Las farolas de hierro forjado lucían en el puente Vasa de doscientos metros. A la altura de Strömsborg pasó un Volvo XC 90. Automáticamente surgió la pregunta en la cabeza de Nova: «Me pregunto por qué conducen un todoterreno de ciudad con una emisión de doscientos sesenta y seis gramos de dióxido de carbono por kilómetro en el centro de Estocolmo.»
La interrupción del pensamiento hizo que Nova se hiciera con el problema. El meollo había sido la filosofía de su madre: ojo por ojo, mano por mano. No podía deshacerse lo que estaba hecho. No se podía pegar un ojo nuevo. Evidentemente, se hacían buenas prótesis en la actualidad, pero nunca podrían sustituir una mano. Una vida no podía ser restituida por otra. Sin embargo, unas pintadas en la pared se podían limpiar y una centralita de teléfonos se podía reparar. No se podían comparar las cosas con las personas. La vida era insustituible mientras que las cosas se podían cambiar. «Una persona no se merecía morir por sus opiniones -pensó Nova-. Una persona nunca merece morir.»
Nova había asesinado, lo cual no se podía perdonar aunque la ley la hubiera absuelto. Antes de llegar a su casa se prometió a sí misma una cosa: el resto de su vida lo dedicaría a compensarlo.
Para su madre era demasiado tarde.
Ya no sentía tan amenazadora la casa de la calle Präst como cuando Nova la vio la última vez que estuvo allí. En realidad no era más que una casa vieja y vacía en la que Nova se había criado. Ahora que sabía que su madre había sido de carne y hueso, ya no tenía miedo de entrar. Al pensar que estaba muerta, Nova sintió de nuevo remordimientos de conciencia que intentó sacudirse de encima. Los actos de su madre no eran culpa suya, pero la había salvado. Eso no se podía negar. Aquello le aportaba calidez. De alguna manera, la madre de Nova la quería, a pesar de todo. Su madre había estado dispuesta a morir por ella aunque no quisiera demostrarle mucha consideración cuando vivía. Finalmente, Nova pudo confirmarlo todo aunque deseaba que no hubiera ocurrido.
Cuando Nova giró la llave para quitar el cerrojo de la puerta, se dio cuenta de que algo iba mal. La llave no daba la vuelta. La puerta sólo estaba cerrada de golpe.
– Hola -llamó desde la oscuridad.
No obtuvo respuesta.
«Mierda de policías -pensó Nova-, han dejado la puerta abierta varios días.» Se quitó sin cuidado las zapatillas rotas de deporte y entró en la casa. Era poco natural y a la vez normal llegar a casa después de los acontecimientos de los últimos días. El aire estaba quieto. Nada había cambiado de lugar. Nova entró en la cocina y encendió la lámpara.
El fogón de gas era rápido. La llama acariciaba el cazo con un sonido apagado. Parecía una respiración. Nova se dio la vuelta. En el umbral de la puerta no había nadie. Agitó la cabeza para espantar el miedo y sacó unas bolsitas de té del armario. El agua empezaba a hervir. Nova se volvió de nuevo. Las sombras jugaban en el recibidor. Se fijó bien, pero no vio nada más que la ropa de abrigo que estaba colgada en las perchas. Involuntariamente empezó a pensar en las tumbas de la catedral Storkyrkan que en algún tiempo hubo debajo del edificio. Con prisa, vertió el agua caliente.
Tomó la taza con la bebida humeante con una mano y salió al recibidor. Encendió con cuidado las dos lámparas. En seguida se sintió mejor. La luz apartó lo amenazante. Las sombras se convirtieron en cosas y datos. Nova decidió encender más lámparas y entró en la biblioteca. Primero encendió la lámpara del techo, después fue a encender la lamparilla que había sobre una mesa junto al sillón.
Nova se quedó parada a medio camino.
En el sillón estaba Peter Dagon.
No podía articular palabra.
La combinación de miedo y sorpresa la dejaban sin voluntad.
– Buenas tardes -la saludó cortés señalando una silla con una pistola-. Por favor, siéntate.
La mirada de Nova se quedó fija en el arma mientras se movía de lado y se sentaba.
