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La venció un nuevo ataque de llanto. No podía controlar sus emociones. Le caían las lágrimas. Sollozaba. Kent esperaba paciente. Parecía preocupado. En medio de aquella desgracia, ella sintió afinidad con el hombre al otro lado de la mesa. Habían trabajado uno al lado del otro durante muchos años y con un respeto recíproco. Se dio cuenta de que tenía que hablar con alguien. Kent era la persona adecuada.

– Estoy embarazada -dijo.

– ¿Felicidades es la palabra correcta? -preguntó Kent observando a Amanda.

– Sí y no. El niño quizá tenga una enfermedad hereditaria.

– ¿Puedo preguntarte cuál?

– Fibrosis quística de páncreas.

Kent parecía sinceramente afectado cuando oyó de lo que se trataba.

– Entiendo cómo te sientes. Mi padre tenía ese gen, pero yo, por suerte, me libré.

– ¿No te afectó en absoluto?

– No. Mi madre no era portadora de ese gen, así que estoy contento de que mis hijos no corran el riesgo de contraer la enfermedad. Por lo que he leído es bastante compleja.

– Pero de todas formas, ¿había peligro de que tú la heredaras si tu padre tenía el gen?

– No, los dos padres tienen que tenerlo.

El corazón de Amanda empezó a latir más de prisa por el rayo de esperanza que vio.

– ¿Quieres decir que el niño puede tener el gen pero no la enfermedad si yo estoy completamente sana?

– Y también puede no tener el gen. Pero oye, ¿quién te ha explicado todo esto? Ese médico parece que no sepa mucho de qué va.

La cara de Moses apareció en el interior de Amanda y se levantó de la silla.

– Perdona, tengo que hacer una cosa.

Kent la miró interrogante cuando ella salió corriendo del despacho.

En la mano de Moses había cuatro pastillas, tres Mifegyne que eliminarían la progesterona, es decir, la hormona que mantiene el embarazo, y un Cytotec, que provocaría contracciones en la matriz con la consiguiente hemorragia. No fue difícil conseguirlas. Con una receta escrita por él mismo, había ido a la farmacia. «Ser médico tiene muchas ventajas», pensó Moses. Las pastillas debían tomarse con dos días de intervalo pero eso a él no le importaba.

Sólo se le presentaría una oportunidad.

Con cuidado, las puso en un mortero y las deshizo hasta convertirlas en un ligero polvo blanco, después cogió una taza que tenía para las visitas con publicidad de la Asociación de Enfermos Cardiovasculares. Debajo de un gran corazón rojo había la dirección de una web impresa: conelcorazon.se. Moses puso los polvos y procuró llenar todo el fondo de la taza. El resultado fue correcto. Casi no se podían ver contra la paredes blancas del recipiente. Si lo descubría, podría decir que era un sucedáneo de azúcar.

Moses no tuvo tiempo más que de hundirse satisfecho en su silla cuando Amanda abrió la puerta. De forma instintiva le echó una mirada a la taza. No parecía diferente. Sin preguntarle por qué había llegado mucho antes de la hora acordada, dijo:

– Iba a tomar un café. Te puedo ir a buscar uno a ti también.

– Tengo que hablar contigo -dijo Amanda con determinación.

– Pero es que me apetece mucho un café -insistió Moses.

– Vale ya, tengo que hablar contigo ahora.

– En seguida -dijo Moses y salió del despacho con una taza en cada mano.

Amanda lo siguió irritada con la mirada y se sentó impaciente. Moses apareció en seguida con dos tazas que sacaban humo. La del corazón rojo se la ofreció a Amanda como si fuera una declaración de amor. Amanda la aceptó con un suspiro.

– ¿Qué es lo que querías decirme? -preguntó Moses con una sonrisa.

Para sí mismo pensaba: «Bebe, bebe, bebe.» -Si yo no tengo ningún gen de la enfermedad, ¿la puede tener nuestro hijo de todas formas?

Moses de pronto se puso serio.

– Sí, lamentablemente es así.

– Pero yo he oído que no es cierto. Que el niño no estará enfermo si yo estoy sana.

– ¿Quién te ha dicho eso? -preguntó Moses preocupado.

