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Sus mejillas color tabaco se estremecieron. ¿De ira? ¿De miedo? Era imposible saberlo.

– Tengo buen corazón. Puede que no estés acostumbrada a ver gente que tenga buen corazón en esa clase de trabajo tuyo, así que cuando lo ves, no lo reconoces.

– Pero lo que sí oigo es un montón de mentiras, señora Polter, y de lo que estoy segura es de que las reconozco cuando las oigo.

Se abrió una puerta detrás del televisor y un hombre gritó con voz trémula:

– ¿Todo va bien, Lily?

– Sí, estoy bien. Pero no me vendría mal una cerveza -miró en dirección a la voz y luego hacia mí-. Es Sam. Es mi más antiguo inquilino y le gusta estar un poco al tanto. Vas a llegar tarde al velatorio de tu amigo si te entretienes aquí hablando toda la noche. Y no des portazo cuando vuelvas, tengo el sueño ligero.

Se volvió con determinación hacia el televisor, utilizando el mando a distancia para subir el volumen. Contemplé los bultos de grasa de sus hombros, intentando pensar en algo que pudiera forzarla a decir la verdad.

Antes de que se me ocurriera nada salió Sam con la cerveza, arrastrando los pies. Llevaba un pantalón de pijama y un albornoz descolorido y remendado. Su expresión era totalmente indiferente; me dirigió una breve ojeada, le alargó la cerveza a Lily, y volvió a meterse en cualquiera que fuese el antro que habitaba. La señora Polter se echó la cerveza al gaznate en un solo y largo trago, y luego arrugó la lata con la mano. Ya sé que últimamente las hacen de un material muy ligero, pero sentí que me estaba haciendo una advertencia.

Había dejado el Impala al final de la calle. Antes de subir di media vuelta y volví a la casa. La cortina de la ventana se agitó bruscamente. La señora Polter me estaba observando, pero ¿para quién?

Tal vez el hijo de Mitch hubiera llegado realmente a la ciudad. Me imaginé a alguien que hubiese llegado a la edad adulta lleno de resentimiento, sin perdonar el insulto del abandono, obsesionado por el deseo de venganza. Intentando hablar con Mitch, enfureciéndose con su entrega a la bebida. Golpeando a Mitch en la cabeza y tirándole al canal.

Giré por Damen. Si eso era cierto, ¿por qué Chamfers se negaba de esa forma a hablar conmigo? ¿Quién había golpeado a Lotty, y por qué? ¿Y quién andaba tras de mí esa mañana? Un hijo obsesionado no parecía encajar con esa descripción.

Las calles estaban casi desiertas a esa hora de la noche, aunque el tráfico seguía rugiendo en la vía rápida elevada de Stevenson. Una vez que salí de Damen tuve las calles para mí sola. La plaza Treinta y uno disponía incluso de espacio para aparcar un viejo y enorme Impala sin hacer maniobra. Lo acerqué al bordillo y saqué del maletero el cinturón con el equipo. Comprobé dos veces la linterna, me aseguré de que las ganzúas estaban bien fijas al cinturón y me coloqué una gorra de los Cubs inclinada sobre la frente para que la luz no se reflejara en mi cara.

Con el corazón a cien, me alejé del resplandor de las farolas recorriendo Damen hasta el camino cubierto de malas hierbas junto al canal. La exuberante hierba y el agua negra me erizaron el pelo con más nerviosismo del que justificaba la misión en sí -aunque el momento de entrar en acción, cuando una pasa del pensamiento al hecho, siempre me encoge el estómago.

Utilizando lo menos posible la linterna, me abrí paso a lo largo de la barrera rota que me separaba del canal. En realidad, Diamond Head estaba tan cerca de la casa de la señora Polter que podía haber ido a pie. Mitch también debió de tener eso en cuenta cuando apareció en su puerta.

Detrás de mí discurría la avenida Stevenson. Los pilares de hormigón parecían amplificar el estruendo de los camiones, cargando el aire con su rugido, cubriendo el latido de mi corazón que me golpeaba en el pecho y el ruido de las latas o las botellas que mis pies entorpecidos por los nervios pateaban. Empuñé la Smith & Wesson. No había olvidado las palabras del detective Finchley, de que esa zona estaba infestada de drogadictos.

