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– Buena jugada, señor Felitti. Pero, ambos sabemos que está mintiendo.

Cuando me dirigía lentamente hacia el pasillo pasando por delante de él, sonó el timbre. Una mujer joven y menuda con una espesa y ensortijada melena negra esperaba en el umbral.

– ¿Es Maggie, de Chicago Life? -pregunté.

– Sí -contestó, sonriente-. ¿Está el señor Felitti? Creo que me está esperando.

– Precisamente detrás de mí -extraje una tarjeta del bolsillo lateral de mi bolso y se la tendí-. Soy detective privado. Si le dice algo interesante respecto a Diamond Head, llámeme. Y cuidado con sus carcajadas, son mortales.

Quedarse con la última palabra proporciona cierta satisfacción emocional, pero no hace avanzar una investigación. Conduje al azar por Naperville, buscando un lugar donde tomarme un refresco antes de regresar a Chicago. No vi nada que se pareciera a una cafetería. Terminé por bajarme en el parque que bordea el río. Dejé atrás grupos de mujeres con niños pequeños, adolescentes haciéndose arrumacos, y un surtido de trabajadores volviendo a sus casas, hasta que encontré un solitario puente rústico.

Asomándome por la barandilla de madera para contemplar el río Du Page, traté de interpretar mi conversación con Felitti procurando no hacerme demasiadas ilusiones. Estaba convencida de lo último que le había dicho: él sabía realmente quién era yo. Chamfers se lo había comunicado. Eso significaba que tenía que concentrarme efectivamente en Diamond Head.

En cambio, sí me creía lo que había dicho del Metropolitan. No era él la persona indicada para preguntarle sobre proyectos de marketing. Por su forma de decirlo, intuí que era con su hermano Peter con quien debería hablar: «Yo no soy lo bastante listo, pregúntale a cualquier otro». Aunque su tono no fuese especialmente amargo, era la expresión de alguien acostumbrado a que le señalen su propia estupidez. Al fin y al cabo, era a Peter a quien la familia había confiado los negocios. A Jason nunca le habían invitado a participar.

Tenía que haber investigado a Peter al mismo tiempo que a Jason. No sabía mucho de él, pero estaba dispuesta a apostar que estaba en el consejo de administración del Metropolitan.

Parada y fonda

Salí de la avenida Stevenson por Damen y me dirigí al hospital del condado. Me dolían todos los huesos de agotamiento. Salvé la distancia del coche al edificio, y luego la de los interminables corredores, por pura fuerza de voluntad. Aunque eran más de las siete, Nelle McDowell aún estaba en la sala de enfermeras.

– ¿Cuándo libras? -le pregunté.

Torció el gesto.

– Estamos tan escasos de personal aquí que podría hacer una semana de ciento sesenta horas y seguiríamos desbordados. ¿Has venido a ver a la anciana? Me alegro de que algunos de los vecinos os preocupéis y sigáis en contacto. Me he enterado de que tiene un hijo en California y ni siquiera se ha molestado en mandarle una tarjeta.

– ¿Sigue sin hablar?

McDowell sacudió la cabeza con pesar.

– Sigue llamando a ese perro, Bruce, creo. No sé hasta qué punto entiende lo que se le dice, pero hemos dado órdenes estrictas al personal de todos los turnos de que no le digan nada de eso.

– ¿Han estado por aquí Todd o Chrissie Pichea? Son la pareja que se han hecho nombrar tutores -temía que su crueldad intrínseca les impulsara a contarle la mala noticia a la señora Frizell con la esperanza de que eso acelerara su muerte.

– ¿Esa parejita pija? Vinieron anoche, bastante tarde, puede que a las diez. Yo ya me había marchado, pero la enfermera de noche, Sandra Milo, me lo contó. Al parecer buscaban desesperadamente sus documentos financieros. El título de propiedad de su casa o algo así. Supongo que pensaban que lo necesitaban como garantía para sus gastos médicos o algo así, pero fueron demasiado bruscos con ella en el estado en que está, le sacudían el hombro, querían incorporarla y obligarla a hablarles. Sandra los echó sin miramientos. Aparte de ellos no ha venido más que una vecina. No sabría decirte su nombre.

