Выбрать главу

Me sorprendí silbando algo de Mozart por lo bajini mientras me vestía. El síndrome de Scarlett O'Hara. Llega Rhett y pasa la noche contigo y de repente vuelves a cantar y a estar feliz. Me hice una mueca ante el espejo, pero esa idea no me chafó el ánimo como quizá debería haberlo hecho. Claro que en principio una detective privada debería evitar relaciones íntimas con los polis. Por otra parte, ¿dónde estaría yo si mi madre no se hubiera metido en la cama con un sargento de policía? Si era lo bastante bueno para ella, tendría que serlo también para mí.

Seguí con Mi tradi quell'alma ingrata mientras limpiaba la Smith & Wesson. La melodía es tan alegre que esa aria me suele venir a la cabeza en momentos felices, pese a su desesperada letra. Pero más tarde, mientras me limpiaba el aceite de las manos, me pregunté quién podría ser el ingrato canalla. Desde luego no Conrad Rawlings, ni el señor Contreras. Pero eso dejaba un amplio campo que incluía a Jason Felitti, a Milt Chamfers, y al bueno de mi ex marido, Dick. Al contrario de la heroína de Mozart, no me compadecía demasiado del personal de Diamond Head, pero una chispa de sentimentalismo me hizo desear que Dick no estuviera metido hasta las cejas en su mierda.

¡Qué noche la de aquel día!

Una vez la pistola limpia y yo vestida, resultó que eran más de las cuatro. Llamé a Larry, el tipo que me recompone el apartamento cuando ha sido saqueado, y le expliqué mi problema. No iba a poder hacerlo hasta el siguiente miércoles, pero me recomendó a un cristalero de urgencia que aceptó encargarse de mi ventana por la mañana.

Después de debatir el asunto, decidí llamar a una empresa de seguridad para instalar una alarma en mis puertas y ventanas. Di con su contestador y las instrucciones para que volviera a llamar el lunes por la mañana. Detesto vivir dentro de una fortaleza. Ya es bastante fastidioso cerrar todo herméticamente todas las noches -aunque un sistema de alarma podía permitirme recortar el gasto en armamento-, pero sencillamente no podía permitirme que entraran a atacarme por la ventana.

Me pasé el resto de la tarde clavando tablas en la ventana rota e instalando unos toscos refuerzos en las demás. Después me sentí intranquila, y, para mi gran consternación, abandonada. La soledad suele aportarme un sentimiento de paz, pero en ese momento me sentía prisionera. Sentí que no podría soportar pasar allí una noche con las ventanas selladas.

Podía llamar a Conrad, pero sería un error iniciar una relación en estado de dependencia. Tras unos minutos de vacilación, llamé a Lotty a casa de Max.

– Creo que he encontrado a los tipos que te atacaron -le dije bruscamente por todo saludo-, o que ellos me han encontrado a mí.

– ¿Ah? -su tono era cauteloso.

Le expliqué lo que había sucedido la noche pasada, recalcando que les había dicho a Finchley y a Rawlings todo lo que sabía respecto a Mitch Kruger y a Diamond Head.

– Pero no creo que se lo estén tomando muy en serio. Creen que haber terminado en el canal es mi merecido por haberme introducido en la fábrica.

Respiré hondo.

– Lotty, sé que estás enfadada conmigo porque te atacaron en mi lugar. No te lo reprocho. Pero… es que esta noche no soporto estar sola. Ha habido demasiadas… hay demasiada gente intentando… -para mi consternación, me encontré sofocada por las lágrimas; no podía continuar.

– ¡Vic, por favor! -la aspereza de su voz me sobrecogió-. En estos momentos no puedo ayudarte. Lo siento. Siento mucho de veras que hayas tenido una noche tan terrible. Ojalá pudiera hacer algo por ti… pero yo misma estoy demasiado hecha polvo como para ser capaz de ayudarte.

– Yo… Lotty… -pero ella ya le había pasado el teléfono a Max.

Se puso al habla con una amabilidad inesperada, disculpándose incluso por su rudeza la noche en que Lotty había sido agredida.