– He oído que has denunciado a tu propia madre y que ahora está muerta. Eso no ha estado bien -continuó moviendo de un lado a otro el dedo índice-, pero puede ser un buen presagio.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Nova a la defensiva.
– Quizá haya más nefilim en ti de lo que había creído. A pesar de tu herencia genética, anteriormente has demostrado unas tendencias inquietantes.
Nova aún parecía tener más dudas.
– Eres lo más pura raza nefilim que se puede llegar a ser en estos tiempos. Durante los últimos doscientos años ha habido una mezcla alarmante, pero tú has salido bien.
– Tú no estás bien de la cabeza -dijo Nova entre dientes.
– Es posible, pero ¿y tú, si no aprovechas la ocasión de unirte a nosotros? Tendrás más medios de los que puedas soñar para luchar contra el calentamiento global.
– Pero ¿cómo piensas? -preguntó Nova-. El efecto invernadero es un problema internacional. ¿Qué esperáis conseguir asesinando a unas cuantas personas en Suecia?
– ¿Quién ha dicho que sólo actuamos en Suecia? Nuestro presupuesto es más grande de lo que puedas imaginarte.
Nova estudió a Peter Dagon cuidadosamente y se preguntó si estaba hablando en serio. Dagon continuó:
– Podrías actuar desde Greenpeace de forma completamente legal y con otro tipo de recursos. Toda la parte de la herencia de tu madre que FON recibió ya ha sido transferida. Te prometo que puede ser mucho más que eso.
Nova pensó en lo mucho que se podría hacer con aquel dinero. Las campañas de publicidad que podrían realizar y las acciones. Era tentador.
Después vio el cadáver delante de ella: la obscena instalación en casa del presidente de Vattenfall y la cabeza cortada de Waldemar Göransson reflejada en un espejo lleno de sangre. Todo subvencionado y organizado con el mismo dinero.
– No, no puedo aceptarlo -respondió Nova-. Ahí pongo yo el límite.
Peter Dagon suspiró pesadamente.
– Y ¿es tu decisión final?
Nova lo miró fijamente sin abrir la boca.
– Es una pena y una vergüenza que yo, que te he creado, tenga que destruirte -constató Peter Dagon mientras levantaba la pistola-. Eres demasiado peligrosa como para dejarte con vida.
Primero no se dio cuenta de lo que quería decir. Luego le miró los ojos, los altos pómulos y el pelo dorado. Ahora sabía de qué conocía a Peter Dagon:
Era su propia imagen.
Altas fachadas de los años treinta se alzaban a la derecha de Amanda, allí sentada en su coche camino de la calle Norr Mälarstrand. Por la izquierda pasaba pequeños puentes y embarcaderos. La gran aglomeración de paseantes a lo largo del agua había desaparecido con el pronto anochecer que anunciaba el otoño. Algún que otro corredor seguía el camino.
Amanda intentaba resumir los acontecimientos del día. Todo el tiempo se le encallaba el pensamiento en Moses. Su hijo tenía un padre que era un criminal. La había traicionado. Había traicionado a su hijo. Había algo en él que era muy malo. De momento nadie más sabía quién era el padre de su hijo. No tenía fuerzas de pensar en lo que ocurriría si saliera a la luz. Una y otra vez veía la ancha espalda de Moses entrar en el hotel.
Después pensó en cuando se habían visto unos días antes. Lo que había sido un juego erótico ahora tenía un regusto repugnante. Sus preguntas inventadas recibieron respuestas verdaderas. Amanda pisó el freno con todas sus fuerzas, se acercó a la acera y abrió corriendo la puerta del conductor. En el último momento consiguió doblarse hacia adelante. El estómago se le encogía con las arcadas y su contenido se vació en la alcantarilla. Los coches le pitaban al tener que evitar la puerta abierta en medio de la calle. Amanda maldecía en voz alta mientras se secaba la boca con el dorso de la mano. Con la otra, se apretaba el vientre. No quería dañar al feto, pero no pudo evitar el vómito. Los pensamientos se le habían quedado estancados. No tenía ánimos para seguir pensando en Moses y cómo aquello afectaba a su vida. No le quedaban fuerzas para ello.