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– Ándate con cuidado, pequeña. Quizá deberías llamarme a eso de la una, no quiero pasarme todo el día preguntándome si alguien te está persiguiendo con una apisonadora.

Normalmente su paternalismo me irrita, pero el ataque a Lotty me había afectado. Me di cuenta de cómo puedes sentirte cuando te preocupa alguien a quien quieres. Se lo prometí, le besé en la mejilla, y salí.

Ya eran más de las doce cuando Luke concluyó su oración fúnebre sobre los daños del Trans Am. Como no me daba las llaves del Impala a menos de tener la oportunidad de explayarse sobre el tema de la situación de la fabricación de coches en general, y más específicamente de los Pontiac, y como ejemplo particular del mío propio, tuve que escucharle con toda la buena disposición de que pude hacer acopio.

Tenía razón respecto al Impala: parecía un autobús en comparación con el Trans Am. Pero su motor iba suave como la seda. Lo conduje cuidadosamente entre el tráfico, tanteando sus dimensiones, y con un ojo avizor, pendiente de cualquier compañía indeseada. No tenía la impresión de que me hubieran seguido hasta el garaje, pero no quería ser temeraria.

Recordando mi promesa al señor Contreras, telefoneé desde el vestíbulo del Herald-Star. Como no contestaba, me imaginé que habría sacado a Peppy y subí a la planta del periódico para hablar con la joven periodista que Murray me había asignado.

Lydia Cooper, la ayudante de Murray, perecía recién salida de la escuela de periodismo. De hecho, con sus mofletes encarnados y su espeso flequillo negro, parecía a punto de salir para el instituto. Tenía un fuerte acento del Midwest; cuando le pregunté, sonrió y me dijo que era de Kansas.

– Y por favor, no me pregunte por Toto ni si allí todo está en blanco y negro. Créame, ya lo he oído un millón de veces, y sólo llevo once meses en Chicago.

Al parecer Murray le había transmitido mi solicitud sin poner impedimentos, se ofreció alegremente a enseñarme el sistema Lexus en cuanto termináramos de hablar.

Le di los detalles del ataque a Lotty. Mientras Lydia tomaba afanosamente apuntes junto a mi hombro, llamé a Max para saber cómo habían ido los exámenes de Lotty. Tal y como pensaba Audrey, Lotty tenía una fractura pequeña en el brazo izquierdo, pero el escáner no había detectado coágulos ni ningún otro problema. Carol, impactada por el ataque, iría a la clínica unas horas al día, pero Lotty estaba deseando volver a su propio trabajo.

Lydia agotó una concienzuda lista de preguntas, pero aún tenía que aprender a indagar más allá de las respuestas parciales. Cuando terminó, me llevó a una computadora con módem y pidió el Lexus para mí.

– Murray me encargó que le advirtiera que quizá no podamos utilizar esa noticia -dijo arrastrando las sílabas-. Pero gracias por contármelo. No tiene más que salir del programa cuando termine, no hace falta que me busque antes de marcharse.

Cuando conseguí el informe de Diamond Head sentí una punzada de frustración, y un irracional acceso de ira. El único nombre que figuraba era el de su agente colegiado, Jonas Carver, con una dirección del sur de Dearborn. Perfectamente legítimo, ya que no era una empresa pública, pero yo había estado esperando grandes cosas de esa computadora. Me había imaginado que encontraría a alguien estrechamente relacionado con Daraugh Graham, que se habría apresurado a presionar a Chamfers para que hablara conmigo.

La tecnología me había fallado. Iba a tener que hacer mis indagaciones a la antigua usanza, mediante allanamiento y alevosía.

Los trabajos de Hércules

Volví a llamar al señor Contreras antes de marcharme del periódico. Seguía sin contestar. Procuré no preocuparme por ello. ¿Qué problema podía tener, al fin y al cabo? Pero había insistido tanto en que le llamara a la una, y además, no dejaría a Peppy sola tanto tiempo. Quizá había olvidado que tenía una cita con el médico cuando me lo dijo. Quizá Peppy había tenido algún problema veterinario urgente. No era posible que hubiera resbalado y se hubiese dado un porrazo, quedándose inmovilizado en el suelo del baño, como la señora Frizell. Desde luego que no. Bajé las escaleras desde Michigan a la carretera de dos en dos.

