Fue Nova la que vio primero a Moses Hammar. Sus miradas se encontraron. Ella no podía hacer como que no lo había visto. Tampoco mirar hacia el suelo y esperar que pasara. Entonces se dio cuenta: quizá tenía el mismo objetivo que ella en el Clarion Hotel. Encontrarse con Elisabeth Barakel. Aquello aún le hizo tener más miedo.
Ahora eran dos contra uno.
Estuvo a punto de hacer la señal, pero después entendió que lo estropearía todo. La policía necesitaba más para detener a aquellos dos. Seguro que Moses era igual de peligroso que su madre. Sus manos de boxeador se convirtieron en puños mientras se acercaba a las dos mujeres. Los labios apretados. La furia le salía por los ojos. Eran azules, notó Nova. Azul luminoso como los suyos. Su pelo oscuro los hacía destacar aún más.
Automáticamente, Nova se echó hacia atrás en la silla. Elisabeth Barakel siguió su mirada. Cuando descubrió quién se acercaba, sonrió y dijo:
– Es mi hija, Nova Barakel. Todo bien.
– Ni de lejos, todo bien -replicó Moses con una voz dura-. Se lo ha explicado todo a la policía.
Elisabeth Barakel se volvió preocupada hacia su hija.
– ¿Es verdad lo que dice?
– Sí, se lo expliqué antes de que me diera cuenta. Lo siento.
– No lo siente en absoluto -añadió Moses-. Nos ha delatado a todos. Vaya hija que tienes. Tenemos que tomar medidas respecto a ella.
Elisa Ixih Barakel se puso entre Moses y Nova.
– Sal de en medio -le ordenó agresivo.
Discretamente enseñó la boca de una pistola que llevaba en el bolsillo de su americana. Elisabeth Barakel no se movió del sitio.
– No toques a mi hija -ordenó con determinación.
En la entrada se oyó un tumulto. Moses no se dio la vuelta. Entraron dos policías. Él dio un paso hacia Elisabeth con la intención de apartarla, pero recibió una patada entre las piernas, gritó y se quedó doblado.
Se oyó un disparo.
El bolsillo de la americana tenía un agujero.
Elisabeth Barakel cayó hacia atrás, sobre Nova.
Tenía los ojos fijos en el techo.
La nariz era sólo un agujero.
Los fragmentos de hueso le asomaban por los cantos.
Moses dio dos rápidos pasos hacia un lado sin prestarle ninguna atención a Elisabeth. El dolor que sentía en el diafragma fue reprimido por el reflejo de huida. El cuerpo bien entrenado de boxeador obedeció a la mínima orden. Moses sacó la pistola del bolsillo a la vez que continuaba corriendo a toda velocidad hacia la puerta. La boca del arma apuntaba al primer policía.
Era una distancia corta. No había ninguna duda de que la bala encontraría su objetivo. Moses era un tirador disciplinado. El estrés no afectaba su habilidad. Su única posibilidad de huida era apretar el gatillo.
Ahora.
Peter Dagon conocía cada rincón de la casa aunque hacía veinte años que la había abandonado para siempre. No había supuesto ningún problema entrar; aún conservaba las llaves. Pocas cosas habían cambiado de lugar, pero el desgaste y el declive eran manifiestos. «A Elisabeth nunca le había interesado la decoración -pensó-. Lástima que no hubiera administrado mejor la herencia.» Tocó con la mano el papel anticuado de la pared y absorbió la atmósfera que tanto había echado de menos. En aquellas paredes había muchos recuerdos. Peter Dagon había pasado gran parte de su vida allí cuando era pequeño. Junto a su prima habían jugado en cada rincón, merendado en la mesa maciza de la cocina y dormido en una cabaña que hicieron en el desván. Eran tiempos alegres antes de que entendieran lo que ocurría. Eran jóvenes, inocentes y no sabían lo que se avecinaba.
Otro diluvio universal iba a devastar la Tierra.
Otro intento de borrarlos de la superficie terrestre.
Otra vez tendrían que luchar por su supervivencia.
Fue el padre de Peter Dagon quien apreció las primeras señales de alarma. Cuando ya no hubo dudas, dio el aviso. La ancestral señal de alarma había sonado como un reguero de pólvora por toda la Tierra. Actualmente, todas las células estaban movilizadas y dispuestas. La incapacidad del hombre no provocaría la muerte de los nefilim.
