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Asentí estúpidamente.

– Entonces, ¿por qué no lo anota? -se sirvió un martini, se lo bebió rápidamente, y volvió a servirse un segundo.

– Es pegadizo, creo que lo he memorizado -me pregunté si su eufórico humor con los extraños sería síntoma de enfermedad mental o de alcoholismo.

– Apuesto a que la buena memoria es de una gran utilidad en su tipo de trabajo. Yo, si no escribo todo por triplicado, lo olvido a los cinco minutos. Pero siéntese y dígame qué quiere saber.

Desconcertada, me senté en el gran sillón de cuero verde que me señalaba.

– Se trata de Diamond Head Motors, señor Felitti. O más específicamente, de Milton Chamfers. Llevo dos semanas intentando encontrarme con él pero se niega a hablar conmigo.

– ¿Chamfers? -sus ojos azul pálido parecieron dilatarse ligeramente-. ¿Quiere que hablemos de Chamfers? Yo creí que la cosa iba conmigo. ¿O quiere que le hable de la adquisición de la compañía? Eso no lo puedo hacer en absoluto, porque es cosa de la familia, y no discutimos públicamente nuestros asuntos. Desde luego, hicimos una emisión pública de bonos, pero de eso tendrá que hablar con los banqueros. Y no es que quiera defraudar a una chica tan guapa como usted.

Así que no estaba loco, sino que me había tomado por una periodista. Estaba a punto de desengañarle cuando soltó su última frase. Yo soy tan vanidosa como cualquiera, pero prefiero que los piropos sobre mi aspecto me los hagan en el contexto apropiado, y un poco mejor elaborados.

– Me gusta conocer cuantos más aspectos pueda de una cuestión -murmuré-. Y Diamond Head es su principal empresa comercial en lo personal, ¿no es así? Eso puede contármelo sin violar la omertà familiar, ¿verdad?

Volvió a reírse a carcajadas sonoras y divertidas. Estaba empezando a comprender por qué nadie había querido casarse con él.

– ¡Buena chica! ¿Habla italiano, o ha rebuscado eso para la ocasión?

– Mi madre era italiana; lo hablo con cierta fluidez, al menos hasta donde alcanza un vocabulario de adolescente.

– Yo nunca lo aprendí. Mi abuela nos hablaba en italiano cuando éramos chiquillos, pero cuando ella murió lo olvidamos. Desde luego, papá no se casó con una italiana, la abuela Felitti estaba fuera de sí, ya sabe cómo era la gente en aquellos tiempos, pero el resultado fue que mi madre se negó a aprender la lengua. Lo hizo para mortificar a la anciana.

Se rió de nuevo y a mí se me escapó una mueca.

– ¿Qué fue lo que le impulsó a querer comprar Diamond Head, señor Felitti?

– Oh, ya sabe cómo son esas cosas -dijo vagamente, contemplando el contenido de su vaso-. Yo quería poseer mi propio negocio, montármelo por mi cuenta, como diría su generación.

Me preparé para la alegre carcajada, pero esta vez se abstuvo. No me importaba en realidad por qué había comprado la compañía; estaba tanteando para descubrir la manera de llegar a Chamfers sin tener muchas ideas que me sirvieran de anzuelo.

– Tuvo suerte de conseguir que Paragon Steel se interesara por su compañía -observé por fin.

Estudió mi cara por encima del borde de su vaso.

– ¿Paragon Steel? Creo que es uno de nuestros clientes. Pero no hay mucha gente que sepa de ellos. Ha debido hacer bien sus deberes, jovencita.

Exhibí una amplia sonrisa.

– Me gusta tener la base suficiente para que las cosas sean interesantes cuando después hablo con un… mmm… sujeto.

Su risa sonó de nuevo, pero esta vez parecía un poco forzada.

– Admiro la meticulosidad. Pero el viejo siempre estaba diciéndome que yo carecía de ella. Así que tengo que confesar que dejo los detalles minuciosos del negocio para otra gente.

– ¿Significa eso que no quiere hablar de Paragon? -mantuve la sonrisa plasmada en mi cara.

