Выбрать главу

Ello sobresaltó al hombrecillo gris, que soltó su revista. Me miró fugazmente, murmurando entre dientes, y luego se mudó a una mesa alejada, dejando la Scientific American en el suelo. La recogí y la dejé sobre la mesa, dándole unas palmaditas que querían ser consoladoras. Él había cogido un periódico y me observaba por encima del borde. Cuando se dio cuenta de que le estaba mirando, se tapó la cara con el periódico. Lo tenía boca abajo.

Doblé esmeradamente mis recortes formando un cuadrado, los embutí en mi bolso, y salí. No pude resistir volver la vista para ver si seguía con su revista, pero seguía escondiéndose tras el Sun-Times. Ojalá produjera yo ese efecto en Dick, o incluso en los matones apostados frente a mi apartamento.

Eran más de las cinco cuando bajé corriendo por Kinzie en busca del Impala. Demasiado tarde para volverle a dar la vara a Chamfers. Me senté en el coche, masajeándome las lumbares; se me habían vuelto a agarrotar durante mis indagaciones. Jason Felitti formaba parte del consejo de administración del Metropolitan y -probablemente- había canalizado por ahí algunos fondos del condado de Du Page. Ahora, tres años más tarde, la señora Frizell había cancelado su cuenta en el banco de Lake View y había abierto otra en el Metropolitan.

«Estás empeñada en que ahí haya una conexión -le dije mordazmente al salpicadero- pero el hilo que conduce de Jason Felitti hasta Todd Pichea es demasiado tenue -aunque sí pasaba por Richard Yarborough». Quizá Freeman tenía razón, y sí le guardaba rencor a Dick, por haber descollado mientras yo aún batallaba por llegar a fin de mes. ¿O por haber preferido a una mujer más joven y más bonita?

No tenía la impresión de que me importase Teri: se adecuaba mucho mejor que yo a la mezcla de ambición y de debilidad de Dick. Pero tal vez sí me reconcomía el haber sido la prometedora graduada, tercera de la clase, con una docena de ofertas de trabajo, que ahora no podía permitirse un nuevo par de zapatillas de deporte. Yo había hecho mi propia elección, pero los resentimientos rara vez tienen un fundamento racional. En cualquier caso, no quería arriesgarme a darle la razón a Freeman iniciando una vendetta contra Dick respecto al tipo de negocios en que estaba metido.

Acorde con esa nota moral, arranqué el coche y me uní al estancado tráfico que salía del Loop. No fue sino hasta después de haber tomado la salida oeste por Stevenson cuando me di cuenta de adónde iba: a Naperville, a la mansión familiar de los Felitti.

Alternando con los ociosos ricos

Naperville, a unos cincuenta kilómetros al oeste del Loop, es uno de los barrios de las afueras de más rápido crecimiento. Está rodeado de elegantes casitas con parcelas de terreno bastante grandes, repletas de ejecutivos medios de Chicago y de una deprimente cantidad de hormigón. Enormes autopistas surcan la periferia al suroeste, devorando los campos cultivables y dejando en su estela abruptas e irregulares depresiones de terreno.

Entre los pilares de hormigón y la interminable sucesión de galerías comerciales, establecimientos de comida rápida y vendedores de coches, subsiste el resto de la ciudad. Hace cien años era una tranquila comunidad agrícola, sin mucha conexión con Chicago, cruzando el río que transportaba mercancías entre la ciudad y el Mississippi. Cierto número de personas, enriquecidas gracias a la tierra o al agua, se construyeron allí sólidas mansiones victorianas. Una de ellas, cuya fortuna se debía al tráfico de gabarras, había pertenecido a Tiepolo Felitti.

Encontré la casa de la calle Madison con bastante facilidad, simplemente parándome a preguntar en la biblioteca. Tiepolo era uno de los padres ilustres de Naperville: su mansión era un punto de referencia en la localidad. Era azul cielo pálido, con una pequeña placa en la fachada que explicaba su interés histórico. Por lo demás, no tenía otros rasgos destacables. En el pequeño porche frontal había un columpio de sillón, pero la casa carecía de los cristales emplomados o las vidrieras de colores que imprimen interés a algunas casas victorianas. La propia puerta principal era un tablero de madera lisa, pintada de blanco para hacer juego con el resto de los marcos.

