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Pero su subconsciente trabajaba a toda marcha.

Otra inquietud se hacía cada vez más fuerte.

Había muchos hilos que deberían atarse, pero algo no estaba como debía. ¿No había dicho Nova que su madre tenía más colaboradores? Amanda había intentado que se quedara y se lo explicara todo, pero fue en vano. Nova estaba agotada y Amanda entendió su deseo de irse a descansar a casa.

«Algo no está bien -pensó Amanda-. Nova tiene que tener protección hasta que aclaremos todos los detalles.» Amanda puso el coche en marcha, hizo un giro de ciento ochenta grados, pasó por delante de la alta fachada de ladrillo del ayuntamiento y se dirigió hacia el barrio de Gamla stan. A la vez, llamó a Kent para sosegar su inquietud. Estaba comprando en el supermercado Ica Maxi, pero estaría en casa de Nova dentro de una hora, después de dejar la compra en su casa. Amanda, mientras tanto, pediría protección para Nova.

La planta baja de la casa de Nova estaba iluminada. El resto, a oscuras. Amanda esperaba que aquello significara que Nova aún no se había ido a dormir. Se percibió un movimiento en la ventana. A través de la persiana, se veían los contornos de la figura de Nova sentada. Parecía que estuviera hablando con alguien. Amanda sintió curiosidad y, por impulso, abrió la puerta. Se oía la voz oscura y armónica de un hombre. Parecía que estuvieran hablando de un nuevo trabajo para Nova. «Se lo merece -pensó Amanda-. Nova merece poder empezar de nuevo.» De pronto sintió vergüenza de estar escuchando a escondidas y pensó en la manera de presentarse sin que se pusiera de manifiesto que hacía un rato que estaba en el recibidor. Cogió impulso para que pareciera que acababa de entrar por la puerta y atravesó la puerta de la biblioteca.

En el sillón estaba sentado un hombre. Amanda no había visto nunca a alguien tan bello. El pelo recién peinado, los ojos de un azul intenso y el traje hecho a medida no tenía ni una sola arruga. Su presencia la dejó casi sin habla. Lo único que pudo decir fue:

– Hola.

Él miró hacia arriba y contestó:

– Pero, bueno, qué oportuno que seas tú, Amanda, la que aparezca.

– ¿Sabes cómo me llamo? -preguntó curiosa.

Parecía un piropo que supiera quién era. Su mano derecha se movió. Fue entonces cuando Amanda se dio cuenta de lo que sujetaba. Una pequeña pistola de salón. Primero la apuntó a la cabeza. Después la bajó hacia su vientre. Instintivamente se protegió con las dos manos.

Pero sin éxito.

Se oyó un disparo.

La bala pasó entre sus dedos abiertos y entró en su vientre a la derecha del ombligo, rompiendo sus entrañas. Amanda cayó hacia atrás sin fuerzas, todavía con las manos agarrotadas aguantándose el vientre. Se golpeó la cabeza fuerte contra el umbral.

Allí acababa su recuerdo.

Mientras Peter Dagon estaba pendiente de Amanda, Nova aprovechó la oportunidad e hizo un último y desesperado intento por sobrevivir. Dando un salto alcanzó la pared donde había dejado el hierro 4 de golf de su madre. Con un grito se echó sobre Peter Dagon que, sorprendido, miró hacia arriba.

El palo de golf le dio de pleno en la sien.

El golpe sacó a Peter Dagon del sillón y lo hizo caer al suelo.

Nova volvió a levantar el palo.

Cogió impulso.

Y pegó hacia abajo, contra el cuerpo tendido.

A pocos centímetros de la nuca de Peter Dagon, lo paró. Nova estaba completamente quieta. Lo único que se oía en la habitación era su violenta respiración. Miró fijamente el cuerpo inmóvil de Peter Dagon.

«Otro más no. No puedo hacerlo otra vez», pensó.

Bajó la mirada en busca de algún signo de vida. La sangre manaba intermitente de la herida de la sien. «Eso significa que el corazón late», pensó Nova. Para su consternación vio que la corriente de sangre se paró. «Oh, no, no va a sobrevivir», pensó. Reaccionó de nuevo y tiró el palo de golf en una esquina. Con las manos temblando, sacó el móvil del bolsillo y llamó al 112.

