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– ¿Se sorprendió al verle? -opté por preguntarle.

– Claro, naturalmente, que saliera yo del olvido después de doce años, claro que se sorprendió.

– ¿Desconcertado, cree?

Gruñó.

– No sé muy bien adónde quieres llegar. ¿Te refieres a si actuaba como si tuviera la conciencia poco tranquila? Pues sí, se sintió tremendamente culpable cuando le conté quién era la doctora y cómo la habían herido. Pero por supuesto él no sabía que le iban a robar el coche, y menos aún que se lo iban a robar para atacarla con él.

– ¿Cómo es que él tiene dos coches y que usted va en autobús?

Abrió de par en par los ojos, asombrado.

– ¿Estás sugiriendo que tiene más dinero del que debería? Yo podría tener un coche si quisiera, desde luego no me hacen falta dos, pero ¿para qué lo necesito? Es un gasto inúticlass="underline" los impuestos, la gasolina, el seguro, los problemas para aparcar, preocuparte de que no le hagan el puente y te lo roben. ¿Piensas que por el hecho de que un tío le entregue su vida al sindicato no puede permitirse poseer un coche?

Sacudí la cabeza, confusa.

– No, claro. Sólo me estoy aferrando a lo que puedo.

Piqué un poco de la lechuga helada.

– Sabe, Terry Finchley no ha intentado localizar al hijo de Mitch. Y Jake tampoco. Pero alguien que pretendía ser el joven Kruger fue a ver a la señora Polter y registró el cuarto de Mitch sólo un día después de que se encontrara su cuerpo. O bien el tipo vino a la ciudad sin que nadie lo supiera excepto Mitch, o alguien estaba tan interesado en encontrar algo entre las cosas de Mitch que se hizo pasar por él. Quiero decir que, en ambos casos, la persona sabía dónde vivía. Lo que significa que Mitch tuvo que decírselo, porque usted y él, Jake, eran los únicos que lo sabían.

El señor Contreras guiñó astutamente un ojo.

– ¿Quieres que le pregunte a Jack si pasó alguien por allí tratando de enterarse de la nueva dirección de Mitch?

Encogí un hombro con impaciencia.

– Supongo que sí. Me gustaría acercarme con algunas fotos y enseñarlas en esa calle. Sabe, no sabemos si el hijo de Mitch seguía viviendo en Arizona. Joder, tendrá mi edad, o algo más. Podría estar en cualquier parte. ¿Recuerda su nombre?

– Mitch Junior -dijo inmediatamente el señor Contreras-. Siempre recuerdo que envidiaba el hecho de que él tuviera un hijo y yo sólo tuviera a Ruthie. Una estupidez. No significa nada, ahora me doy cuenta, pero en aquella época… oh, bueno, no tienes ganas de escuchar eso.

Me limpié los dedos en la servilleta de papel húmeda que me había proporcionado. Montar la búsqueda de una persona que podía estar en cualquier parte estaba muy por encima de mis recursos: me refiero a ir a las delegaciones de tráfico del estado, escribir al Pentágono, todo ese tipo de actividades que no tenía ni tiempo ni dinero para emprender. Sin embargo, una foto de Mitch Junior podía ser muy útil.

– ¿Quiere sufragar algunos anuncios, ya que no desperdicia su dinero en un coche? Podríamos pasar algunos en todos los periódicos de Arizona, y algunos por aquí. Ya sabe, si Mitch Kruger, originario de Chicago, escribe a cierta dirección, le informarán de algo que le interesa.

El señor Contreras se frotó las manos.

– Exactamente como en Sherlock Holmes. Buena idea, chiquilla. Buena idea. ¿Quieres que me ocupe yo?

Le di de buen grado mi consentimiento y me levanté.

– Voy al centro y quisiera salir por la parte de atrás. Por si acaso los tipos que mangaron el coche de su amigo estuvieran esperándome con otro delante de la puerta. ¿Puedo salir por su cocina?

– ¿Al centro? -sus ojos se clavaron en mi axila izquierda-. ¿Qué vas a hacer al centro?

Sonreí.

– Un pequeño trabajo de oficina.

– Entonces ¿para qué necesitas la pistola? ¿Para dispararle a una carta y espantarla?

Me reí.