– Las dos pensáis que la otra es invencible, y al daros cuenta de que no es así ambas sufrís -añadió-. Lotty… bueno, ahora mismo no se encuentra muy bien. No está enfadada contigo, pero necesita sentirse enfadada para mantener una apariencia de funcionamiento. ¿Puedes entender eso? Dale algo de perspectiva, algo de tiempo.

– Supongo que es lo que tendré que hacer -dije amargamente.

Después de colgar me quedé inmóvil en medio de la habitación sujetándome la cabeza con las manos, tratando de impedir que su hirviente contenido se me derramara por las sienes. No podía quedarme en ese apartamento ni un minuto más, eso estaba claro. Embutiendo algo de ropa al azar en una bolsa para la noche, junto con un cargador adicional, me lancé escaleras abajo. Cogería el tren aéreo hasta O'Hare y me subiría al primer avión donde hubiese una plaza libre.

Pensé en salir sin que se enterara el señor Contreras, pero decidí que eso no sería justo con el viejo. No tenía que haberme preocupado por eso: tenía la puerta abierta de par en par antes de que llegara a su descansillo.

Me examinó con los brazos en jarras.

– Así que has cogido y te has tirado al canal, ¿eh? Después de hacerme creer que ibas a quedarte quieta unos días. No soportaré muchas más noches como la pasada, eso tenlo por seguro. No creas que me voy a disculpar por haberle hecho quedarse a ese sargento Rawlings, porque no pienso hacerlo. Si no puedes compartir tus planes con nadie, lo menos que puedo hacer es conseguir que los polis cuiden de ti.

– Gracias, aprecio su preocupación. Aunque he dormido hasta el mediodía sin saber que había un poli en mi sofá. Estoy segura de que esa percepción subliminal es lo que me ha permitido descansar.

Gruñó con exasperación.

– Vamos, no me vengas con tu pedante jerga. Sé que no lo haces más que cuando estás cabreada, pero a mí no me la das. Yo soy el único que se entera de pronto, a las cinco de la madrugada, de que has estado a punto de matarte. Una vez más.

– ¡Por favor! -grité con más rudeza de la que quería-. Ahora no puedo soportar que me sigan hostigando.

Empezó a perorar, que tendría que aprender a soportarlo hasta que fuera capaz de tener en cuenta cómo se sentía él, o al menos de preocuparme… pero mi angustia debía estar escrita claramente en mi cara. Al cabo de un minuto se interrumpió y me preguntó cuál era el problema.

Traté de reunir fuerzas para sonreír.

– Dura noche la pasada, y demasiada gente acosándome ahora mismo.

– Sería más fácil para mí no ser uno de ésos si supiera en lo que andas.

Cerré un instante los ojos, como si con eso pudiera hacer desaparecer el mundo. Pero cuanto antes empezara con mi relato, antes acabaría.

– Me colé en Diamond Head. Para eso tuve que dar un salto acrobático hasta una ventana a tres buenos metros del suelo. Luego me colgué de una bobina de cobre suspendida de una grúa, me descolgué por los cables de suspensión para no ser aplastada contra la pared, y me tiré al canal para no ser atropellada por un coche. Ya sé que es usted un gran tipo, estoy segura de que es estupendo conmigo, pero si le hubiera contado mis planes se habría empeñado en venir conmigo. Y sencillamente, no está a la altura de la acción. Lo siento, pero es así.

Sus ojos se humedecieron inesperadamente. Giró la cabeza para que no le viera enjugarse las lágrimas. Estupendo. Ahora todo el mundo estaba llorando al unísono. Incluida yo.

– Ay, no entiendes, pequeña. Me preocupo por ti, bah, qué carajos, sabes que te quiero. Ya sé que tengo a Ruthie y a mis nietos, pero ellos no son parte de mi vida diaria como tú -hablaba girando la cabeza hacia otro lado; tenía que esforzarme por oír lo que decía.

– Yo crecí en tiempos distintos a los tuyos. Sé que a ti te gusta cuidarte sola, pero me duele saber que no puedo cuidarte, que no puedo ir colándome por las ventanas contigo. Hace veinte años… ¡bah!, pero de qué sirve quejarse. Algún día también te llegará a ti, y entonces sabrás lo que quiero decir. Bueno, te llegará si no dejas que alguien acabe antes contigo.