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– Sí, hay una prueba que podemos hacer -dijo Moses tras sopesarlo bastante tiempo-. Pero, de todas formas, el niño será portador igual que yo. Y eso no se lo deseo a nadie.

– ¿Preferirías estar muerto? -preguntó Amanda.

– Claro que no -respondió Moses-, pero…

– Entonces, eso es lo que hay. ¿Qué puedo hacer yo para que me hagan la prueba?

– Yo lo podría hacer -admitió Moses a su pesar-. Sólo necesito un día para conseguir el material.

Moses la invitó cortésmente a irse sin mediar muchas más palabras. Ella le dio un beso rápido en los labios y se fue. Cuando se sentó de nuevo a su mesa miró fijamente el periódico que estaba abierto. El titular decía: «Nueva medicación contra la fibrosis quística del páncreas.» Se felicitó por una mentira tan lograda. Le había echado una ojeada al artículo antes de comer, pero la idea se le ocurrió justo cuando apareció Amanda.

Después se volvió hacia el ordenador y tecleó: «Aborto médico.»

El feto no viviría mucho.

La mirada de Nova tenía un brillo nuevo. Llevaba la cara lavada y se inclinaba hacia adelante sobre la mesa.

Era como si hubiera conseguido un hilo de esperanza y se hubiera agarrado a él.

– ¿Has visto el vídeo?

Amanda asintió con la cabeza.

– Entonces, ¿la viste? -continuó insistiendo Nova con los ojos fijos en Amanda.

«¡Qué azules son!», pensó Amanda, y luego dijo:

– Sí, es verdad.

– Y ¿viste la fecha cuando se grabó? ¿Te darás cuenta de que no podía estar muerta?

– Es evidente que tienes razón, pero…

– Tienes que creerme.

– Sólo porque tu madre esté viva no significa que todo lo que has dicho sea verdad o que eres inocente de los asesinatos.

Una llama roja se empezó a formar en las mejillas de Nova. La irritación le salía por los ojos.

– Sois pareja, ¿verdad? -le salió de dentro.

– ¿Qué quieres decir?

– Como he dicho que Moses está involucrado, no me quieres creer.

Amanda no entendía nada. ¿Cómo podía saber Nova que ella y Moses eran pareja? ¿Era tan evidente? Amanda, nerviosa, se puso a juguetear con el bolígrafo.

– Os protegéis uno a otro para que no os marginen. Ya he leído sobre eso. Espíritu corporativo lo llamáis, ¿no?

Entonces Amanda supo a qué se refería Nova y volvió a tener una sensación desagradable.

– Venga ya. Está claro que estudiamos todas las sospechas independientemente de hacia dónde se dirijan.

– O sea, que habéis controlado a ese Moses Hammar.

– Todavía no -respondió Amanda esquiva.

Cuando vio a Moses antes había reprimido la pregunta. «Joder. ¿Por qué ocurre todo a la vez?», pensó Amanda. Tenía que sacar el tema la próxima vez, por poco que viniera al caso.

– ¿Qué hacéis para encontrar a mi madre?

– Aún no hemos empezado a buscarla -reconoció Amanda, que empezaba a perder el control del interrogatorio.

Era como si fuera ella y no Nova la que respondía. No podía evitar tener remordimientos de conciencia por no haber adelantado más en la investigación. Para retomar la iniciativa se dio prisa en decir:

– ¿No sabrás tú dónde podríamos encontrarla?

– Ni idea, yo también creía que estaba muerta -reconoció Nova-. Pero creo que sé cómo podríais encontrarla.

– ¿Cómo?

– Tiene una dirección electrónica.

– ¿Y?

– Por lo que yo sé, un e-mail se puede rastrear.

