El acerbo tono de voz de Finchley me hizo regresar al austero cuarto de interrogatorios del Área Uno. Con su camisa almidonada y la perfecta raya de su pantalón, no parecía recién salido de la cama. Rawlings, al que había llamado en un momento dado de la sesión, tenía más ese aspecto, con su camiseta arrugada y sus vaqueros. Tenía los ojos rojos y parecía irritado, o nervioso, o ambas cosas a la vez. Ya tenía demasiadas dificultades para permanecer despierta como para distinguir los matices de su discurso.
– Tengo miedo de pillar el cólera. Por el canal, claro. Pero no tenía otra alternativa. Me hubieran dado un repaso si no me tiro -bajo la manta, sentía mi pelo enmarañado por el agua sucia.
Finchley inclinó la cabeza como si mis palabras tuvieran un sentido evidente.
– ¿Quién? -estalló Rawlings-. ¿Quién te iba a dar un repaso? ¿Y qué coño estabas haciendo allí? Klimczak temía que fueras una suicida, pero le he dicho que no se haga ilusiones.
– Imagináoslo, chicos -mis palabras salían lentamente, desde una gran distancia. No podía conseguir hablar más rápido-. Ya sabéis lo que está pasando en Diamond Head, ¿no? Es decir, para vosotros, nada. Nada está sucediendo allí. Para mí, es allí donde han matado a un hombre. Y el jefe de la planta no quiere hablar conmigo. Y Jason Felitti, que es el dueño, me echa de su casa. Así que fui a echar un vistazo por mí misma. ¡Y voilà!
Agité la mano como un borracho de tebeo. Al parecer no podía controlar esos gestos extravagantes.
– ¿Y voilà qué? -inquirió Finchley.
Enderecé la cabeza -otra vez me estaba adormeciendo.
– Estaban cargando camiones con cobre de Paragon a medianoche.
– ¿Quieres que los arreste, Warshawski? -preguntó Rawlings.
Le miré con ojos de búho.
– Es una idea. Una idea decisiva. Primero, ¿por qué tienen ellos bobinas de cobre de Paragon? No, ésa es una pregunta fácil. Lo compraron para hacer sus chismecitos esos de motor, supongo. ¿Y por qué lo están embarcando en secreto, a oscuras? Ésa es la pregunta difícil.
– ¿Cómo sabes que lo están haciendo en secreto? Un negocio activo puede embarcar su material a cualquier hora -Finchley se cruzó de piernas y arregló la raya del pantalón.
– Lo estaban cargando en camiones cerrados. Las bobinas suelen ir en camiones de plataforma. Además, cuando me vieron espiándoles, ¿por qué no os han llamado a vosotros? ¿Por qué en lugar de eso me han perseguido hasta el canal?
La sombra de una sonrisa flotó sobre el rostro de ébano de Finchley.
– Si tú pillaras a alguien en tu despacho, dudo que tu primer gesto fuese el de llamarme, Vic. Supongo que te cabrearías y los echarías tú misma si pudieras.
No podía hurgar en mi mente en busca de argumentos convincentes.
– Les he disparado. Creo que he alcanzado a uno de los tipos. ¿Ha dado parte alguien de eso? ¿Tal vez ha pasado alguien a poner una denuncia?
Finchley enarcó las cejas al oír eso. Hizo una seña hacia el rincón y una mujer con uniforme se levantó y salió por la puerta. No la había advertido hasta entonces.
– Mary Louise Neely -dije en voz alta.
– Sí, es la agente Neely -confirmó Finchley-. Va a comprobar lo de tu hombre herido. Así que, ¿qué es lo que pasa, Warshawski? Estás empeñada en montar un caso contra Diamond Head, y quieres llevarte el gato al agua, perdona la expresión. Un viejo borracho se golpea la cabeza, se mata y cae o es arrojado al canal. Es una pena, pero eso no significa que todas las compañías de Chicago tengan que dedicarse al fraude y a la estafa sólo porque tú estás que ardes con eso.
La acritud de sus palabras devolvió algo de sangre a mis mejillas y me despejó momentáneamente la mente.
– Muy bien, Finchley. He querido llamarte esta noche porque tú… no, fue Rawlings aquí presente, pero pensé que tú estarías al tanto, llamó a la doctora Herschel para quejarse de que me estaba guardando algo. ¿Te han dado el recado?