– Eso me temo. Esperaba que esta entrevista tratase de temas personales y estoy dispuesto a hablar de ellos -hizo ostentosamente el gesto de consultar su reloj.

– Está bien. Si hemos de hablar de personas y no de dinero, ¿qué piensa del tipo que mataron junto a Diamond Head la semana pasada? No hay nada más personal que la muerte, ¿no le parece?

– ¿Qué? -tenía la cabeza inclinada hacia atrás para apurar las últimas gotas de su vaso. Le tembló la mano y la ginebra le salpicó la delantera de la camisa-. Nadie me ha dicho que alguien muriese allí. ¿De qué me está hablando?

– De Mitch Kruger, señor Felitti. ¿Le suena ese nombre?

Me clavó agresivamente la vista.

– ¿Debería sonarme?

– No sé. Usted no hace más que decirme que no participa mucho en el aspecto administrativo de aquello. Pero, en cuanto al personal, ¿no es ése su punto fuerte? ¿Les da órdenes de contratar detectives? ¿De golpear a las doctoras? ¿De tirar a los ancianos al canal? -supongo que ya estaba demasiado cansada para las sutilezas.

– Pero bueno, ¿quién es usted? -inquirió-. Usted no es de Chicago Life, está claro que no.

– ¿Qué me dice de la agresión a la doctora Herschel? ¿Lo organizó Chamfers? ¿Lo sabía usted de antemano?

– Nunca he oído hablar de esa doctora como se llame, y empiezo a convencerme de que a usted tampoco la conozco de nada. ¿Cómo se llama?

– V. I. Warshawski. ¿Le suena eso?

Se le encendió la cara.

– Yo creí que eras Maggie, la chica de la revista. Iba a venir esta tarde. Está más claro que el agua que jamás te hubiera dejado entrar si hubiera sabido quién eras.

– Es útil, señor Felitti, que usted sepa quién soy. Porque eso significa que Chamfers le ha hablado de mí. Y eso significa a su vez que usted está un poquito implicado en lo que hace su compañía. Lo único que quiero es hablar con Chamfers respecto a Mitch Kruger. Ya que usted es el director, podría facilitármelo bastante.

– Pero yo no quiero facilitarte nada. Lárgate de mi casa, antes de que llame a la policía para que te eche.

Por lo menos había dejado de reírse, lo cual era un enorme descanso. Me terminé el whisky.

– Ya me voy -dije, levantándome-. ¡Ah!, había una última pregunta. Respecto al Metropolitan Bank. ¿Qué fue lo que le ofrecieron a una anciana para impulsarla a cancelar su cuenta en el banco del barrio y trasladarla al Metropolitan? Los chicos de ese banco tienen fama de no pagar intereses por las cuentas, pero algo le habrán tenido que decir.

– Estás desvariando. No voy a llamar a la policía, voy a llamar a los loqueros de Elgin para que vengan con una camisa de fuerza. Yo no sé nada del Metropolitan y no sé para qué te has metido en mi casa a curiosear.

– Usted es uno de los directores, señor Felitti -le reproché-. Estoy segura de que su compañía de seguros preferiría creer que usted sabe a qué se dedica el banco. Ya sabe, para pedir responsabilidades a los directores y encargados.

El púrpura de su cara se hizo menos violento.

– No estás hablando con la persona adecuada. No soy lo bastante listo como para idear campañas de marketing bancario. Pregúntale a quien quieras. Pero no en mis propiedades.

No creí que pudiera progresar algo permaneciendo allí. Posé mi vaso vacío sobre el escritorio.

– Pero sí sabe quién soy -repetí-. Y eso significa que Chamfers estaba lo bastante preocupado como para llamarle. Y también significa que mis sospechas de que Mitch Kruger sabía algo respecto a Diamond Head son correctas. Al menos ahora sé dónde concentrar mis energías. Gracias por el whisky, señor Felitti.

– Yo no sé quién eres, jamás había oído tu nombre -dijo en un último intento por darme el pego-. Lo único que sé es que se suponía que eras una chica llamada Maggie, y que tu nombre no es Maggie.