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– Está navegando en el Clarion Hotel de Estocolmo. El e-mail fue enviado hace un cuarto de hora.

Amanda se volvió hacia Nova y la observó muy seriamente.

– ¿Estás lista? -preguntó.

Como respuesta Nova asintió con la cabeza, decidida, pero pensó:

«Nunca estaré lista para esto.»

«Cerda tarada», pensó Moses irritado cuando entró en su Audi de color gris. Ya estaba cansado de hacer limpieza tras Elisabeth Barakel. A veces su morbosa creatividad era exagerada, era lo mínimo que se podía decir. «¿Por qué no les podía disparar, limpia y sencillamente?», se preguntaba Moses.

Peter Dagon lo había enviado para dirigirla. Elisabeth Barakel era un milagro de efectividad cuando iba hacia la meta correcta, pero por lo visto ahora había empezado a elegir ella misma las víctimas. ¿Charlotte Perrelli? ¿Cómo había llegado a la conclusión de que era un buen objetivo? Moses sacudió la cabeza y apretó el acelerador. Las ruedas chirriaron antes de salir.

Al cabo de unos minutos estaba en la vía Klarastrandsleden. Había barcos amarrados en fila y se reflejaban en la ensenada de Barnhus. Detrás de ellos se acumulaban los árboles y la zona recién construida de Sant Erik. El aire acondicionado luchaba contra los treinta grados de calor y conseguía que el termómetro señalara veinticinco en el habitáculo del coche.

Moses miraba fijamente hacia adelante. Su irritación se mezclaba con una sensación de desagrado. Evitaba en todo lo posible encontrarse con Elisabeth Barakel. Era una de las más peligrosas e impredecibles. Su pura sangre la hacía ser un arma de lo más amenazadora y un riesgo. Moses estaba de acuerdo con Peter Dagon en este punto. Se veían obligados a jugar con los triunfos que tenían ya que quedaba poco tiempo. Las personas como Elisabeth Barakel eran las que se precisaban en la batalla.

Los últimos años había sido una bomba de relojería, con el riesgo de ser descubierta. Ahora era un recurso que iban a aprovechar al máximo. Estaba preparada y dispuesta. Parecía como si sus características humanas hubieran desaparecido por completo desde que amañaron su muerte. La parte humana se esfumó en la gigantesca brasa que consiguieron en la gasolinera. A pesar de que ella no estaba ni cerca de allí, aquello hizo que perdiera su identidad. Lo humano dentro de Elisabeth Barakel se había volatilizado y sólo quedaba la primitiva nefilim.

Lo que se necesitaba ahora era dirigirla con determinación. «Charlotte Perrelli», pensó Moses negando con la cabeza. En el bolsillo llevaba una lista de nombres bien elegidos. Nombres que causarían efecto y crearían opinión. Haría que los nefilim tuvieran una posibilidad de sobrevivir.

Si el resultado no era tan grande como esperaban, pasarían al plan B. Durante muchos años habían estudiado al detalle las centrales energéticas de Suecia. Tenían toda la información necesaria. Evidentemente, sería incómodo vivir sin electricidad, pero los nefilim estarían preparados. Habían vivido así durante muchos miles de años. Al contrario que los hombres, ellos recordaban y se habían adaptado a las circunstancias. Mejor sin electricidad que ahogados por grandes masas de agua. Sobrevivirían a cualquier precio.

Moses pisó el acelerador como para despedirse de la vida cómoda a la que se había acostumbrado. Si las medidas radicales eran necesarias, su Audi quedaría aparcado hasta deshacerse por el óxido.

Nova estaba sentada en el sitio del pasajero del Golf rojo de Amanda. Nerviosa, intentaba conversar:

– ¿Habéis controlado a Moses Hammar?

– Estamos en ello -respondió Amanda escueta.