Mientras esperaba se quedó mirando fijamente a Peter Dagon. «Hay algo que no está bien», pensó. Después se dio cuenta de lo que era. Se empezaba a formar costra en la herida. Peter Dagon vivía. Movió un brazo. Nova se echó hacia atrás, hacia la puerta, pero se quedó quieta de golpe cuando una voz se oyó detrás de ella.

Se dio la vuelta.

Allí había un hombre grande y gordo. Nova sabía que era policía porque lo había visto por la jefatura. Lo primero que hizo el hombre fue coger la pistola que se le había caído de la mano a Peter Dagon. Antes de agacharse sobre el cuerpo de Amanda, preguntó:

– ¿Has llamado a una ambulancia?

Nova asintió con la cabeza y después se sentó en el suelo.

Los sueños eran en blanco y negro. El dolor como una línea roja a través de ellos. De vez en cuando vislumbraba la realidad. Las figuras de blanco ondeaban por encima de Amanda. Cuanto más cerca estaban, más difícil era cogerlas o focalizarlas. El tiempo carecía de importancia. Los días pasaban sin dejar huella.

Al final despertó.

Los desnudos fluorescentes le deslumbraron los ojos desacostumbrados. La habitación era luminosa, pero fría y pequeña. Fuera, la oscuridad se pegaba al cristal. Amanda levantó la mano para rascarse la sien. En el dorso llevaba sujeto un tubo. «Me he despertado en un hospital», constató a la vez que sus ojos vagaban por la habitación. Después, su mente volvió a lo que había ocurrido. Sintió en el cuerpo un pellizco de inquietud. Se llevó la mano al vientre. Un vendaje alargado iba desde el ombligo hasta el lado. Su corazón empezó a latir fuerte. La cabeza reaccionaba con el aumento de las pulsaciones con un dolor golpeándole la nuca.

«El niño, el niño», pensó Amanda.

Intentaba notar algo, pero no entendía las señales del cuerpo. Por el contrario, sacó las piernas por el lado de la cama para levantarse. El dolor se extendió al diafragma. Amanda se vio obligada a apoyarse con las manos, pero las rodillas tuvieron que hacer la mayor parte del trabajo. Al final pudo levantarse. La puerta estaba a sólo dos metros, pero le costó un gran esfuerzo llegar hasta allí. La musculatura de la espalda estaba dolorida por falta de ácido láctico cuando compensaban la incapacidad de los músculos del abdomen. El tubo de la mano la paró. Miró el carrito y la bolsa que estaba allí colgada. No pensó y actuó. El dolor que sintió cuando se sacó la aguja fue tan intenso que le atravesó el cuerpo entero, pero duró poco. Ahora podía andar el último tramo. Amanda salió por la puerta a un pasillo lleno de vida.

Cayó pesadamente al suelo, pero le dio tiempo a girarse para que la cadera y el hombro recibieran el golpe. A cualquier precio seguía protegiéndose el vientre. Una enfermera mayor fue a rescatarla.

– Pero, mujer ¿qué haces por el suelo? -preguntó preocupada.

– Mi hijo -dijo Amanda-. ¿Qué le ha pasado a mi hijo?

– Pobrecita, voy a buscar al médico, pero primero tenemos que meterte en la cama.

– ¿Sabes si sigue ahí? -preguntó Amanda mientras fatigosamente volvía a la cama.

– Es mejor que hables de esto con el médico -respondió la enfermera disculpándose.

Amanda tradujo la respuesta como que no se había salvado. Cuando se metió de nuevo en la cama se echó a llorar. Lloró por el niño, por Moses y por los sueños derrumbados. Nunca sería madre, nunca sería parte de una unidad familiar. Nunca. Era demasiado vieja. Era demasiado tarde. El llanto iba en aumento. Los sollozos le rasgaban el vientre.

Era demasiado tarde para todo.

Llamaron a la puerta.

Sin esperar el permiso de Amanda, una médica la abrió.

Tenía la edad de Amanda, pero las canas se mezclaban ya con el pelo oscuro. La mujer esperó paciente a que se tranquilizara. Después dijo: