Loring y el hombre que acababa de hablar intercambiaron largas miradas, y luego Loring, casi imperceptiblemente, sacudió la cabeza.
– Puede que lo haga, Warshawski. Si lo hago, puede que vuelva a hablar con usted. Pero aún tendrá que convencerme del porqué de tantas preguntas.
– Digamos que quiero saber hasta qué punto participan en la toma de decisiones de Diamond Head. Porque si están en el secreto de su trabajo interno… bueno, entonces hay muchas más preguntas que me gustaría hacer.
Loring sacudió la cabeza.
– A mí no me la da. Todo lo contrario. Y tal y como ha señalado tan prestamente, somos gente ocupada. Tenemos que seguir ya con nuestras actividades.
Me puse en pie.
– Entonces tendré que seguir investigando. Y no puedo predecir lo que haré si hurgando encuentro materia en descomposición.
Nadie respiró, pero conforme salía de la habitación se elevó un gran murmullo. Tenía ganas de pegar el oído a la puerta, pero Sukey estaba seguramente pendiente de mí desde su mesa. Me acerqué a ella.
– Gracias por su ayuda… Tiene una bonita voz, ¿sabe? ¿Usted canta?
– Sólo en los coros de las iglesias. Con esto -señaló las cicatrices de acné, sonrojándose penosamente- nadie quiere hacerme una audición para la escena.
El intercomunicador de su mesa zumbó con fuerza: Ben Loring la necesitaba en la sala de conferencias. Me pregunté si podía arriesgarme en su ausencia a intentar mirar sus archivos, pero sería algo imposible de explicar si volviera deprisa y me pillara. Además, eran ya casi las dos. Tenía el tiempo justo para bajar al centro a indagar sobre Jason Felitti antes de que cerrara la biblioteca.
Después de dos décadas de regateo, Chicago está por fin construyendo una nueva biblioteca pública. Con el nombre del malogrado y preclaro Harold Washington, el monumento -en vías de construcción- tiene el lamentable aspecto de un mausoleo Victoriano. En espera de su apertura, el municipio conserva las colecciones que posee en una serie de locales apartados. Recientemente se han trasladado de unos viejos barracones junto a la avenida Michigan a un bohío aún más desolado en la orilla oeste del Loop.
Desgraciadamente, ese barrio también bordea la nueva galería y los comercios más en boga de la ciudad. Tuve que meterme en las calles subterráneas para encontrar un parquímetro libre. Aunque confiaba en que había despistado a mis seguidores, seguía sintiéndome incómoda en el laberinto de rutas camioneras y muelles de carga. Cualquiera podría atacarme allí sin que nadie se diera cuenta. Esas macabras fantasías me produjeron un temblequeo nervioso en las piernas. Subí por Kinzie hasta la luz del día a más velocidad de la que pensaba que aún podían desempeñar mis piernas.
La hora que pasé con la encargada del ordenador de la biblioteca confirmó mi necesidad de comprarme mi propio aparato. No porque la encargada no fuese útil -lo fue, y mucho-. Pero la cantidad de información disponible con sólo marcar un número era tan grande, y tan fuerte mi necesidad de ella, que no tenía sentido depender de las horas de apertura de la biblioteca.
Me llevé el fajo de papeles impresos a una mesa ya atestada de la hemeroteca, uno de los pocos lugares del edificio donde una se podía sentar y leer de verdad. Mis vecinos inmediatos incluían a un hombrecito gris con un fino bigote que estaba absorto en la Scientific American y manifestando por lo bajini un ansioso comentario. No estaba claro si estaba reaccionando al artículo o a la vida en general. A mi otro lado, un hombre más corpulento leía el Herald-Star palabra por palabra, recorriendo las líneas con el dedo y leyendo con los labios. Hice votos porque la nueva biblioteca incluyera unas duchas en los aseos. Serían de gran ayuda, si no para mi compañero, al menos para quien le tocara estar junto a él en el futuro.
