Me acerqué al dormitorio, intranquila, para ver yo también a Lotty. Respiraba con regularidad, aunque profundamente; tenía la piel algo caliente cuando la toqué. Cuando volví al salón Rawlings seguía al teléfono.
– Bueno, ¿quieres investigar a ese tipo, el tal Simon, del que Warshawski no sabe el apellido? ¿Qué has averiguado por ahí?
Los siguientes minutos fueron una serie de gruñidos. Antes de que colgase le di una palmadita en el brazo.
– ¿Te importa que le haga una pregunta, Rawlings?
Tapó el micrófono con su ancha mano.
– Se la haré por ti con mucho gusto, señorita W.
Hasta a los buenos policías les gustan los juegos de poder. Arrugué la nariz y me alejé.
– Puede esperar hasta mañana. Dile hola de mi parte.
Rawlings me tocó el brazo.
– No te subas a la parra, señorita W. Ya basta de mala voluntad por esta noche… ¿Terry? Vic Warshawski quiere decirte algo.
– Hola, Terry. ¿Cómo vas? ¿Has localizado al hijo de Mitch Kruger?
– ¿Te has quedado a gusto, Vic? Te pedí, te rogué, que me dejaras a mí la investigación. Ahora que han herido a la doctora Herschel, ¿sigues sin entender por qué?
Me puse rígida, pero no dejé traslucir la cólera en mi voz.
– Yo no he autorizado ese ataque, Terry. ¿Has cambiado de opinión respecto a Mitch? ¿No cayó borracho al canal, a fin de cuentas?
– Le he contado a Rawlings los progresos que hemos hecho en nuestra investigación. Si quiere pasarte la información, es cosa suya.
– Una ciudadana es atacada y vosotros os ponéis bordes conmigo. Imagino que hay una relación, pero no especialmente atractiva. Antes de que cuelgues tan cabreado, ¿has podido localizar al hijo de Kruger?
Finchley respiró hondo.
– Hace treinta y cinco años que se fue. No he creído que debamos invertir recursos en seguirle la pista. ¿Es que estás maquinando la teoría de que volvió a Chicago a matar a su viejo en un acceso de rabia por algún daño que pudo hacerle hace tantos años?
No pude evitar reírme un poco ante esa idea.
– ¡Caray! No lo sé. Es ingenioso, me gusta. Si se tratara de Ross Macdonald hasta me lo creería. Sólo era una curiosidad. ¿Quieres hablar otra vez con tu colega antes de que cuelgue?
Rawlings me arrebató el teléfono. Tras otros cuantos gruñidos terminó diciendo:
– Tú mandas, Finch -y colgó.
– Entonces, ¿qué ha averiguado la policía sobre Mitch Kruger? -le pregunté.
– Están siguiendo algunas pistas, señorita W. Dales tiempo.
– Oh, por Dios, Rawlings. No soy el noticiero local. No han hecho nada, por la sencilla razón de que su muerte no parece importante. ¿Por qué no lo escupes de una vez, para variar? ¿Han peinado al menos el barrio?
Sus ojos marrones se entornaron, pero no dijo nada.
Sonreí.
– ¡Mi sueldo de una semana contra el tuyo a que no han hablado con los vecinos!
Una sonrisa desganada le ablandó el gesto.
– No me tientes. Terry ha hablado con ese Chamfers tuyo. Chamfers reconoce que Mitch había estado rondando por allí tratando de mendigar algún trabajillo, pero dice que él nunca lo vio personalmente, sólo se lo oyó decir al capataz. Aunque hubiesen contratado a gente, dice que no hubiera metido en la empresa a un tipo tan viejo como Kruger y tan borracho. Finch va a seguir investigando a ese estibador que se cabreó tanto contigo, pero no ve ninguna relación entre el ataque a la doctora y la fábrica.
– ¿Por qué me ha echado la bronca por eso, entonces?
– Tal vez simplemente no le gusta que le pises el terreno. A ninguno de nosotros nos hace mucha gracia.
– Bueno, yo soy una sola y vosotros sois diez mil, así que creo que podéis cuidaros solos.
Un ligero bufido de la agente Galway a nuestras espaldas hizo volverse a Rawlings.
– ¿Quiere algo, agente?
