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– Querrás decir que es tu día de suerte -le corregí-. Por una parte, no habrías podido identificarlo sin mí. Y por otra, te vendrá bien mi ayuda. Puedo trabajar en esto a tiempo completo, y tú tienes docenas de casos entre manos… Así que, ¿lo han matado? ¿O se ha golpeado la cabeza con algo y se ha caído?

Finchley se sacó del bolsillo una nota garabateada.

– Tiene un hermoso golpe en la nuca, dice Vishnikov. Si se ha caído y se ha golpeado, ha sido para atrás. Y como estaba muerto antes de caer al agua, tiene que haber sucedido al caer. Es posible que algún paria lo encontrara muerto y lo hiciese rodar hasta el canaclass="underline" hay mucho trajín de drogas por esa parte del canal. Esa gentuza no querría tener problemas si alguien llamaba a la bofia por el cadáver. No me extrañaría que hubiera pasado eso.

Asentí.

– O Mitch estaba vagabundeando por ahí, interrumpió un trapicheo y alguien le dejó seco de un trancazo. Y cuando vio que estaba muerto, le entró el pánico. Me lo imagino.

– Pero ¿por qué andaba por el canal? -preguntó Finchley-. Por ahí no es más que una zona industrial, no es la clase de sitio adonde va uno a pasear a medianoche, por muy borracho que esté.

Miré hacia el señor Contreras. No parecía estar escuchando nuestra conversación.

– Había trabajado para Motores Diamond Head, por la Treinta y uno y Damen. Puede haber andado por allí en busca de algún trabajillo, estaba a la cuarta pregunta, según todos los indicios.

Finchley anotó Diamond Head en el arrugado papel, apoyándoselo en la rodilla.

– ¿Y tú cómo estás metida en esto, Warshawski? Sabes que es lo primero que me va a preguntar el teniente.

El teniente en cuestión era Bobby Mallory, algo menos hostil conmigo últimamente de lo que solía serlo, pero sin llegar a ser un entusiasta de mi trabajo.

– Sólo por pura suerte, detective. El señor Contreras y yo somos vecinos. Me contrató para buscar a su amigo. Ésta no es mi forma favorita de cumplir con mis obligaciones de trabajo… ¿Cuánto tiempo cree Vishnikov que ha estado en el agua?

– Cosa de una semana. ¿Cuándo lo visteis por última vez uno de los dos?

Sacudí suavemente el brazo de mi vecino y le repetí la pregunta. Eso le hizo volver bruscamente al presente, y emprendió un vacilante relato de su último fin de semana con Mitch, lleno de reproches a sí mismo por haber echado a su amigo. Finchley le hizo unas pocas preguntas con suavidad y nos dejó ir.

– Sólo que no vayas a entrar a saco en el barrio sur sin decírmelo antes, ¿vale, Vic?

– Si Mitch interrumpió a unos drogotas, son todos tuyos. No tengo medios para ir por ahí cazando colgados, aunque quisiera. Pero algo me dice que un anciano muerto sin casi familia ni conocidos tampoco va a movilizar los recursos completos del Área Uno.

Finchley hundió los hombros.

– No me eches el sermón sobre la policía y la comunidad, Warshawski. No me hace falta.

– Sólo hablaba de la vida real, Terry. No pretendía insultar a nadie -me levanté-. Gracias por evitarnos al señor Contreras y a mí la manguera de goma en la oficina del sheriff.

Finchley exhibió una de sus raras sonrisas.

– Estamos para servir y proteger, Vic, ya lo sabes.

El señor Contreras no abrió la boca durante nuestro lento regreso a casa. Yo estaba deshecha, tan agotada que apenas podía distinguir los semáforos mientras nos dirigíamos hacia el norte. Si alguien quería volver a seguirnos, buen provecho le hiciera.

El día había empezado con la bronca de Dick y terminaba con un cadáver descompuesto, intercalado con un viajecito a Schaumburg como pequeño sedante. Anhelaba alguna remota montaña, con nieve y una sensación de perfecta paz, pero al día siguiente tendría que levantarme otra vez lista para la batalla.

Esperé junto al señor Contreras a que consiguiera abrir su puerta.

– Entraré con usted. Necesita un té caliente con mucha leche y azúcar.

Protestó sin mucha energía.