La lucha contra el agua era un gran perjuicio en su trabajo originaclass="underline" crear un mundo adecuado para ellos. Un mundo donde Nephilim mandara y el hombre se sometiera al ideal de ellos. Pero tenían que esperar. «Y ¿quién sabe? -pensó Peter Dagon-, quizá el agua que no hacía más que ascender les hiciera el juego a los nefilim.» Entró en la biblioteca. Una de las paredes estaba llena de cuadros caros que no había visto antes. «Elisabeth en una cáscara de nuez -pensó Dagon-. Sin el menor interés por la decoración, pero obsesionada por el arte.» Anteponía lo pequeño y limitado en lugar de ver la totalidad. Eso era lo que la hacía ideal para el encargo, ya que no existía una persona con objetivos más precisos. Había ido corriendo con las anteojeras puestas a toda velocidad hacia la meta. Sólo hacía falta señalarle el camino correcto.
Peter Dagon sonrió al pensar cuando con diez años llegó a la conclusión de que necesitaban una despensa en la cabaña del desván. Elisabeth decidió salir sin un céntimo en el bolsillo. Media hora después, volvió con el orgullo saliéndole por los ojos. Delante de él les dio la vuelta a los bolsillos. Pastillas de café con leche, chicles y caramelos quedaron amontonados sobre el suelo. Como siempre, había hecho el trabajo.
Peter Dagon recordó que ya no estaba entre ellos. «Es una pena -pensó-, pero una víctima necesaria.» Le envolvió la nostalgia. Él y Elisabeth habían trabajado uno al lado del otro desde que iban a la escuela. A veces pensaba que juntos eran como los nefilim originales. Él tenía la capacidad cerebral y Elisabeth su físico y crueldad. Juntos eran invencibles. Sus descendientes podrían haber sido insuperables, un homenaje a los nefilim de los antiguos tiempos. Peter Dagon sonrió ante la idea. Después se vio obligado a volver al presente. No todo había transcurrido según lo previsto.
Elisabeth no estaba.
Tardaría tiempo en acostumbrarse. Antes sólo había tenido que coger el teléfono y llamarla. Ahora estaba obligado a hacer el trabajo sucio él solo.
Se hundió en un sillón y apagó la luz que estaba sobre la mesa a su lado.
Allí esperaría la llegada de Nova.
Los movimientos de Nova denotaban fatiga. Tenía el alma cansada. El cuerpo estaba agotado. Sentía un desfallecimiento abrumador que le llegaba hasta la médula. Saber que había denunciado a su madre le absorbía toda la energía. Se culpaba a sí misma de su muerte. Si Nova no hubiera aparecido con la policía pisándole los talones, ahora su madre estaría viva. Si Nova hubiera pedido ayuda antes, ahora estaría viva. Si Nova no la hubiera denunciado, ahora seguiría viva. Había demasiadas cosas de las que Nova era culpable. Era el motivo por el que su madre había muerto. ¿O era su madre la que era culpable? No tenía fuerzas de pensar más allá. Muchas noches sin dormir cobraban su tributo.
Nova estaba acabada.
Tenía que descansar, desconectar. De forma automática se dirigía a su casa. No quería, pero no tenía otra elección. El tema de la vivienda lo retomaría cuando tuviera fuerzas. Ahora tenía que acostarse y dormir. Mucho y profundamente. Si podía.
A pesar de las protestas de Amanda, estaba saliendo de la jefatura de policía. Había demasiadas pruebas que señalaban en dirección contraria. La confesión de Elisabeth Barakel había sido atrapada por el micrófono de Nova y así quedó grabado. No podían retener a Nova por más tiempo.
– Demándame -le había dicho Nova cuando se fue.
No tenía fuerzas para otro interrogatorio. Ni una pregunta más. Ni una obligación más. Quería estar en paz, poner en orden sus pensamientos y, sobre todo, volver a su cama. «¿He hecho mal?», pensó Nova, pero no podía responder a su propia pregunta. La mente no la obedecía. «Trabajábamos hacia el mismo objetivo. ¿Quién soy yo para juzgar? ¿Por qué creo que es justo un allanamiento de morada pero no asesinar? Yo misma he asesinado. ¿Por qué yo estoy libre y mi madre muerta?»