La puerta que había al subir la escalera, que en mi anterior visita estaba cerrada, estaba ahora abierta de par en par. Desde abajo sólo podía vislumbrar un metro o así más allá. No parecía haber nadie justo detrás. Pegándome a un lado de la escalera, subí tan silenciosamente como pude.
Subí los últimos escalones a gatas y me tumbé en el suelo para mirar dentro. Un pasillo sin luz conducía desde la puerta a una zona abierta brillantemente iluminada. Los gruñidos y golpes procedían de allí. También se oía más lejos el rechinar de las grúas. Un puñado de hombres se movían lentamente más allá de la entrada, maniobrando una gigantesca argolla.
El propio pasillo era una franja despejada de un pequeño almacén. A ambos lados se vislumbraban formas gigantescas del tamaño de una vaca. Eran probablemente viejas máquinas, pero la luz procedente de abajo proyectaba detrás de ellas sombras grotescas, no de vacas, sino de monstruos de las primitivas marismas que dieron origen a Chicago. Esa fantasía hizo que me estremeciera.
Esperé a que los cuatro pares de piernas que tenía enfrente terminaran de mover la argolla, y luego me incorporé y me deslicé hasta una sombra cercana. El bulto que tenía delante era decididamente de metal, y no de carne, y estaba cubierto de una espesa capa de polvo. Me tapé con fuerza la nariz para reprimir otro estornudo.
Mis ojos ya estaban lo suficientemente acostumbrados a la penumbra como para distinguir las principales formas, pero no los pequeños trozos de escombros que cubrían el suelo. Esa zona parecía haber sido la escombrera de Diamond Head durante años. Al moverme sigilosamente por el suelo no paraba de tropezarme con tubos, trozos de alambre y otras cosas que sólo podía adivinar. Finalmente encontré una posición desde la que podía ver una buena parte de la zona iluminada.
Veía la gran repisa construida por encima del muelle de carga. Ésta conducía a otro almacén más grande, que estaba fuera de mi vista. Al parecer había cuatro hombres manejando a mano unos elevadores para mover unas grandes bobinas hasta el borde. Eso también quedaba fuera de mi campo visual, pero supuse que la grúa las transportaba hasta el piso inferior, donde podían ser cargadas en los camiones.
Por el tamaño de una de las bobinas que pasaron frente a mí mientras observaba, no imaginé que pudieran meter más de una en cada camión. De hecho, era el tipo de carga que suele transportarse en una plataforma. No entendía cómo se proponían subirlas a los tráilers, ni cómo iban a poder asegurarlas. Tampoco sabía lo que había en ellas. ¿Qué es lo que podía ir empacado así? Algún tipo de metal enrollado.
Estiré el cuello, tratando de ver si había algo escrito en ellas. «Paragon» estaba impreso en letras tan grandes que no las advertí de inmediato. Paragon. La empresa de aceros cuyo encargado no quería hablar de Diamond Head. ¿Quizá porque sabía que la compañía de motores estaba sacando material de Paragon y vendiéndolo en el mercado negro?
Sin avisar, el estornudo que había estado reprimiendo estalló con la intensidad de una ráfaga de ametralladora. Esperaba que el ruido de la cinta transportadora ahogara el mío, pero dos de los hombres estaban al parecer justo al otro lado de la entrada. Llamaron a los otros, con voces demasiado audibles. Breve discusión: ¿habían oído algo o eran sólo imaginaciones?
Me agazapé tras un gigantesco cepillo metálico. El recurso del avestruz. Si yo no podía verlos, ellos no me verían a mí.
– ¡Qué puñetas, Gleason! ¿Quién puede haber ahí?
– Ya te he dicho que ha llamado el jefe para avisarme de que ha estado una detective fisgoneando por aquí, y que ha llegado a sus oídos que podría estar esta noche por los alrededores.
El que había hablado primero soltó una carcajada.
– Una detective. No sé quién está más loco, si Chamfers o tú. Si con eso te quedas satisfecho, podemos echar un vistazo alrededor, ¿quieres que te coja la mano? -espetó las últimas palabras con violento sarcasmo.
– Me importa un carajo. Llama al jefe y le dices que no has tenido huevos para buscar a ningún fisgón.