– Que me muera si miento, no salgo con la perspectiva de una violenta confrontación. Espero no ver ni un alma. Pero ya conoces mis métodos, Watson: si alguien empieza a meterse conmigo, o con mis amigos, no voy por las calles oscuras sin una pequeña protección.

No estaba contento; ni siquiera estaba seguro de creerme. Pero descorrió los cerrojos de su puerta trasera y me acompañó hasta el callejón.

– Te voy a colocar una de esas cosas que llevan los polis, así si tienes problemas podrás mandarme una señal.

La idea de un cordón umbilical permanente con el viejo me obligó a tragar saliva. Me alejé por el callejón lo más rápido que pude, como para alejarme del mismo aire que había presenciado esa sugerencia.

Las chicas malas se recogen tarde

El sur del Loop es un pueblo fantasma por la noche. Sus bares cierran por la tarde a la hora punta del tráfico. Aunque en su orilla este están el Auditorio y un cine, y al sur ha surgido Dearborn Park, es poca la vida nocturna que subsiste al norte de la autovía Congress. Y gran parte de esa movida es de una calidad tan dudosa que casi preferirías encontrarte con un fantasma de verdad.

La dirección de Jonas Carver -el hombre que aparecía en el Lexus como agente colegiado de Diamond Head- resultó estar justo al norte de Van Buren. Aparqué el Impala a una distancia razonable, esperé a que un borracho -o quizá un flipado- atravesara la calle a la deriva, y entré en el vestíbulo.

Era un edificio antiguo que habían remozado superficialmente: la pintura estrictamente necesaria para justificar una subida del alquiler a tono con las nuevas construcciones de Dearborn Park. Uno de los elementos cosméticos era una pesada puerta de cristal con un doble cerrojo: tenían que estar metidas las dos llaves a la vez para que se abriera. Ésa sería una buena prueba para evaluar la eficacia de mis ganzúas. Me habían costado setecientos dólares, pero se suponía que estaban a la altura de ese tipo de trabajo.

También advertí con amargura que los pisos de los inquilinos -cuya lista estaba junto al telefonillo exterior a la puerta- estaban cifrados. Sin duda útil para los residentes particulares, pero si querías ver a algún profesional, como Jonas Carver, ¿cómo se suponía que ibas a adivinar a qué piso te tenías que dirigir? Afortunadamente el edificio sólo tenía once pisos: eso reduciría considerablemente mi tiempo de exploración.

Sólo para asegurarme, marqué el número de código de Carver. Nadie contestó. Además, ¿qué iba a hacer allí alguien a las doce de la noche?

Echando un vistazo alrededor para comprobar que nadie me veía, puse manos a la obra con las ganzúas. Al cabo de media hora empecé a preguntarme si no debería apostarme en el Impala y entrar detrás de la primera persona que llegara por la mañana. También me daban ganas de sacar la Smith & Wesson y echar abajo la puerta. No me parecía que el ruido fuese a despertar a nadie.

Era casi la una cuando mis delicados tanteos soltaron por fin el resorte de la cerradura superior, permitiéndome trabajarme la del pomo con bastante rapidez. Me dolían los riñones de estar tanto tiempo doblada. Me froté y me estiré contra la pared, tratando de relajar la tensión.

Una tenue lamparilla de noche arrojaba apenas la luz suficiente como para ver los botones del ascensor. El vestíbulo era minúsculo, apenas suficiente para cuatro personas. Saqué un cuarto de dólar y lo eché a cara o cruz: cara, subía hasta arriba y buscaba a Carver de arriba a abajo; cruz, empezaba por el segundo e iba subiendo. En la poca luz apenas pude distinguir el perfil de Washington. Llamé al ascensor.

La puerta se abrió inmediatamente. Eso significaba que la última persona que lo había utilizado fue para salir, una buena señal, aunque en el fondo no esperaba encontrarme a nadie. Cuando la puerta se cerraba sobre mí, advertí un directorio en la pared de enfrente. Metí el pie, mantuve abierta la puerta, y me asomé para ver el número de la oficina de Jonas Carver. Estaba en el sexto piso. Tanto si hubiese empezado por arriba como por abajo, hubiese dado igual. Quizá mi suerte estaba empezando a cambiar un poco.