Sacudió la cabeza, con su pequeña cara oval tan carente de expresión que creí haber imaginado la risita.
Audrey palmoteó la mano de Max y se acercó a mí.
– Y creo que todos vosotros también podéis cuidaros solos. Vic, ¿llevarás a Lotty al Beth Israel mañana para la radiografía y todo eso?
– ¿Crees que está bien? Me ha parecido que tenía fiebre.
– Puede que tenga un poco. Si te parece que le sube mucho la temperatura o que está muy inquieta durante la noche, llámame. Si no, te veré por la mañana. ¿Digamos a las diez?
Asentí y la acompañé hasta la puerta. Max decidió escoltarla hasta el coche: la calle de Lotty no es el lugar más apetecible para pasear sola en la oscuridad.
Miré por la ventana sin ver, preguntándome quién habría ido a ver a la señora Polter haciéndose pasar por el hijo de Mitch Kruger. Aunque Finchley no hubiese intentado localizarle, el hijo podía haberse enterado por otra vía de la muerte de Mitch de todas formas. Quizá a través de Jake Sokolowski. Como Jake y Mitch habían vivido recientemente juntos, quizá Jake supiera cómo comunicarse con los alejados familiares de Mitch. Pero aun así, su hijo tenía que haber hecho milagros viajando para poder presentarse tan rápido en casa de la señora Polter.
– ¿Qué estás pensando, señorita W.? -preguntó bruscamente Rawlings.
Sacudí la cabeza.
– No mucho. A decir verdad, me gustaría dormir un poco.
Soltó un bufido.
– Suéltalo, por una vez. Llevo suficiente tiempo viéndote como para saber cuándo tienes un as en la manga. Estás deseando quedarte sola para poder sacártelo y contemplarlo. Si decides compartir tu pequeño truco de magia, llámame por la mañana. Galway, vámonos.
Cuando él y la agente se hubieron marchado, me sentí bruscamente agotada. Max me ayudó a llevar el colchón del diván al cuarto de Lotty.
– ¿Me despertarás si hay algún problema? -me preguntó.
– Por supuesto, Max -dije suavemente. Sólo le movía la preocupación, al fin y al cabo.
Se alisó la frente con su mano cuadrada y se fue al cuarto de invitados.
Limitaciones de la tecnología
Lotty pasó serenamente la noche. Se despertó sobre las ocho con mucho dolor, y con ganas de refunfuñar. Saqué el colchón al salón y la ayudé a vestirse. Max le preparó café y tostadas. Rechazó el primero por estar demasiado claro, y las últimas por estar demasiado quemadas.
Max la besó en el cuello.
– No he dormido la noche pasada, Lottchen, estaba demasiado preocupado por ti. Pero si te portas tan groseramente quiere decir que estás bien.
Ella sonrió a medias y extendió la mano. No me sentí imprescindible, ni para el resto de esa escena, ni para transportar a Lotty al hospitaclass="underline" era evidente que se trataba de un deber que Max estaba deseando asumir. Diciéndole a Lotty que la vería más tarde, recuperé mis llaves de su bolso y me fui.
Ese día no tenía la paciencia necesaria para ahorrarme dinero cogiendo un transporte público: llamé a un taxi en Irving Park y me dirigí a casa. No había dormido mucho: cada hora o dos imaginaba que Lotty había gritado y me incorporaba en el colchón, totalmente despierta. Después de cepillarme los dientes y de ducharme, estuve tentada de meterme en mi propia cama para echarme un sueñecito de verdad, pero simplemente tenía demasiado que hacer.
Llamé a Luke Edwards, que solía ocuparse de mi coche. Es un excelente mecánico con el pesimismo de un enterrador. Interrumpí su triste pronóstico sobre mi Trans Am antes de que lo convirtiera en una oración fúnebre y le dije que le llevaría el coche en una hora.
– Necesito alquilar uno. ¿Tienes alguno para dejarme?
– No sé. Si te has estampado contra un árbol con el Trans Am, no puedo.
– Bueno, lo conducía otra persona y los que chocaron con ella lo hicieron a propósito. ¿Tienes alguno para alquilarme?
– Puede. Tengo un viejo Impala. A ti te parecerá un barco después de conducir ese pequeño Pontiac, pero te apuesto lo que quieras a que el motor funciona mejor.