Выбрать главу

Cuando me pareció que tenía una zona libre de obstáculos, volví a enganchar la linterna al cinturón. Examiné la ventana, tratando de calcular la altura que tendría que saltar, para preparar los músculos de mis piernas. Era más o menos la distancia de un tiro a canasta, y la semana anterior, sin ir más lejos, había demostrado que aún podía jugar al baloncesto.

Los dedos me hormigueaban y tenía las palmas húmedas. Me las limpié en las piernas del vaquero. «Vamos», me susurré, «éste es tu lance, Vic. A la de tres».

Conté por lo bajini hasta tres y eché a correr por el camino que había despejado hasta la ventana. Cuando me faltaba poco más de un metro, salté con los brazos extendidos, impulsándome hacia arriba. Mis dedos se asieron al alféizar. Afiladas virutas de metal me cortaron las palmas. Gruñendo de dolor, busqué un asidero, y me encaramé. Aparta, Michael Jordan. Aquí viene Air Warshawski.

Movida nocturna

Encaramada en los bordes metálicos de la ventana, encendí fugazmente la linterna para asegurarme de que no iba a caer sobre un eje o cualquier otra máquina mortal. A excepción de unos radiadores junto a los muros, el suelo estaba despejado. Giré, me así al alféizar lo más firmemente que pude, extendí las piernas, y me dejé caer.

Aterricé con un golpe sordo que repercutió en mis rodillas. Frotándome las doloridas palmas, me agaché tras una de las altas mesas de trabajo, esperando hasta estar segura de que el ruido de mi llegada no había dado la alerta a nadie.

La puerta de la sala de montaje tenía un simple pestillo, que se abría desde dentro. Lo dejé abierto al salir: si necesitaba una huida rápida no quería tener que vérmelas ni siquiera con un sencillo cerrojo. No había nadie en el pasillo. Me quedé un largo rato junto a la puerta, atenta a percibir la menor respiración, el menor movimiento o vibración sobre el suelo de cemento. La fábrica se extendía a lo ancho entre donde yo estaba y los camiones. En el silencio del recinto podía oír sus motores vibrando suavemente. Aparte de eso todo estaba tranquilo.

Cinco luces colocadas a grandes intervalos producían un tenue resplandor verdoso, como si el lugar estuviese bajo el agua. La oscuridad trastornaba mi sentido de la orientación; no podía recordar cómo se iba de la sala de montaje al despacho del director de la fábrica. Cogí un pasillo equivocado. De repente los motores se oyeron muy fuerte: estaba siguiendo el corredor que conducía a la nave de carga.

Regresé bruscamente y avancé de puntillas hasta la esquina. Estaba frente a la caverna de cemento que daba directamente a las naves. Allí también la única luz procedía de dos dispositivos antiincendios verdes. No veía claramente, pero me pareció que allí no había nadie.

Aunque las naves seguían estando cerradas por unas puertas de metal ondulado, por éstas se filtraban los humos del diesel. Arrugué la nariz para reprimir un estornudo, pero estalló como una explosión sorda.

Justo en ese momento sonó otra explosión por encima de mi cabeza. El corazón me martilleó las costillas y las corvas se me doblaron. Me forcé a quedarme quieta, a no perder la presencia de ánimo precipitándome a huir por el pasillo. Al siguiente segundo me sentí como loca: el motor que accionaba una enorme grúa pórtico se había puesto en marcha, con un crujido de su mecanismo como un horno de fundición a todo vapor.

Los raíles de la grúa cruzaban el alto techo de la sala. Corrían paralelos entre una ancha plataforma de cemento construida a dos tercios de la altura total de los muros y puertas de las naves. Dos raíles perpendiculares, cada uno de ellos soportando un gigantesco brazo de grúa, conectaban éstos. Probablemente la plataforma de cemento daba a una zona de almacenamiento.

