– Actúan como la escoria que siempre he sabido que eran. No te imaginas lo feliz que soy de salir de este nido de cucarachas. Ni siquiera me molesta tener que embalar todo esto yo sola. Bueno, digamos que apenas me molesta. ¿Estabas en la agenda de Freeman? Creí que me había comunicado con todos -Catherine se había criado en Jackson, Mississippi, y nunca había hecho el menor esfuerzo por adoptar el acento de los yankis que la rodeaban.
– No. He intentado llamar esta mañana y no me he podido comunicar, por eso he venido en persona. ¿Necesitas ayuda?
Sonrió.
– La necesito, cielo, pero todo esto son expedientes confidenciales. Tengo que cuidar de ellos yo misma. ¿Qué podemos hacer por ti? Freeman se ha quedado en casa hoy, pero si hubieses sido arrestada o algo por el estilo estaría encantado de entrar en acción.
– No se trata de algo tan interesante. Sólo quería buscar a alguien en el Lexus; puede esperar hasta que estéis en vuestros nuevos cuarteles -también podía acercarme a Springfield y consultar manualmente los archivos. No era mi actividad favorita, pero sin duda era mejor que quedarme estancada con el problema unas cuantas semanas más.
Catherine gruñó.
– ¿Por qué no me apuntas lo que necesitas? Todavía tengo un par de amigos en este nido de ratas. Si no me tienen demasiada envidia por abandonar el barco, alguno de ellos podría hacer ese trabajo por mí.
Apunté la dirección de Diamond Head y su tipo de actividad.
– Sólo quiero los propietarios y la junta directiva. No necesito ningún informe financiero, al menos no por el momento. ¿Dónde vais a estableceros?
– Oh, Freeman ha encontrado un sitio encantador en Clark Sur. Trescientos metros cuadrados. Lo único que tenemos que hacer es llevar las mesas y enchufar las máquinas, no como aquí, que estuvieron empapelando, pintando y Dios sabe qué bajo nuestros pies durante los seis primeros meses desde que llegamos. Antes nos tomaremos una semana de descanso, y estoy deseando empezar.
– ¿Qué hace ahora Leah Caudwell? -le pregunté, tendiéndole la hoja de papel.
Hizo una mueca de desolación.
– Hará unos dieciocho meses o dos años que empezamos a tener demasiado trabajo, y no quiero decir que ella no pudiera con él, pero no era como en los viejos tiempos, cuando ella conocía personalmente a todos los clientes y en Navidad se acordaban de ella y todo eso. Alguna de la gente nueva que entraba aquí era simplemente grosera y no le gustaba el ambiente. Así que, cuando nos trasladamos, le sugirieron que ella no viniera. Lo sentí mucho por ella, pero ¿qué podía hacer?… Tienes que disculparme, Vic, los de la mudanza vienen dentro de tres horas y tengo que tener embalado todo esto. Ésta es nuestra nueva dirección, no dejes de venir a vernos.
Me alargó una tarjeta profesional con el nombre de Freeman pulcramente grabado. Había esperado para marcharse a que su nuevo feudo estuviese listo; en la tarjeta constaba un número de teléfono y otro de fax. Iba a tener que rendirme y agenciarme yo también un fax; era demasiado difícil seguir en los negocios, al menos en mi tipo de negocios, sin tener uno. Ni siquiera mi tienda favorita de comestibles finos del Loop aceptaba ya los pedidos por teléfono: tenías que mandarles un fax a la hora punta del mediodía.
Estaba tan embebida en el abismo que me separaba de la tecnología moderna que no reparé en la gente que me rodeaba hasta que alguien me cogió del brazo.
– ¡Es ella! -chilló una voz.
Era la joven recepcionista. La persona que me sujetaba el brazo era un miembro del personal de seguridad del edificio. Cuando intenté liberarme apretó su presa.
– Lo siento, señora. Me han dicho que se ha colado en las oficinas sin permiso, y me han pedido que la saque de los locales.
– Soy una clienta -protesté-. Al menos lo era hasta que usted me ha agarrado del brazo.
Estábamos bloqueando las escaleras. La gente se estaba agrupando debajo de nosotros, cuando a mis espaldas un hombre preguntó cuál era el problema. Me volví y sonreí agradecida: era Leigh Wilton, uno de los socios más antiguos. Aunque nunca habíamos sido amigos, no compartía el activo desprecio hacia mí de muchos de sus pares.
