beber unas cuantas copas, como solían hacer. «Puedo hacer ver que me bebo el primer sorbo para que no note nada», decidió Amanda.

Llamaron a la puerta.

La ancha cara de Moses se iluminó cuando Amanda le abrió. Ella, nerviosa, buscó su mirada. Al ver él lo que había sobre la mesa, se echó a reír y preguntó:

– ¿Qué celebramos? ¿Te han ascendido?

Amanda se dio cuenta de que tenía que coger el toro por los cuernos y poniéndose seria dijo:

– Tenemos que hablar.

En los labios de Moses murió la sonrisa y sus ojos intentaron leer la expresión en la cara de Amanda. Ella se sentó a la mesa y él enfrente.

– No hay forma más sencilla de decirlo: estoy embarazada.

En la cara de Moses apareció un sentimiento de piedad y, compasivo, dijo:

– Me doy cuenta de que tiene que resultarte pesado.

Un enorme alivio recorrió a Amanda. Moses lo entendía. Aquello lo iban a solucionar juntos.

– He estado pensando en ello todo el día.

Moses le acarició la mejilla con su gran mano y dijo:

– Pobrecita mía. ¿Cuándo has reservado hora? Si quieres, te acompaño.

– ¿Reservar hora? -preguntó Amanda desconcertada.

– Bueno, quiero decir para el aborto. -Amanda vio que la expresión conmovida de Moses se transformaba al continuar casi como dando una orden-. Porque piensas abortar, ¿no?

– No, no lo había pensado -respondió Amanda tanteando-. Quería saber primero lo que opinabas tú antes de que decidamos nada.

– Pero, por favor, Amanda. Yo creía que nuestro romance no era nada más que un romance. Trabajamos en el mismo sitio y…

– Ahora no entiendo lo que quieres decir. No es tan raro que los policías estén con policías.

– Sí, pero no en este caso -la interrumpió Moses-. Nunca te he prometido nada y no hagas que sienta remordimientos de conciencia.

Amanda se quedó callada intentando valorar sus contradictorios sentimientos. Pero la desilusión y la pena dieron paso a la furia con las últimas palabras de Moses.

– ¿Que yo no haga que sientas remordimientos de conciencia? -gritó Amanda-. Remordimientos, ¿por qué? ¿Porque quiero que te hagas responsable de tus actos? Yo no estaba precisamente sola cuando se trataba de follar.

– Pero, por favor, Amanda, no seas tan vulgar.

– ¿Vulgar? ¿Eso es lo que soy ahora? ¿Ya no te interesa?

Amanda cogió su copa de vino y se la tiró a la cabeza a Moses. A éste le pasó a cinco centímetros de la oreja y aterrizó con gran ruido contra la pared. El suelo se llenó de vino y trozos de cristal. Moses se levantó y dejó la servilleta que se había puesto en las rodillas sobre la mesa.

– Me puedes llamar cuando te calmes. Mi oferta se mantiene.

– Tu oferta, ¿para qué? ¿Para quitarle la vida a nuestro hijo?

La última frase la gritó Amanda a una puerta cerrada. Moses ya había abandonado el piso.

El eco de sus pasos se oía en la escalera.

Amanda se desplomó llorando en la silla.

Los platos con las tostadas de caviar de alburno quedaron intactos sobre la mesa.

La madera de la silla era dura e incómoda, pero Nova lo agradeció. Estaba sentada mirando a través de la ventana cerrada. El aire era pesado y sofocante. Las paredes se le caían encima. Fuera se secaban las hojas y los brotes de las plantas. La naturaleza luchaba hasta el final contra el calor. Nova ya no luchaba. Sus pensamientos iban en sentido contrario. «Me lo merezco -pensó-. Si hubiera actuado de otro modo, no habría muerto toda aquella gente.» Nova miró con odio su propia mano que estaba sobre su rodilla. Justo al lado sobresalía la esquina angulosa del alféizar de la ventana. La voz oscura de Trent Reznor se deslizaba a lo largo de sus deambulantes pensamientos.

I hurt myself today

to see if I still feel.

I focus on the pain

the only thing that's real.

Nova apretó sus blandas venas de la muñeca contra el canto. Funcionaba. Sentía que era auténtico. Todo el dolor se canalizaba en el brazo. Apartaba todo lo demás. Apretó más y más fuerte. Ahora no quedaba lugar para la angustia. Todo se resumía a la palpitante sensación en la muñeca.

Las palabras de Trent Reznor continuaban en la cabeza de Nova:

What have I become?

Nova se hizo a sí misma las preguntas. Se le quedaron fijadas. Se las repetía una y otra vez. ¿En quién se había convertido? ¿En qué se había convertido?

Al cabo de un instante se sintió como si estuviera fuera de su cuerpo. Vio la habitación en la que estaba encerrada, sus pantalones sucios y sus dedos, que cada vez tenían un color más blanco. De las muñecas se filtraba una delgada corriente de sangre. Delante de ella estaba sentada una mujer cobarde que preferiría un intento patético de quitarse la vida antes que hacerle frente al problema. Era su obligación. Sólo ella podía hacerlo.

Nova apartó el brazo del afilado canto y paró la sangre con la otra mano. Al cabo de unas pocas horas la herida estaría cicatrizada.

Nova tenía la obligación de vivir.

Sentado en una silla a treinta y tres metros sobre el nivel del mar, Peter Dagon admiraba la ciudad de Estocolmo, donde estaba anocheciendo. Al fondo, la iluminación del ayuntamiento se abría paso a través del atardecer y se reflejaba en el agua tranquila de la ría Mälaren. Delante de la isla Kungsholmen se extendía el islote de Riddarholm. Peter Dagon sabía que todavía había restos del claustro de los hermanos grises debajo de la gran construcción de ladrillo de la iglesia. En el islote sólo vivían dos personas y Peter Dagon era una de ellas. Los viejos palacios, el archivo y el Parlamento estaban vacíos por la noche. Sin embargo, Peter Dagon no estaba allí sino que se encontraba en el bar Gondolen esperando a Moses.

En la mano tenía un Cosmopolitan Ginger que el jefe calvo del bar le había preparado en cuanto lo vio acercarse por el llamativo suelo de madera clara y oscura del local.

Unas sillas más allá había dos rubias que, a pesar de tener aspecto de poseer abultadas cuentas corrientes, vestían casi igual. Peter Dagon estaba completamente seguro de que vivían entre las calles Karla, Narva, Strand y Sture. «Las hijas de los hombres pueden ser bellas -pensó Peter Dagon-, pero cuanto más bellas, más simples.» Las rubias miraron hacia él. Peter Dagon volvió la cabeza. Aquella noche no estaba interesado. Tenía cosas más importantes en las que pensar.

Se dedicó a mirar el paisaje desde Slussen y maldijo el triste hormigón. Desearía que la antigua plaza de Slussen siguiera existiendo, con los tranvías que pasaban por allí y los verdes árboles en fila en la glorieta empedrada. Actualmente era una incomprensible triste rotonda gris para automóviles que desagradaba profundamente a Peter Dagon.

Notó la pesada figura que se sentó a su lado. Peter Dagon no necesitaba volver la cabeza para saber que era Moses. Éste lo había llamado hacía dos horas y le había pedido que tuvieran una reunión de urgencia. Sin saludar, Moses se puso a hablar.

– Tenemos un problema.

Peter Dagon volvió la cabeza y levantó una ceja en lugar de preguntar.

– Amanda, la jefa de la investigación preliminar, está embarazada.