Asintió enérgicamente con la cabeza.
– Lo que quería decirte es que alguien pasó por la pensión donde vivía el viejo y arrambló con todos sus papeles. Un tipo que pretendía ser su hijo. ¿Por qué había de hacerlo? Los papeles que lleva encima un paria no tienen valor. Y luego, cuando vuelvo a la pensión, la dueña llama al jefe de Diamond Head para decirle que he vuelto a los andurriales. Se lo oí decir a los tipos en la fábrica cuando estaba allí esta noche. Sé que una gran compañía del acero está invirtiendo pasta en ellos y veo unas bobinas de cobre que desaparecen en mitad de la noche con el nombre de esa compañía del acero estampado en un lado.
Aparté la manta de mis ojos y me volví hacia Rawlings.
– Y mientras tanto, a Eddie Mohr, el antiguo jefe de taller, le roban el coche unos matones que aporrean a Lotty Herschel de mala manera. Eso fue en tu zona, Rawlings, ¿te acuerdas? Así que, tíos, decidme vosotros qué es lo que pasa.
– ¿Cómo sabes que no era su hijo? -Rawlings pasó por alto todo el rollo de Paragon y fue directamente a lo menos importante.
– No lo sé. Pero el hijo se crió en Arizona. Hacía treinta y cinco años que no sabía nada de su viejo. Finchley, aquí presente, no trató de comunicarse con él. ¿Cómo ha sabido que tenía que aparecer ahora? Y sobre todo, ¿cómo ha encontrado la pensión de mala muerte donde Kruger fue a dar con sus huesos sólo ocho días antes?
Me callé un momento, buscando en las profundidades de mi fatigada sesera algún dato esencial. Lo pesqué en el preciso momento en que Neely volvió al cuarto y se inclinó sobre el hombro de Finchley.
Me volví hacia Rawlings.
– Identificamos a Mitch Kruger el lunes. El supuesto hijo fue a casa de la señora Polter el martes. Aunque alguien hubiese llamado al hijo a Arizona, ¿cómo pudo llegar tan rápido? A menos, por supuesto, que ya estuviese aquí, después de haber matado a su padre.
– No te sulfures, señorita W., no te sulfures -Rawlings se acercó a Finchley y a Neely para unirse al conciliábulo.
Mientras hablaban, mi súbito arranque de energía se extinguió. Volví a acurrucarme bajo la manta, estremeciéndose de fatiga la piel de mis brazos. El delgado y musculoso cuerpo de Finchley estaba inmóvil como una estatua, como uno de los Budas del Art Institute.
Había visto los Budas por primera vez cuando tenía seis años y mi madre me llevó a la ciudad a ver las obras maestras del Renacimiento italiano. Estaban colocados a la entrada de la sala principal. Sus rostros eran tan tranquilos, tan inmutablemente benignos, que me daban ganas de acariciarlos. Gabriella no podía entender mi fascinación por ellos: estábamos allí para que yo experimentara la gloria de sus ancestros, y no para extasiarme ante formas menores del arte.
El Buda creció y me hizo una seña. Me solté de la mano de Gabriella y me subí a su regazo. Una mano de piedra fría me asió mientras una voz aplacadora me musitaba grandes verdades. «Cuando despiertes lo recordarás todo, hija, todo lo importante.» No dejaba de acariciarme con su mano fría y de repetir el mantra, hasta que tomé conciencia del brazo de Rawlings que me rodeaba y su voz profunda conminándome a despertarme.
– Tienes que irte a la cama, Warshawski. Así no eres de ninguna utilidad para nadie. ¿Quieres que te acerque a casa?
– Llévame a un motel -susurré-. No quieres creer que estén tras de mí, pero esta mañana me han dado caza. Ayer por la mañana. Pregúntale a Barbara, del Belmont Diner, te dirá que es verdad.
– ¿Conoces un motel donde te dejen entrar con esta pinta? Ni siquiera llevas zapatos. Más vale que me dejes llevarte a casa, Nancy Drew. Si estás verdaderamente preocupada haré que alguien haga una ronda por tu casa cada veinte minutos.
Me sentía débil e indefensa, abandonada por el Buda. Luché contra mi impulso por desplomarme al suelo llorando.