– Hellstrom -le facilité mecánicamente-. Marjorie Hellstrom.

Así que Todd y Chrissie no tenían sus documentos cruciales. Yo había supuesto que estarían enterrados en la capa jurásica del viejo escritorio, pero los Pichea podían haber registrado la casa a su antojo. Si no habían encontrado la escritura, ¿dónde podía estar?

– ¿Cuánto tiempo vais a tener aquí a la señora Frizell? -pregunté finalmente.

– En estos momentos no está en condiciones de ser trasladada. La cadera no se recupera muy aprisa. A la larga, tendrá que ir a una casa de reposo, sabes, si los tutores pueden encontrarle una que ella pueda pagar, pero para eso aún falta.

Me acompañó por el pasillo hasta el estrecho cubículo de la señora Frizell. La máscara de muerte que era el rostro de la anciana estaba más pronunciada que la vez anterior, sus mejillas tan profundamente hundidas que su cara parecía un emplasto gris plasmado sobre la calavera. Un hilillo de baba le corría desde la comisura derecha. Roncaba ruidosamente al respirar, y se agitaba sin cesar en la cama.

El estómago me dio un vuelco convulsivo. Me alegré de no haber comido nada desde mi sándwich de queso seis horas antes. Me forcé a arrodillarme junto a ella y a tomarle la mano. Sus dedos parecían un manojo de astillas quebradizas.

– ¡Señora Frizell! -la llamé en voz alta-. Soy Vic. Su vecina, Vic. Tengo un perro, ¿recuerda?

Sus agitados movimientos parecieron calmarse ligeramente. Pensé que estaría intentando concentrarse en mi voz. Repetí mi mensaje, haciendo hincapié en «perro». Al oír eso parpadeó levemente y murmuró:

– ¿Bruce?

– Sí, Bruce es un perro estupendo, señora Frizell. Conozco a Bruce.

Sus labios resecos se arquearon casi imperceptiblemente hacia arriba.

– Bruce -repitió.

Masajeé suavemente sus frágiles dedos entre los míos. Parecía una empresa imposible desplazar su atención de Bruce al tema del banco, pero lo intenté de todas formas. Odiándome por esa mentira, le sugerí que Bruce tenía que comer, y que para eso se necesitaba dinero. Pero no podía reaccionar lo suficiente como para hablar de algo tan complicado como su decisión de cambiar de banco la primavera pasada.

Terminó por decir:

– Dale de comer a Bruce -era un indicio de esperanza respecto a su estado mental, demostraba que relacionaba lo que yo le decía con las neuronas adecuadas, pero no me servía de ayuda para investigar sus finanzas. Le di unas últimas palmaditas en la mano y me levanté. Para mi sorpresa, Carol Alvarado estaba esperando detrás de mí.

Soltamos una exclamación al unísono al vernos. Le pregunté qué hacía en el servicio de ortopedia.

Sonrió levemente.

– Probablemente lo mismo que tú, Vic. Como ayudé a rescatarla me siento responsable de ella. Vengo de vez en cuando a ver cómo sigue.

– ¿Con uniforme y todo? -pregunté-. ¿Vienes derecha de la clínica de Lotty?

– En realidad, he cogido un trabajo en la unidad de traumatología -soltó una risita cohibida-. He estado todo este tiempo en la sala del sida con Guillermo, y, claro está, he charlado con las enfermeras de turno. Siempre están faltos de personal y me pareció una gran oportunidad. Cuando Guillermo vuelve a casa puedo seguir ocupándome de él durante el día.

– ¿Y cuándo duermes? -inquirí-. Parece que vas de Guatemala a Guatepeor.

– Supongo que sí, en cierta forma. Sólo paso las tardes en la clínica de Lotty durante unos días hasta que su nueva enfermera se sienta capaz de encargarse a tiempo completo. Pero… no sé. Aquí se hace un verdadero trabajo de enfermera. No es como en la mayoría de los hospitales, donde lo único que haces es rellenar papeles y hacerles a los médicos el trabajo ingrato. Aquí se trabaja con los pacientes, y puedo ver casos tan distintos. En la de Lotty son principalmente bebés y ancianas, excepto cuando vienes tú a que te remendemos. De todas formas, ahora sólo llevo dos noches, pero me entusiasma.