No me topé con ningún flipado. Las únicas señales de vida aparte del tráfico de la autovía eran las ranas que espantaba en la espesa hierba y la luz ocasional de alguna barcaza que pasaba. Me deslicé por detrás de Gammidge Wire, el vecino inmediato de Diamond Head Motors, hasta el lugar en que una estrecha lengua de cemento terminaba en el canal.

Gammidge tenía una sola luz nocturna encima de su entrada trasera. Me agazapé contra su puerta cerrada por un gran candado para evitar proyectar mi sombra. El ruido de la autovía y del canal ahogarían cualquier sonido que yo hiciese en la plataforma, pero me di cuenta de que iba de puntillas, pegándome al metal ondulado de los muros de Gammidge. De repente estalló a mi derecha el bocinazo de una barcaza. Di un salto y me tambaleé. Vi a los tipos de la timonera riéndose y haciendo señas con el brazo. Si había alguien al volver la esquina, esperé que pensara que el saludo iba dirigido a él.

Ardiéndome las mejillas, continué mi sigiloso avance por el borde del canal. Al llegar al espacio abierto entre Gammidge y Diamond Head me agaché entre una espesa mata de hierba para asomarme a la esquina.

Había camiones adosados a tres de las naves de carga de Diamond Head. Tenían los motores en marcha, pero las naves estaban cerradas. No había ninguna luz encendida. Tumbada precavidamente sobre el suelo húmedo, atisbé entre las hierbas. Desde esa distancia, y con la escasa luz, no podía distinguir ninguna pierna u otro apéndice humano.

No había vuelto a ver camiones en el lugar desde mi primera visita, la semana anterior. Como no sabía nada respecto al ritmo de trabajo de Diamond Head, no podía especular si eso significaba que los pedidos eran bajos. Y no se me ocurría por qué los motores estaban encendidos, si estarían preparándose para un cargamento por la mañana, o esperando a que alguien los descargara.

Estuve tentada de encaramarme a una de las plataformas de carga esperando encontrar un medio de entrar por las naves. El pensamiento de la señora Polter me volvía precavida. Parecía bastante evidente que me estaba vigilando por cuenta de alguien. Si se trataba de Chamfers, quizá le había prometido un coche de bomberos para ella sola si le llamaba cuando yo volviese a aparecer. Podía tener al increíble Hulk con el que me había topado el viernes anterior al acecho en la parte trasera de uno de los camiones para saltarme encima. Pero el Hulk no me parecía lo bastante paciente como para quedarse apostado un tiempo indefinido. Me imaginé a uno de los jefes sentado en el camión con el Hulk, sujetándole con una correa: «¡Sentado, chico! ¡Sentado, he dicho!». La imagen no me hizo reír todo lo fuerte que hubiera querido.

Mis rodillas y mis brazos empezaban a empaparse en la hierba fangosa. Eché una ojeada al canal, no quería que alguien me sorprendiera echándoseme encima por el costado. El hormigón que bordeaba el canal dificultaría trepar por allí. Agazapándome, avancé desde la mata de hierba hasta la parte trasera de Diamond Head. Nadie disparó sobre mí ni tampoco gritó.

Las puertas de atrás, que se abrían lateralmente para dar acceso al tráfico de las barcazas, tenían un candado y unos cerrojos bastante sofisticados. No quería gastar el tiempo que me llevaría abrirlos: era un lugar demasiado expuesto para quedarme allí una hora o más. Y la autovía no era lo bastante ruidosa como para ocultarle la efracción a alguien que estuviera en el interior.

Recorrí rápidamente el espacio hasta el lateral del edificio y me asomé por la esquina. Las ventanas de la sala de montaje seguían abiertas: se veía el resplandor de sus cristales en la oscuridad. Los antepechos estaban a cosa de un metro cincuenta de mi cabeza.

Con la linterna de bolsillo comprobé el terreno de debajo. El muro lateral de la fábrica daba al oeste, del lado opuesto al canal, donde el sol podía secar el terreno y hacerlo más firme. Las altas hierbas que cubrían la zona estaban allí más finas y parduzcas. Despejé cuidadosamente un camino de aproximadamente un metro de ancho bajo la ventana más cercana, quitando las latas y botellas vacías y apilándolas al otro lado del edificio.