La casa ocupaba una diminuta parcela típica del centro de la ciudad. Comprendí por qué Peter se había mudado a Oak Brook: allí se podía hacer mucha más ostentación de opulencia. Quién sabe si Dick se habría siquiera enamorado de Teri si su padre hubiese permanecido en ese lugar sin pretensiones.

«Pero si no hubiese sido Teri, habría sido otra muy parecida», me dije en voz alta mientras me acercaba a la puerta. -¿Decía algo?

Me sobresalté ligeramente al oír la voz. No había oído al hombre que se acercaba por la senda detrás de mí. Su rostro rollizo, perfectamente rasurado, parecía el prototipo del político de Chicago. No sé por qué, siempre le había imaginado con aspecto de demócrata, pero caí en la cuenta de que carecía de experiencia en cuanto a los barrios exteriores.

– ¿El señor Felitti? -sonreí de forma pretendidamente agradable.

– En carne y hueso. Y es una agradable sorpresa encontrarla a usted frente a mi puerta tras una larga y dura jornada -consultó su reloj-. ¿Lleva tiempo esperando?

– No. Me gustaría hablar con usted.

– Bien, pase, pase y dígame qué le apetece beber. Se lo prepararé en cuanto haya visto a mi madre.

No me esperaba tal exuberancia. A la vez me facilitaba y me dificultaba el trabajo.

Sostuvo la puerta para que pasara. Al parecer Naperville aún no había crecido hasta el punto de que tuviese que cerrarla con llave. Sentí una punzada de envidia, mezclada con ira, pensando en los bienaventurados que tienen la suerte de no necesitar dos o tres cerrojos de seguridad entre ellos y el resto del mundo.

Jason me acompañó por un largo vestíbulo sin muebles. Las paredes estaban empapeladas con descoloridos motivos dorados, aparentemente los mismos desde que se construyó la casa. La estancia a la que me condujo mostraba los primeros síntomas de riqueza de la familia. Era un estudio que daba al pequeño jardín de atrás, con una alfombra persa rojo vivo sobre el encerado suelo de madera, otra de seda de un dorado pálido colgada en la pared, y algo parecido a una colección de museo de pequeñas figuras esparcidas entre los libros.

– ¿Usted no será una de esas chicas modernas que sólo beben vino blanco, verdad?

La sonrisa se me heló un poco.

– No. Soy una mujer moderna, y bebo whisky puro. Black Label, si tiene.

Se echó a reír como si hubiese dicho algo verdaderamente encantador y extrajo una botella de un mueble bajo el tapiz de seda.

– Es Black Label. Ahora, sírvase lo que quiera y yo iré a ver a mi madre.

– ¿Está enferma, señor Felitti?

– Oh, tuvo un ataque hace unos años y ya no puede andar. Pero su mente sigue funcionando, ya lo creo, tan rápida como un aguijón. Aún tiene una o dos cosas que enseñarnos a Peter y a mí, desde luego. Y las damas de la parroquia tienen la amabilidad de venir a visitarla, así que no vaya a creer que está sola.

Volvió a reír y se alejó por el pasillo. Me entretuve inspeccionando distraídamente las estatuillas. Algunas de las piezas, pequeños bronces con músculos perfectamente esculpidos, tenían pinta de datar del Renacimiento. Otras eran contemporáneas, pero de una factura moderna muy delicada. Me pregunté en qué invertiría yo si tuviese millones de dólares que derrochar.

Al cabo de cinco minutos de irse Jason, tuve la idea luminosa de que quizá podría encontrar el número particular de Chamfers en ese cuarto. Había un gran escritorio cubierto de cuero con una tentadora serie de cajones. Estaba precisamente abriendo el del medio cuando regresó Jason. Fingí estar estudiando un globo en miniatura, un complejo modelo con estrellas incrustadas y unos fantásticos monstruos marinos que surgían de las profundidades.

– Pietro D'Alessandro -anunció alegremente Jason, dirigiéndose al bar-. El viejo estaba loco por cualquier cosa perteneciente al Renacimiento italiano, la prueba de que había triunfado en el Nuevo Mundo y que era un digno sucesor del antiguo. Eso suena bien, ¿no le parece?