Tenía que hablar con Chamfers del ataque a Lotty. Los polis pretendían haberse encargado de ello y que él estaba tan limpio como un billete lavado a mano, pero yo quería oírle en persona. También necesitaba ir a la biblioteca pública a investigar en la computadora sobre Jason Felitti. Presumiblemente era hermano del suegro de Dick, o quizá su tío, pero quería algo más de información. Me pregunté si en el banco de Lake View alguien querría hablar conmigo respecto a la señora Frizell. Probablemente no, pero valía la pena intentarlo.
Consulté mi reloj. Todo eso tendría que esperar. Lo primero que tenía que hacer era ver si alguien de Paragon Steel estaba dispuesto a hablar conmigo.
La elección de la ropa que iba a llevar era compleja. Necesitaba tener un aspecto profesional para entrevistarme con los directivos de Paragon. Quería estar cómoda. Necesitaba poder llevar mi pistola. Y necesitaba estar en condiciones de correr si era necesario. Finalmente opté por unos vaqueros y una chaqueta pata de gallo de seda. Era algo que sólo en California podía pasar por profesional, pero tendría que apañármelas con eso.
Antes de salir busqué mi carnet de direcciones y marqué el número de teléfono particular de Freeman Carter. Me alegré de encontrarle en casa, podía perfectamente haberse ido al campo una semana.
– V. I. Warshawski, Freeman. Espero no interrumpir tu almuerzo.
– Estoy a punto de salir, Vic. ¿Es algo que pueda esperar?
– No, pero seré breve. Hasta esta madrugada a las cuatro no he sabido que Dick y su suegro estaban relacionados con Diamond Head Motors. Creo que me debes una excusa.
– ¿A las cuatro de la madrugada? -Freeman se quedó con la parte más insignificante de mi comentario-. ¿Qué estabas haciendo a las cuatro de la madrugada?
– Labor de allanamiento para investigar lo que tú podías haberme dicho sin gastar sudor. ¿Creías que te iba a obligar a implicarte en una guerra entre Dick y yo? Hubiera sido más amable de tu parte preguntármelo primero.
– Conque labor de allanamiento, ¿eh? Bueno, siempre he pensado que no te haría daño arreglártelas para ganarte la vida.
– ¿Pero creías que te iba a involucrar en un enfrentamiento con Dick? -insistí.
– La idea sí me pasó por la cabeza -convino Freeman tras una pausa-, y aún no se me ha ido del todo. Es una increíble coincidencia que te intereses por Diamond Head.
– Oh, no sé. Crawford-Mead debe de estar relacionada con montones de medianas empresas en todo Chicago. También son las mismas con las que yo suelo trabajar normalmente. Simplemente tenemos… esferas de interés coincidentes, eso es todo -la frase, sacada de un viejo curso de historia política, me gustó más a mí que a Freeman, que se quedó callado.
Tras un largo silencio, me lancé de cabeza.
– Sabes, he estado pensando. Respecto a ti y a Crawford-Mead, quiero decir. No puedo evitar preguntarme si empezaron a trabajar con las fusiones y adquisiciones durante los días gloriosos de Drexel. Recuerdo que en el concierto me dijiste que la firma estaba llevando algunos asuntos que no te gustaban, no creo que hubieses seguido allí si fuese algo francamente inmoral, como defender a los blanqueadores de dinero. Pero las fusiones… hay un montón de empresas que, una vez en ello, se dan cuenta de que la cola empieza a menear al perro, así que es muy probable que fuera eso lo que tenías en mente. Ya que Peter Felitti es el suegro de Dick, pudiste pensar que había un conflicto de intereses en el fondo de esa transacción concreta.
Freeman soltó un agudo bramido que pudo ser una carcajada.
– A estas alturas ya debería saber que delante de ti no debo decir nada si no quiero que sea utilizado contra mí en un tribunal. ¿Se te ha ocurrido esa teoría a ti solita? ¿O has estado hablando con alguien?
