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Los dos forzudos de las naves miraban hacia arriba. El sonido no llegaba hasta mí, pero por la actitud de sus cuerpos adiviné que se estaban riendo con ganas.

Al llegar al muro, el operador de la grúa empezó tentativamente a mover lateralmente la carga. Nos alejamos del muro y volvimos con más fuerza. Justo antes del golpe solté una mano de la cuerda y la tendí hacia la pared que tenía detrás. Así algo de metal y salté de la carga. Durante un terrible segundo, mi mano izquierda no asió sino el aire. Tenía manchas oscuras ante los ojos y tendí las manos a ciegas hacia la pared. Un instante después de que mis pies se afirmaran sobre una viga, la bobina de cobre chocó violentamente contra el edificio.

El golpe hizo vibrar la viga. Yo me sujetaba con la desesperación de la muerte. Los bordes de metal me penetraban en la palma de la mano. Cerré los ojos y me obligué a soltar una mano…, a cerrarla…, bajarla, bajar mi pie derecho, buscar un nuevo apoyo… Soltar mi mano izquierda, bajarla. Mis tríceps temblaban, pero mi entrenamiento con las pesas me estaba siendo útil. Mientras mantuviera los ojos cerrados y no pensara en lo que me esperaba abajo, podía mantener el ritmo de asirme y soltarme de las barras transversales de metal.

Cada veinte segundos o así la viga se sacudía al estampar el operador la bobina contra ella, siguiéndome a lo largo del raíl. Los cables tenían frenos incorporados para impedir que sus cargas se deslizaran demasiado rápido. Aun sabiendo eso, di un salto en los últimos tres metros, aterrizando como una masa y rodando lo más lejos que pude de la grúa y de los forzudos.

Saqué la pistola mientras los hombres venían por mí. Blandían gigantescas llaves inglesas, pero cuando vieron el arma retrocedieron un poco. Por el rabillo del ojo pude ver al otro hombre que bajaba por la escalerilla desde la plataforma superior. Siete hombres, ocho balas. No tendría tiempo de volver a cargar. No era posible que disparara sobre todos ellos.

Los forzudos me separaban del muelle de carga. Bruscamente uno de ellos lanzó la llave por el suelo hacia los refuerzos y desapareció fuera. El otro se abalanzó sobre mí, esgrimiendo su llave como una antorcha. Disparé, fallé, volví a tirar. Se tambaleó al llegar junto a mí. Me alejé de un salto de su temible llave y salí corriendo sin detenerme a ver si le había herido.

Estuve fuera antes de que mis perseguidores se dieran cuenta de lo que había pasado. Salté de la plataforma y salí de estampida hacia el frente del edificio y la carretera. Al volver la esquina aparecieron unos faros, cegándome.

El Hulk había ido a por uno de los coches. El motor rugió cuando pisó a fondo. Mis piernas supieron qué hacer casi antes de que mi cerebro registrara la presencia del coche. Me encontré abrazada a la base de la fábrica.

La Smith & Wesson había aterrizado a unos buenos tres metros de mí. Jadeando, empapada en sudor, empecé a reptar en su dirección mientras el coche volvía a la carga. Alcancé la pistola cuando el Hulk volvió a poner el coche en movimiento. Justo cuando empezaba a sentir la presencia del resto de los colegas a mis espaldas, vi otro par de faros que se unía al primero. No podía correr hasta detrás de los camiones: el resto de la banda me cogería como a una rata en un cepo.

Los brazos me temblaban tan fuerte que apenas podía empuñar la pistola. Esperé a los coches todo el tiempo que pude hacerlo, disparé una vez a cada parabrisas, enfundé la pistola en la sobaquera y corrí hacia el canal. Con las últimas fuerzas que pude reunir, me zambullí lejos de las pilastras en el agua fétida.

Recuerdos de un baño de medianoche

– Has tenido suerte, Warshawski, una jodida suerte. ¿Qué hubieras hecho si no hubiese aparecido esa barcaza? -Conrad Rawlings me gritaba lo más alto posible para mantenerme despierta.