Me metí la mano en la chaqueta en busca de la Smith & Wesson. El rayo de una linterna, de potencia industrial, atravesó la penumbra del almacén. Unos pasos se acercaron, se alejaron, removiendo el polvo, que me cosquilleó insoportablemente la nariz. Contuve la respiración, con lágrimas en los ojos. Pude contener el estornudo, pero el movimiento me hizo bascular sobre mis talones; la mano que empuñaba la pistola arañó el costado del cepillo metálico.
El haz de luz proyectó un largo dedo sobre mí. La piel de la cara me hormigueó y se me erizó el vello de los brazos. Observé el suelo, esperando a que los pies revelaran la línea de ataque. Venían de mi izquierda. Me tiré hacia la derecha, a la zona de carga.
En un primer momento quedé deslumbrada por la potencia de la luz y no pude distinguir nada. Fuera de allí el ruido era bastante fuerte como para ahogar los gritos de los hombres a mis espaldas. Me deslicé al otro lado de la bobina de Paragon y casi choco con otros dos hombres. Estaban afirmando una segunda bobina en el borde de la plataforma y no levantaron la vista, absortos en su intento por rodearla con un calabre. Al deslizarme por la plataforma, haciéndome una composición de la situación, advertí la etiqueta de la bobina: HILO DE COBRE, CALIBRE INDUSTRIAL.
– ¡Detenedla, coño!
Los hombres que me habían descubierto se abalanzaban sobre mí. Los dos que tenía enfrente habían terminado de amarrar su carga e hicieron una señal al operador de la grúa, al otro extremo de la sala. Se volvieron lentamente, sorprendidos, incrédulos de que hubiese habido alguien realmente en el almacén.
– Eh, tú, un momento -dijo uno de ellos con calma.
Una mano asió mi chaqueta desde atrás. Lancé la pierna en un movimiento reflejo, ganando así un segundo para soltarme, y apunté la Smith & Wesson hacia los dos que tenía delante. Uno de ellos extendió un brazo mientras por detrás otro me volvía a agarrar.
– Vamos, nena, dame esa pistola y déjate de jueguecitos.
Disparé al frente y los dos hombres saltaron hacia un lado. Media vuelta y otra fuerte patada hizo retroceder al que me cogía de la chaqueta.
La argolla estaba a poco más de un metro del borde de la plataforma. Me metí la pistola en el bolsillo de la chaqueta y salté. Mis manos, húmedas de sudor, resbalaron en los cables de cuerda y acero del calabre. Hice unas tijeras con las piernas, demasiado violentas. Las piernas se me fueron para atrás, arqueando mi espalda. Me obligué a relajar la tensión; dejé que mis piernas se balancearan hacia delante, esperando que la gravedad las elevara. A la altura de la argolla, enganché una rodilla en la barra que la ensartaba.
Los muslos me temblaban. Ignoré su queja de debilidad y me enderecé, temblequeándome las manos húmedas al asir el calabre. No podía ver lo que tenía detrás, no podía saber lo que estaban haciendo mis cuatro compinches. No creía que tuvieran armas, al menos no las tendrían en la plataforma.
No podía saltar hasta abajo: el suelo estaba a diez metros de mis pies. Miré la cabria que tenía sobre mi cabeza. Si pudiese trepar por el cable de la grúa más rápido de lo que ellos pudieran enrollarlo, quizá podría encaramarme y reptar por los raíles hasta el muro. Temblaba tan violentamente ahora que no me sentía capaz de realizar ese ejercicio gimnástico.
La cabina de control estaba en el suelo, en el extremo opuesto al muelle de carga. Cuando bajara aún tendría que correr más rápido que el hombre de la cabina. Y que los dos hombres que me miraban, boquiabiertos, desde una de las naves abiertas. Ambos parecían lo bastante enormes como para ser el Hulk que me había perseguido en mi primera incursión allí.
La bobina oscilaba ligeramente por el impulso de mi salto. El operador de la grúa hacía unas muecas delirantes. Me así a la cuerda. Conforme el arco se ampliaba, las náuseas se apoderaron de mis tripas. Estábamos avanzando hacia el lateral del edificio. Era un sistema de grúas antiguo y no podía moverse a más de ocho kilómetros por hora, lo suficientemente lento como para que me hiciera una idea de su plan: iban a lanzar la carga y a aplastarme contra el muro.