En la casilla de Amanda había un sobre con su nombre. Reconocía aquella letra muy bien; era la enmarañada escritura de médico de Moses. El sobre era formal y profesional, pero Amanda esperaba que el contenido fuera personal, que la fisura que se había creado en su relación estuviera camino de cerrarse. Miró hacia el pasillo como si lo que había recibido se tratara de un mensaje secreto. Después entró en su despacho y cerró la puerta. Abrió el sobre y sacó el contenido. Tardó un momento antes de entender lo que tenía en la mano. Le daba vueltas al formulario una y otra vez. Sintió el pecho vacío cuando entendió de qué se trataba.

Era el informe de la autopsia de Josef F. Larsson y de su mujer.

Cuando se repuso un poco, le echó un vistazo. No había nada inesperado menos la hora de la muerte. Entre las dos y las cuatro de la tarde, leyó. ¿Qué significaba eso? Amanda se vio obligada a reconstruir lo que había oído. Nova estuvo en el piso mucho más tarde. Todas las pruebas técnicas y los interrogatorios de los testigos así lo indicaban. Incluso el análisis del chicle había demostrado que era de Nova. Igual decía la verdad. O ¿es que estuvo allí en diferentes ocasiones?

De todas formas, lo que decía Nova coincidía. ¿Era cierto también lo que decía de Moses? ¿Que había hecho un informe forense erróneo aunque también escribió este último informe? Amanda no estaba segura de aquel razonamiento. Los pensamientos iban hacia abajo. Hacia el niño que crecía en sus entrañas. El hijo de Moses que quizá tuviera una enfermedad mortal. Se acarició el vientre como para proteger el feto contra todo mal. La idea de que pudiera ahogarse con la flema de sus propios pulmones fue excesiva. Se le desprendió una lágrima que le resbaló por la mejilla. Después siguieron más. Amanda empezó a sollozar.

La vida de su indefenso hijo estaba en peligro. Y ella no podía hacer nada por evitarlo.

Kent miró enojado hacia el sol antes de entrar en la jefatura de Kungsholmen. «¿Es que no puede acabarse este calor de una vez? -pensó mientras abría la puerta-. Si hubiera querido vivir en el Sahara no me hubiera ido a Hässelby.» Una línea oscura de sudor se le había formado en la parte trasera de la camisa. Aquel día ya se la había cambiado una vez y no le quedaban más limpias. Con una mano se quitó el sudor de la frente y se dirigió sin prisa hacia su despacho.

Los pensamientos le daban vueltas en la cabeza. Había muchos interrogantes en la investigación que estaban llevando a cabo. Muchos datos aún no habían podido ser verificados y no parecía que Amanda se diera cuenta de que había tantos huecos en la investigación como en un colador. Últimamente no era la misma de siempre. Impotente, de alguna manera. «Tiene que ser este calor», pensó.

Camino de su despacho hizo mentalmente una larga lista de cosas-que-hay-que-hacer. Cuando pasó por delante del despacho cerrado de Amanda, decidió discutir la prioridad de los trabajos. Lleno de ideas, abrió la puerta sin llamar. Después se quedó parado en el umbral.

Amanda miró hacia arriba, acusadora, con los ojos llenos de lágrimas. Kent no la había visto nunca llorar antes y no sabía qué hacer.

– Perdona -balbuceó pensando en volver a cerrar la puerta.

Después se dio cuenta de que hacía más de diez años que se conocían y que la situación requería una pregunta. Tanto por ella, para que se sintiera mejor, como por él, para apagar su curiosidad.

– ¿Ha ocurrido algo? -preguntó Kent.

Amanda parecía menos enojada.

– No, bueno sí. Algo privado.

– ¿Quieres hablarlo conmigo? -se ofreció Kent tanteando.

– No… Bueno… sí… quizá.

Amanda vio cómo Kent cerraba la puerta con cuidado y se sentaba delante de ella con una expresión benevolente. Ella ya se estaba arrepintiendo de haberle dejado entrar. ¿Cómo le iba a explicar que estaba embarazada? Eran compañeros y había un riesgo grande de que se supieran las cosas antes de lo que ella quisiera. Si es que fuera a tener al niño. «Claro que quiero tener al niño», pensó.