Había aparcado el coche ilegalmente en el subterráneo de Wacker, esperando que el sitio estuviese demasiado apartado para los municipales. Mientras quitaba la hojita naranja de la multa del limpiaparabrisas del Impala, pensé que tenía que haberlo sabido: cuando los dados juegan contra ti, los de tráfico siempre te cogen. Además iba a tener que pagarla: los aspavientos de Luke si le confiscaban el Impala eran insoportables de imaginar.

Seguí tentando a mi mala suerte en la carretera que conducía a casa, pero conseguí llegar a Belmont sin que me persiguiera ningún guindilla: el Impala no llama la atención de la misma forma que el Trans Am. Una vez en Belmont, tuve que tomármelo con calma debido al tráfico. Tamborileaba con impaciencia sobre el volante en los semáforos y corría estúpidos riesgos al adelantar a los camiones de reparto estacionados en doble fila.

Sólo cuando llegué a Racine me acordé de fijarme si me seguían. A esas alturas no podía estar segura de que no llevaba a nadie detrás, aunque por lo menos no creía que nadie me hubiera seguido hasta el taller de Luke. Desde luego no quería facilitarles la tarea aparcando junto a mi edificio para que supieran qué coche llevaba. Encontré un sitio en Barry y recorrí a la carrera las dos manzanas hasta casa.

Cuando toqué el timbre del señor Contreras, Peppy soltó agudos ladridos desde detrás de la puerta, pero el viejo no apareció. Me mordí el labio, momentáneamente indecisa. Él tenía el mismo derecho a la intimidad que yo exigía para mí. Desgraciadamente, la agresión a Lotty me había puesto demasiado sensible al bienestar de mis amigos como para dejar lugar a debates sobre la Novena Enmienda. Subí corriendo a mi casa, extraje mis ganzúas último grito de entre el revoltijo de la cesta que tengo junto a la entrada, y realicé mi primer allanamiento de la jornada.

Peppy seguía sin parar de ladrar ferozmente mientras yo forcejeaba con las cerraduras. Me dio esperanzas de que espantaría a un verdadero asaltante: aunque el señor Contreras tenía dos cerrojos, ambos eran lamentablemente fáciles de abrir. En cuanto supo que era yo, agitó levemente el rabo y regresó junto a su gimiente progenitura.

El viejo no estaba en la casa. Comprobé la parte de atrás por si yo estuviese haciendo el ridículo mientras él estaba fertilizando sus tomates, pero tampoco estaba fuera. Peppy vino conmigo a la puerta trasera mientras fui a mirar.

– ¿Adónde ha ido, eh? Sé que te lo ha dicho.

Soltó un impaciente ladrido y la dejé salir un poco. No le habían atacado y sacado a la fuerza de la casa: no había señales de lucha. Desistí. Algo había surgido y ya me enteraría a su debido tiempo. Comprobé que Peppy tenía agua en su cuenco, y dejé una nota sobre el teléfono diciéndole que me había pasado por allí y que nos veríamos a la noche.

Después de volver a cerrar su puerta con llave pasé por mi casa para tomarme un sándwich y un vaso de agua. También dejé la Smith & Wesson, no era probable que alguien ejercitara su puntería sobre mí en la avenida Racine.

Marjorie Hellstrom estaba en su jardín, ocupada con un rosal. A excepción de la señora Frizell y de mí misma, la manzana estaba llena de jardineros fanáticos. Yo no era capaz de cultivar ni perejil en una maceta, y el jardín de la señora Frizell estaba retornando a su origen de pradera: pradera llena de tapaderas y latas de cerveza, exactamente en la forma en que estaba cuando los indios vivían allí.