El coche giró hacia la calle Göt. Nova se concentraba en mirar hacia el exterior en lugar de pensar en lo que estaba a punto de hacer. A la izquierda pasaron por delante de las caras rebosantes de salud de Tommy Nilsson y Pernilla Wahlgren en gran formato. Sound of Music, leyó en los carteles publicitarios del teatro Gota Lejon. Bajo el techo protector del teatro un indigente se protegía de los rayos del sol sentado sobre un sucio saco de dormir. El coche continuó por la calle más antigua del barrio de Sodermalm, pasó el edificio de Hacienda, con su nuevo e inocente logotipo, y finalmente dobló la esquina donde en el siglo XVII habían estado los jardines del destilador Sven Persson. Su lugar lo ocupaba ahora el centro comercial Ringen, que mantenía claros motivos arquitectónicos de principios de los ochenta.

El Clarion Hotel quedaba a la izquierda.

Nova se quedó helada cuando vio la fachada de cristal. Después se encogió detrás de Amanda para que no la vieran los ojos que miraban a través de los ventanales. El coche se paró a una manzana de allí. La mano de Nova temblaba, pero respondió afirmativamente a las preguntas de Amanda. Sí, prometía no correr ningún riesgo. Claro que sí, sabía lo que tenía que decir. Ningún problema, pero claro que sentía que aquello era duro. Sí, sólo les haría una señal y ellos entrarían y actuarían.

Nova atravesó la calle. Se oyó un frenazo y después un claxon. Se había olvidado de mirar. Se subió a la acera de baldosas de piedra. Los dedos de su mano izquierda temblaban tanto que se vio obligada a metérselos dentro del bolsillo del tejano.

Nova paseó la vista por el vestíbulo.

Una melena rubio ceniza a lo paje llamó su atención.

Supo de inmediato quién era.

Elisabeth Barakel estaba sentada a unos metros de ella inclinada sobre un ordenador portátil.

Era el momento en que Nova iba a traicionar a su madre.

Respiró hondo y entró en el local como si no viera. La mirada fija al fondo del lounge, donde sabía que estaban los servicios. Sería su excusa. Nova no era el tipo de persona que se tomaba un caro café con leche en el lounge del Clarion Hotel. Sin embargo, podía perfectamente aprovecharse de sus baños. Eran grandes, limpios y relativamente poco usados. Nova pasó al lado de su madre, pero se paró de golpe como si la hubiera descubierto allí y en ese momento.

– Hola -la saludó.

Elisabeth Barakel miró de prisa hacia arriba. Primero una sonrisa apareció en sus labios pero después dijo entre dientes:

– Haz como que no estoy aquí. Tú sigue.

– Pero ¿por qué?

– Por favor, Nova, haz lo que te digo. Ya te lo explicaré después.

Nova intentó aparentar determinación y se sentó frente a su madre sin tocarla. Nunca habían tenido mucho contacto físico.

– No, mamá. Tienes que explicarme. Todo es un completo desorden. No entiendo nada.

– Ahora no, Nova -respondió su madre agobiada.

– Creo que ahora te entiendo mejor.

A Elisabeth Barakel se le relajó la expresión un poco.

– Está bien, Nova. Tenía miedo de que quizá no lo hicieras.

Nova se inclinó hacia su madre y le susurró:

– Pero ¿por qué tienes que matar a gente? ¿No hay otra manera mejor?

– Queda poco tiempo, Nova. Piensa que fueron ellos los que empezaron. Son ellos los que intentan matarnos a todos. Tenemos que luchar con los medios que tengamos a nuestro alcance.

Amanda esperaba discretamente sentada en su Golf, inclinada hacia atrás, desde donde veía el Clarion Hotel. En su oreja había un pinganillo que hacía que oyera las palabras que se intercambiaban entre Nova y su madre. «Una chica valiente», pensó Amanda cuando oyó cómo estaba llevando a su madre hacia la trampa. Dentro de nada tendrían pruebas concluyentes.

Una persona ancha de hombros pasó por delante de su coche y miró la calle. Había algo familiar en aquel cuerpo y en su andar. Algo demasiado conocido. Amanda recuperó el aliento.

«Moses.» Andaba rápido por la acera y entró en el hotel.

Amanda no pudo hacer nada más que mirarlo mientras se dirigía hacia Nova y hacia su madre.

«Nova tenía razón», pensó.

Pero Amanda no tenía ganas de pensar en las consecuencias que aquello tendría para ella. Su mano se tocó el vientre como para proteger a la criatura.