– No me habría ahogado, si es eso lo que piensas. Tenía aún suficiente fuerza en los hombros para trepar por el borde.

– Te digo que has tenido una puñetera suerte -repitió-. Ese borde es de hormigón macizo. No está hecho para acrobacias.

– Por curiosidad, ¿qué estabas haciendo junto al canal a las tres de la madrugada? -ése era Terry Finchley, con tono de conversación.

Le miré entornando los ojos desde debajo del sudario protector de la manta de la policía. Cuando desde la Santa Lucía me vieron debatirme alrededor del puente de la avenida Damen, me pescaron y llamaron a la patrulla fluvial del departamento de policía. Para entonces yo estaba perdiendo el conocimiento y ya no pude ver con seguridad si mis colegas de Diamond Head estaban zapateando de frustración en la orilla opuesta.

Los tripulantes del remolcador me envolvieron en una manta y me dieron sopa caliente mientras esperábamos a la pasma. Cuando llegó la patrulla fluvial, los marineros recogieron su manta y los polis me proporcionaron una bonita manta azul y blanca. A mí me pareció como la que la policía montada utilizaba para sus acicalados caballos.

Los polis fluviales se mostraron amables, tan amables que caí bruscamente en la cuenta, a través de las nieblas de la fatiga, de que pensaban que había intentado suicidarme. Me cogieron la Smith & Wesson y siguieron intentando averiguar a quién tenían que avisar.

– A Terry Finchley, del Área Uno -musité, despertándome sobresaltada cada vez que me lo preguntaban-. Él os lo contará.

No fue sino hasta la tercera o cuarta repetición cuando advertí que lo que querían era un marido, o una hermana, alguien a quien me pudiesen entregar. Estaba exhausta, pero no había perdido el juicio. Sabía que no estaba en forma como para enfrentarme con alguien que pudiera estar esperándome, ya fuese en mi casa o en la de la señora Polter. Normalmente, en esos momentos de crisis llamo a Lotty, pero esa noche tampoco podía hacerlo. Además, estaba en casa de Max. Seguí musitando el nombre de Finchley y quedándome traspuesta.

Debían de ser cerca de las cuatro cuando uno de los hombres de la patrulla me sacudió el brazo.

– Levanta, nena. Te hemos encontrado a Terry Finchley.

– No lleva zapatos -oí decir a uno de lee patrulleros.

– Es dura -la voz de Finchley me llegaba desde una distancia de kilómetros-. Sus pies pueden soportar unas cuantas astillas sin destrozarse.

Avancé tambaleándome detrás del patrullero que me había despertado. Al llegar a la pasarela, se dio la vuelta, me levantó por encima del borde y me depositó junto al chófer de Finchley. No estoy acostumbrada a que me manejen como a un peso muerto. Añadía una dimensión de impotencia a mi fatiga.

– Llevaba esto; no sé si tiene licencia -el sargento le tendió mi pistola a Finchley.

– Hay que limpiarla -me oí decir-, limpiarla y engrasarla. Ha estado en el agua, sabes.

– Necesita un médico y un baño caliente, pero no ha querido decirnos a quién llamar -el sargento hablaba de mí como si estuviese muerta, tirada en la habitación de al lado.

Me palpé bajo la manta. Me habían dejado la funda. Pero mi cinturón con setecientos dólares de ganzúas había desaparecido. Lo único que recordaba es que me había liberado de él bajo el agua, cuando me despojé de la chaqueta y los zapatos, intentando aligerar mi peso. Mi billetera seguía en mi bolsillo trasero. Los polis podían haberla sacado y averiguado fácilmente mi dirección, pero les preocupaba sobre todo que no me fuese a volver a tirar a las aguas turbias del canal de saneamiento.

– ¿Quieres que hablemos, Warshawski? Klimczak, de la patrulla fluvial, dice que has insistido en verme a mí. Me he levantado de la cama para venir a verte, no me voy a sentir muy feliz si ahora te me cierras en banda.