– Leigh, soy yo, Vic Warshawski. He venido a tratar de hablar con Freeman, no sabía que se había separado de la compañía, y esa recepcionista tuya ha creído que era una atracadora.
– ¡Vic! ¿Cómo estás? Tienes un aspecto estupendo -le dio una palmadita al guardia en el hombro-. Puedes soltarla. Y, Cindy, consúlteme antes de soltarles los perros a nuestros clientes, ¿de acuerdo?
La recepcionista se puso roja.
– Ha venido el señor Pichea y, cuando se lo he explicado, ha llamado al guardia. Yo sólo venía a identificarla. No era mi intención…
– Ya sé que no, querida. Pero el señor Pichea no es quien toma las decisiones aquí. Así que por qué no vuelves a tu mostrador. Y tú -dirigiéndose al guardia- ¿necesitas que aclare algo con tus superiores?
El guardia sacudió la cabeza y siguió a Cindy a paso ligero hasta la puerta. A Leigh le pareció una broma tan divertida el que estuviesen a punto de arrestarme, que insistió en que entrara en su despacho a tomar una taza de café. Llamó a Pichea para que se uniera a nosotros. El disgusto de mi vecino me compensó un poquito de la humillación que había experimentado los últimos días.
– Voy a tener que montar un álbum de fotos de nuestros clientes para que no les mandéis a todos a la cárcel con vuestra impaciencia de jóvenes castores -añadió Leigh.
– Todd y yo ya nos conocemos -dije-. Coincidimos a propósito de unos perros. Lo cierto es que tiene una conciencia social tan desarrollada, que ahora está a punto de hacerse cargo de toda nuestra manzana.
Todd se sonrojó hasta el caoba oscuro.
– El señor Yarborough está enterado de eso, señor. Se lo puede explicar. Si me disculpa, estaba con un cliente cuando me ha llamado.
– ¡Ah!, estos jóvenes no saben aguantar una broma. ¿Qué es eso de los perros, Vic?
Le hice un corto resumen, en medio de una serie de llamadas telefónicas. Su atención ya estaba extraviada mucho antes de que acabara.
– Voy a investigar eso por ti, Vic, te tendré informada si me entero de algo. Me alegro de verte. Y avísame antes de venir la próxima vez, para que tenga sobre aviso a los policías.
Esbocé una sonrisa y me marché a mi propia oficina. Me pasé la tarde realizando diversas tareas: pasando facturas a máquina, preparando una presentación para la compañía Schaumburg que había visto el lunes, y poniéndome al día con la correspondencia.
El día transcurrió sin ninguna noticia de Catherine respecto a mi búsqueda en el Lexus. No tenía ninguna forma de ponerme en contacto con ella hasta que ella y Freeman empezaran a trabajar la semana siguiente. Dejé un recado en el nuevo contestador de su oficina por si acaso, pero todo indicaba que tendría que acercarme a Springfield al día siguiente.
A las seis llamé a Lotty para ver si podíamos volver a intercambiar los coches esa noche; con el Trans Am probablemente podría hacer la ida y vuelta en menos de cinco horas. Aceptó sin mucho entusiasmo.
– ¿Qué ocurre? ¿Estás ocupada?
Se rió tímidamente.
– No. Sólo me estoy compadeciendo de mí misma. Hoy ha sido el último día de Carol. Me siento… personalmente despojada. Y Max se empeña en decirme que sea razonable, y lo único que consigue es que me apetezca ser lo menos razonable posible.
– Bueno, yo te sigo queriendo, Lotty. ¿Quieres que te lleve a cenar? Podrás gritar y quejarte todo lo que quieras.
Al oír eso soltó una risa más natural.
– Eso es lo que me ha recetado el médico. Sí. Excelente idea. Llevo mucho retraso aquí. ¿Qué tal a las siete y media en I Popoli?
Acepté inmediatamente y emprendí la tarea de ordenar mi despacho antes de salir. Ya me dirigía a la puerta, cuando volvió a sonar el teléfono. Pensando que podía ser Freeman, volví a mi mesa. Una suave voz de mujer me preguntó si era efectivamente la señorita Warshawski, y me pidió que esperara, que iba a hablarme el señor Yarborough.