– He estado pensando. Así es como me gano la vida, ya sabes. Gran parte de mi trabajo consiste en descubrir por qué la gente hace lo que hace. Diamond Head tiene encima una fuerte deuda, lo cual indicaría que sus finanzas son chapuceras. El nombre de Dick consta en su junta directiva, lo cual indicaría que él se ocupó de ese asunto. Tú te enfureciste, lo cual indicaría que lo sabías y creíste que yo estaba poniendo el dedo en la llaga.
– Bueno, sigo sin querer discutir contigo los asuntos de la firma, Vic. Quizá tengas razón, o quizá estés metiendo la pata hasta el corvejón. Eso es todo lo que te puedo contar, excepto que siento haberte juzgado mal el otro día, pero lo que está más claro que el agua es que me gustaría que trabajaras en otra cosa que en Diamond Head. Ahora tengo que irme: tengo esperando a un amigo.
– Hay otra cosa -me apresuré a decir antes de que colgara-. Necesito inmediatamente a alguien que convenza al director de la fábrica de Diamond Head para que hable conmigo. Lleva dos semanas escaqueándose. Por eso quería los nombres de los directivos, pensé que quizá conociera a alguno de ellos.
– Y así es, Vic. Conoces a Richard Yarborough. No hago más que decirte que subestimas a Dick. Podría responderte si te avinieras a preguntarle amablemente -sonó el clic del teléfono en mi oído.
Era muy remota la posibilidad de que Freeman se sintiera tan consternado por haberme juzgado mal como para ayudarme a entrevistarme con Chamfers. Para eso tendría que fingir estar todavía en Crawford-Mead, y él era demasiado escrupuloso para esa clase de embustes.
«Además, las dificultades fortalecen el carácter», me dije en voz alta.
Antes de iniciar mi jornada llamé a Lotty. Aún seguía en casa de Max pero pensaba estar ya lo suficientemente repuesta como para ir a la clínica medio día por la mañana. Le pregunté si había hablado con la policía.
– Sí. El sargento Rawlings se pasó por aquí el viernes por la tarde. No saben nada, pero al parecer cree que tú estás haciendo obstrucción en su investigación, creo que ésas fueron sus palabras. Vic… -hizo una pausa, buscando las palabras-. Si hay algo que le estés ocultando a la policía, díselo, por favor. No voy a poder conducir sin mirar por encima del hombro cada cinco segundos hasta que cojan a esos tipos que me golpearon.
Mis hombros se encorvaron.
– Le conté a la policía lo del tipo que me amenazó con hacerme seguir, pero creen que está limpio. No sé qué más puedo hacer, excepto tratar de llevar mi propia investigación.
– Hay varias formas de contar las cosas. Te he visto operar durante años y sé que muchas veces te guardas para ti el… dato clave o decisivo, tal vez, o el pequeño detalle que les permitiría hacer las mismas deducciones que tú haces.
Su voz, que carecía de su habitual vitalidad y viveza, era más deprimente que sus palabras. Traté de recordar mis conversaciones con Conrad Rawlings y Terry Finchley. No les había contado lo de la persona que se había hecho pasar por el hijo de Mitch Kruger y que alguien había sustraído papeles de casa de la señora Polter. Tal vez debería hacerlo. No podía soportar la idea de que el miedo le echara bruscamente los años encima a Lotty, especialmente un miedo que yo había contribuido a fomentar.
Permanecí callada tanto tiempo que preguntó con aspereza:
– Hay algo, ¿verdad?
– No sé si lo hay o no. A mí no me ha parecido relevante, pero antes de salir llamaré al detective Finchley y se lo diré.
– Hazlo, Vic -dijo, quebrándosele la voz-. Haz como si yo te importara, no como si fuese simplemente un peón del juego que planeabas y que no ha salido como esperabas.
– ¡Lotty! Eso no es justo… -empecé a decir, pero colgó antes de que pudiese oírla llorar.
¿Tan desalmada era yo? Yo quería a Lotty. Más que a cualquier otro ser vivo en quien pudiera pensar. ¿Acaso la estaba tratando como un peón? Yo no tenía planeado ningún juego, ése era en parte mi problema. Perdía el hilo entre una acción y otra, sin saber en qué dirección iba. Sin embargo, recordé el disgusto que sentía conmigo misma por haber penetrado en la oficina de Carver la noche anterior, y un nudo de aversión hacia mí misma me encogió el estómago.