– Kent, mi compañero.

– ¿El policía gordo? ¿Le has explicado lo nuestro? -inquirió enojado Moses.

«Bebe, cono», pensó. Los labios de Amanda rozaron la taza, pero empezó a hablar en lugar de beber.

– No te preocupes. No dije ningún nombre.

– Yo soy médico y él policía. ¿Quién crees que tiene razón? -preguntó Moses retórico.

Parecía que Amanda pensara en lo que había dicho Moses.

– Es que a mí me pareció raro. Parecía muy seguro.

Moses no pudo aguantarse:

– ¿Es que no te vas a tomar el café?

– No me machaques más con el café, joder -replicó Amanda.

Después miró la taza como si fuera la primera vez.

– No, no me voy a tomar el café -respondió y dejó decidida la taza-. No es bueno para el niño.

Con ayuda de su irritación, Amanda hizo la incómoda pregunta:

– La madre de Nova está viva y tú te encargaste de la identificación del cuerpo. ¿Cómo pudo salir mal algo así?

Moses tardó un instante en entender lo que ocurría. Su mirada siguió un rato fija en la taza de Amanda. Después se dio cuenta de lo que había dicho y dijo con la mandíbula apretada:

– ¿Me acusas de no hacer bien mi trabajo?

– No, pero evidentemente algo se ha hecho mal. La madre de Nova sigue con vida y ella misma dice que tú, conscientemente, hiciste una identificación errónea.

– Y ¿tú la crees? ¿Es que no has pensado en quién te dio los datos? Ella.

– Pero tengo que preguntarte.

«El ataque es la mejor defensa», pensó Moses y continuó con una expresión de prepotencia:

– Yo sabía que las mujeres desdeñadas podían estar amargadas, pero esto es absurdo. Acusarme de ser un criminal.

– Ni siquiera sabía que era una mujer desdeñada -replicó Amanda mirando a Moses de forma crítica.

– No, no es eso lo que quería decir -intentó arreglarlo Moses, pero Amanda insistía:

– Tienes que decidirte. ¿Estamos juntos o no?

Moses sopesó las palabras unos segundos de más.

– Es decir, hemos acabado -constató Amanda saliendo por la puerta.

Cuando hubo abandonado el despacho, la expresión de Moses se apagó.

«Tengo que deshacerme de ella», pensó.

La taza de café seguía sobre la mesa, delante de él.

Ni una gota había pasado a través de los labios de Amanda.

Moses cogió el teléfono y llamó. Se habían descubierto demasiadas cosas. Ahora tenía que reaccionar rápido.

Nova miraba a Nor Boström y a Amanda. Nor, vestido con una camiseta negra, estaba sentado inclinado hacia atrás y masticaba chicle. Amanda, ligeramente inclinada hacia adelante, parecía cansada y agobiada. Tenía los ojos enrojecidos y fatigados. Estaban alrededor de una mesa de reuniones. Nova interpretó como buena señal que fuera redonda. En otros interrogatorios anteriores siempre había estado sola en uno de los lados de la mesa. Ya no eran polos opuestos, cada uno en un lado, ahora trabajaban juntos.

– Nova tiene una dirección electrónica de Elisabeth Barakel. Si consigue que responda, ¿la podrías rastrear? -preguntó Amanda.

– Sí, pero es dar un rodeo -respondió Nor, que había empezado a balancearse en la silla-. ¿Por qué no preguntas al servidor desde qué dirección suele enviar los mensajes electrónicos?

– ¿Se puede hacer? -se interesó Amanda.

– Sí, bueno, tendréis que hablar con el fiscal antes de pedirlo.

– Ahí tenemos un pequeño problema. No tenemos pruebas.

Nova no pudo dejar de protestar.

– ¿Que no hay pruebas? Si la tenéis en un vídeo.

– Sí que está en la película -aclaró Amanda-, pero no tenemos pruebas de que sea culpable de nada. Probablemente sea una indicación de que ha amañado su propia muerte, pero tampoco tenemos pruebas de ello.

– Pero a mí me dijo que había sido ella -replicó Nova.

– Pero sólo lo oíste tú -respondió Amanda-. Y eso no es suficiente.