La vez anterior que había estado allí me había fijado en una escalera de hierro junto a la entrada principal que conducía a un segundo piso, probablemente la misma zona que se alcanzaba con la grúa. A mí no me parecía muy eficiente almacenar el material pesado en la segunda planta cuando el trabajo se efectuaba abajo. Pero quizá no pudiesen hacerlo de otro modo, constreñidos por el espacio: los edificios alrededor del canal estaban ya tan apiñados que no podían ampliarse a lo ancho.

Esforzando la vista bajo la pálida luz para seguir la trayectoria de la grúa, noté cierto movimiento por encima de mí. Alguien había surgido de las tinieblas del piso superior y estaba bajando por una escalera metálica incrustada en la misma pared. No miró a su alrededor, sino que se dirigió directamente a las naves y empezó a abrir las puertas.

Me empecé a sentir incómodamente expuesta e inicié un retroceso de espaldas hacia el pasillo. En el preciso momento en que me alejaba de la entrada, el hueco de carga se inundó de luz.

Nerviosa, eché un vistazo por encima del hombro. No había nadie detrás de mí. Di media vuelta y corrí por el pasillo, pegándome a la pared sur para ocultarme lo más posible a la vista.

Al llegar al pasillo principal me detuve para recuperar el aliento y volverme a orientar. Si giraba a la derecha llegaría a un cruce en forma de T; un par de giros más y habría llegado a las oficinas administrativas. O podía ir hacia la izquierda, lo que me conduciría a la entrada principal con las escaleras de hierro que llevaban al piso superior.

El problema estaba en que quería ver los dos sitios. Que estuviesen cargando camiones a media noche en una fábrica que parecía desierta era algo que merecía un examen más detenido. Si decidía ir primero a las oficinas, podían terminar lo que estuviesen haciendo con los camiones antes de que yo volviese allí. Por otro lado, si alguien me veía observando los camiones tendría que huir sin examinar los archivos de Chamfers. Tenía que elegir. Giré a la izquierda.

Los suelos eran tan espesos que no dejaban pasar mucho ruido. No oía ninguna voz de arriba, pero cada pocos minutos se oía un golpe sordo cuando alguien descargaba un objeto pesado. Me moví rápidamente, sin preocuparme de que alguien de arriba me fuese a oír. Incluso volví a estornudar sin tratar de reprimirme.

Volví a tomar precauciones ante la puerta que me separaba de la entrada principal. Metal macizo, a ras del suelo, sin ninguna cerradura por la que pudiese mirar. Su cerrojo de seguridad se cerraba desde fuera pero podía abrirse desde mi lado. Moviéndome con infinita cautela, descorrí el cerrojo… y conté hasta diez. Nadie gritó ni se me abalanzó encima.

Giré lentamente el pesado picaporte metálico, entornando la puerta sólo lo suficiente para echar un vistazo alrededor. No estaba hecha precisamente para espiar, ya que el picaporte quedaba a la altura del pecho y obstaculizaba la vista. Observé lo mejor que pude los alrededores. Al parecer no había moros en la costa. Todos los ruidos que había estado oyendo parecían proceder del piso superior.

Abrí un poco más la puerta y me colé por ella, reteniéndola con la mano para cerrarla suavemente. El pestillo se cerró con un leve chasquido. Me quedé inmóvil. Creía haber dejado abierto el cerrojo, pero al parecer se había corrido tan pronto como solté mi pulgar. Ahora estaba encerrada en la parte más recóndita con quienquiera que me estuviese esperando. Como esa entrada, muy expuesta a la vista, era el peor sitio donde manipular un cerrojo complicado, tendría que apañármelas. Lo peor que se puede hacer en esos casos es culparse a sí misma. Cometes un error, pues punto y aparte y a otra cosa, no te destroces la moral con recriminaciones.

Como la puerta se abría detrás de la escalera, no podía saber si había alguien o no en la escalera. Ahora oía voces, sólo gruñidos o gritos apagados como «¡sujétalo!» y «¡mierda!», seguidos de un golpe sordo. Abandoné mi santuario. La puerta delantera estaba entreabierta. Desde allí podía vislumbrar dos o tres coches, pero el ángulo era demasiado estrecho y la luz demasiado débil para poder distinguir si había visto alguno de ellos antes.