Abstrayéndome del olor hasta donde podía, empecé a leer lo que tenía sobre Jason Felitti, propietario de Diamond Head Motors. Era hermano de Peter, tres años más joven (nacido en 1931), educado en Northwestern (Empresariales), y se había metido en actividades políticas y en contratas. Peter, mencionaba uno de los papeles, también había asistido a Northwestern, donde había obtenido un diploma de ingeniero. Jason, que no estaba casado, vivía en la propiedad familiar de Naperville, mientras Peter se había mudado a Oak Brook con su mujer y dos hijas en el 68. Un año significativo en muchas vidas del mundo entero, ¿por qué no también en la del suegro de Dick?
Amalgamated Portage, el negocio de la familia, había sido fundado por Tiepolo Felitti en 1888. Se había iniciado como una operación simple: una simple carreta de mano para transportar chatarra. A la muerte de Tiepolo, cuando la epidemia de gripe de 1919, Amalgamated se había convertido en una de las empresas de transportes más importantes de la región.
La Primera Guerra Mundial había fomentado enormemente su línea de ferrocarriles. En los años treinta tuvieron visión de futuro, y éste aparecía bajo la forma de transporte a larga distancia por carretera. Fueron de los primeros transportistas en reunir una flotilla de camiones. A partir de la Segunda Guerra Mundial se habían diversificado con la minería y la fundición, primero con gran éxito y luego al parecer con un fracaso igualmente grande.
Peter había vendido las operaciones mineras a la baja cuando su padre murió, en 1975. Ahora el negocio intentaba mantenerse más afín a su misión originaclass="underline" los portes. En 1985 Peter había comprado uno de los servicios de reparto que habían surgido de la noche a la mañana; al parecer funcionaba modestamente bien. Amalgamated seguía siendo una compañía principalmente familiar, por lo que la información sobre ella era esquemática.
Jason había heredado algunas acciones de Amalgamated cuando su padre murió, pero fue Peter quien se hizo cargo de la empresa. De hecho, Peter había pertenecido al comité directivo desde hacía años, mientras Jason al parecer sólo formaba parte del consejo de administración. Me pregunté si Jason había sido considerado incompetente desde el principio, o si la familia estaba estructurada tan rígidamente que sólo el primogénito estaba autorizado a dirigir. En ese caso, ¿qué sucedería cuando Peter muriera, ya que Jason no tenía hijos y Peter sólo tenía hijas? ¿Sería Dick el elegido o tendría que disputarle el botín al otro yerno?
Durante años, Jason había invertido la mayor parte de su energía en la política del condado de Du Page. Había sido comisionado de las aguas, había trabajado en el proyecto del Gran Túnel, y finalmente había pasado doce años en la propia junta del condado. En las últimas elecciones había decidido no presentarse para un cuarto mandato.
Según unas declaraciones que ocupaban unas cuantas líneas de la edición metropolitana del Herald-Star, Jason anunciaba que quería dedicarse a tiempo completo a los negocios. Ray Gibson, del Tribune, pensaba que Jason se había preocupado por algunas historias que su oponente político estaba desenterrando, un conflicto de intereses entre su puesto de comisionado del condado y su función de director del U. S. Metropolitan Bank & Trust. Pero Gib siempre se esperaba lo peor de los funcionarios elegidos en Illinois, aunque la mayor parte de las veces no le decepcionaban.
El año anterior Jason había adquirido Diamond Head. La noticia no había merecido más de un párrafo en las páginas financieras. El magro comentario no revelaba nada de la financiación, aunque el Sun-Times insinuaba que Peter podía haberle proporcionado el respaldo de Amalgamated. Nadie parecía conocer la liquidez real de Amalgamated, o si ellos también habían adquirido una fuerte deuda durante su fracasada incursión en la minería. No parecía que Dick hubiese accedido con su matrimonio al colosal imperio financiero que siempre había imaginado.
– El Metropolitan -dije en voz alta, olvidando que estaba en una biblioteca.