– Yo también me tomaré uno -le dije-. Hoy no es noche para grappa ni para whisky.

Las manecillas del reloj de su cocina marcaban las doce. Tampoco era tan tarde, en realidad. Desde luego no era la edad lo que hacía temblar mis manos mientras rebuscaba en los cajones y armarios para hacer el té. Finalmente encontré una vieja caja de Lipton escondida debajo de unos grasientos agarradores. Olía a rancio, pero en realidad el té nunca se echa a perder. Utilicé dos bolsitas para hacer una tetera llena de té bien cargado. Mezclado con azúcar y leche era un buen reconstituyente.

Observé al señor Contreras mientras se tomaba el suyo; su cara había perdido algo de su palidez y tenía ganas de hablar. Le escuché mientras desgranaba historias de su infancia y de la de Mitch, la vez que habían metido una rana en el cepillo de la iglesia, que habían firmado sus contratos de aprendiz el mismo día -un inciso para Ted Balbini, que les había recomendado-, y luego, cómo el señor Contreras fue llamado a quintas y a Mitch le exentaron.

– Entonces ya bebía mucho, incluso en aquella época, pero fue por sus pies planos por lo que le rechazaron. Eso le partió el corazón. Ni siquiera quiso venir a despedirme cuando partí para Fort Hood, el viejo chivo. Pero volvimos a conectarnos después de la guerra. En Diamond Head me cogieron en cuanto volví a casa. En aquella época aún era un negocio familiar, no como ahora, que hay un hatajo de jefazos que viven en las afueras y les importa un bledo que estés vivo o muerto -hizo una pausa para terminarse el té-. Tienes que hacer algo, nena, tienes que descubrir quién le ha matado.

Me enderecé, atónita.

– No creo que la policía lo lleve como un caso de asesinato. Ya ha oído lo que ha dicho Finchley. Tropezó y se cayó cuando andaba borracho y alguien le hizo rodar hasta el canal. Supongo que algún macarra puede haberle matado después de desplumarlo -traté de imaginarme peinando Pilsen en busca de camellos adolescentes y me estremecí.

– ¡Que no, carajos! -gritó el señor Contreras-. ¿Qué iba a estar haciendo merodeando por el río? Eso no tiene sentido. No es lugar para pasear, sólo hay muelles de carga, alambradas de púas y vertederos. Si vas a ponerte de parte de la pasma y darlo por accidente o suicidio, puedes irte a la mierda pero ya.

Le miré, estupefacta por la violencia de sus palabras, y vi las lágrimas que volvían a correr por su cara curtida. Me arrodillé junto a su silla y le pasé un brazo por los hombros.

– Eh, eh, no se ponga así. Hablaré con Vishnikov por la mañana para ver qué piensa.

Me cogió la mano con un fuerte apretón, temblándole la barbilla al intentar controlar su gesto.

– Lo siento, pequeña -dijo con voz ronca-, perdona que me derrumbe y la tome contigo. Ya sé que era insoportable, un borracho perdido, pero cuando se trata de tu más antiguo amigo, de alguna forma tienes que hacer la vista gorda.

Retiró su mano de la mía y se ocultó la cara, sollozando.

– Jamás debí echarle a la calle. ¿Por qué coño tuve que hacer tanta alharaca con los cachorros? Peppy no se fija en ese tipo de chorradas, los ronquidos a ella ni le van ni le vienen. ¿Por qué carajos no le dejé pasar aquí unos cuantos días?

No es diamante todo lo que reluce

Cuando salí a correr a la mañana siguiente, me deslicé por la puerta de atrás. En lugar de seguir mi trayecto normal de ida y vuelta al puerto, corrí hacia el oeste por calles secundarias hasta el río. Mantuve un ritmo lento, no tanto para comprobar si me seguían como para evitar alguna torcedura de tobillo en la dura calzada -es difícil seguir a alguien que va a pie desde un coche. No creía que pudiese correr ningún peligro físico, cualquiera que fuese el rastreo que Chamfers hubiese decidido llevar conmigo; simplemente detesto que alguien meta la nariz en mi territorio.

Me pasé a ver al señor Contreras antes de subir a ducharme. Había recobrado algo de su vitalidad normal, tenía mejor color y se movía a un paso más natural que la noche anterior. Le dije que iba a acercarme a Diamond Head y le pregunté si conocía a alguien que aún trabajase allí.