No me parecía probable que Mitch hubiese dado con alguna prueba escrita de un robo relacionado con el cobre. Aunque quién sabe -quizá estuvo rebuscando en sus desechos algún documento que le sirviera de material para un chantaje-. Eso parecía más faena de la que yo le imaginaba capaz, pero sólo había visto al tipo un par de veces.
– Bueno, supongamos que le llamara el viernes -la señora Polter interrumpió mi pensamiento-, no que lo haya hecho, sólo supongamos. ¿Y qué?
– Llevo dos semanas intentando hablar de Mitch Kruger con el chico y él no quiere verme. Fui a la fábrica el viernes por la noche, esperando encontrar algo que le decidiera a hablar conmigo. Tenía a seis tíos esperándome. Peleamos, pero eran demasiados para mí, cuando intentaron atropellarme me tiré al canal.
No me pareció necesario contarle a la señora Polter lo de las bobinas de cobre. Al fin y al cabo, si se ponía a chantajear a Chamfers con lo del robo organizado, el suyo podría ser el siguiente cuerpo que bajara flotando por el río Stickney.
– Seis tipos contra ti, ¿eh? ¿Llevabas tu pistola?
Sonreí para mis adentros. Estaba empeñada en que le diera la versión en tecnicolor. Le hice una descripción gráfica, incluido el estornudo que me delató. E incluyendo los comentarios de que «el jefe» les había avisado de que yo iba a dejarme caer por allí. Me callé la parte de los camiones y el cobre, dejándola creer que habían puesto la grúa en marcha cuando yo me encaramé a ella.
Respiró ruidosamente.
– ¿De verdad te descolgaste por el pórtico de la grúa esa? Me hubiera gustado que hubiese allí alguien con una cámara. Desde luego, yo también fui joven. Pero no creo que pudiese nunca saltar de una plataforma a una grúa. Por culpa de mi cabeza, le temo a las alturas.
Meditó en silencio durante unos minutos.
– Está claro que ese tipo se ha quedado conmigo diciéndome que era el hijo de Mitch Kruger. Me lo tenía que haber figurado cuando me ofreció tanta pasta… -me miró, insegura, pero se relajó al ver que no le echaba la bronca-. Es mi única debilidad -dijo con dignidad-. Nos criamos con demasiada miseria. Solíamos llevar bocatas de tocino a la escuela. Los días buenos eran cuando teníamos dos mendrugos de pan para ponerlo entremedias. Pero soy buena para calar a los hombres, y debí habérmelo figurado, era demasiado listo, tenía mi número.
Reflexionó un rato más, y luego, de súbito, se levantó de la silla.
– Quédate aquí. Vuelvo enseguida.
Me levanté. Tenía las rodillas doloridas de estar tanto tiempo arrodillada en el linóleo. Mientras cuchicheaba en un conciliábulo con Sam en el vestíbulo, me senté en su banqueta e hice levantamientos de piernas. Me dio tiempo a hacer cincuenta con cada pierna antes de que volviera.
– Cogí esto del cuarto de Mitch cuando vino su hijo o quien fuera. Más vale que conozcas también mi lado malo. Vi que estaba deseando echarle la zarpa a los papeles del viejo, y pensé que a lo mejor tenían algún valor. Pero los he leído un millón de veces y por mi vida que no se me ocurre en qué pueden ser tan importantes para que él quisiera cargar con ellos por todo el South Side. Puedes quedártelos -me lanzó a las manos un paquete envuelto en papel de periódico.
Un pollo para el señor Contreras
Eran casi las ocho y media cuando doblé desde la avenida Kennedy por Belmont. La señora Polter había querido compartir una cerveza o dos antes de que me fuera, como prueba de que no le guardaba rencor por lo de mi chapuzón en el canal. Aunque no soy muy aficionada a la cerveza, me pareció de buena política alentar ese sentimiento más amable que tenía hacia mí.
Sam había sacado un paquete de seis cervezas y dos vasos y se había quedado con cierta inquietud junto a la puerta para asegurarse de que no la fuese a atacar. Para cuando quise zafarme del florido flujo de sus recuerdos, ya me estaba dando palmadas en el muslo y diciéndome que no era tan engreída como parecía al principio.
Me detuve en una cabina de teléfonos junto a Ashland para llamar al señor Contreras, en parte para que supiera que seguía viva, pese a mi tardanza. También quería asegurarme de que el edificio no estuviese vigilado. Con el alivio de saber de mí se puso locuaz; le interrumpí con la promesa de contarle todo durante la cena.
Supuse que no era necesario ocultar el Impala. A esas alturas cualquiera que quisiera saber dónde andaba ya debía de tener una idea bastante clara de cada paso que daba. Desde luego, no estaba convencida de que la señora Polter no hubiese llamado a Milt Chamfers en cuanto salí de su casa. Esperé frente a mi casa unos minutos, vigilando la calle por si descubría a alguien que pareciese fuera de lugar.
El señor Contreras salió a recibirme en la entrada. Insistió en cogerme la maleta y en subirla. Le di a elegir entre vino y whisky, pero había traído una botella de su propia grappa. Se instaló ante la mesa de la cocina con un vaso mientras yo me ponía zapatos secos y un par de vaqueros limpios.
No había mirado el paquete de periódico de la señora Polter, sólo me lo había embutido en la cintura del pantalón cuando me lo dio. No quería mostrar demasiada impaciencia delante de ella. Además, tenía miedo de desenvolverlo, temía que ese fajo de papeles significara tan poco para mí como para ella. Había dejado el bulto sobre mi cómoda mientras me cambiaba, pero sin dejar de mirarlo. Al volver a la cocina tomé aliento y me lo llevé allí.
Lo dejé como si tal cosa frente al señor Contreras.
– Éstos son papeles personales de Mitch. La señora Polter los había mangado de su cuarto después de su muerte, pero ha decidido devolvérmelos. ¿Quiere ver si hay algo interesante en ellos mientras empiezo a hacer la cena?
Me activé con una sartén y aceite de oliva, picando champiñones y olivas como si el pequeño bulto no tuviera interés para mí. A mis espaldas oí el crujido del periódico al desenvolverlo el señor Contreras, y luego su laboriosa extracción del contenido. Rebocé el pollo en harina y lo eché a la sartén. El sonido de la fritura ahogó el ruido del papel.
Finalmente, después de flambear el pollo con un poco de brandy y de cubrir la sartén, de lavarme las manos con la meticulosidad de un cirujano, y de servirme un largo trago de whisky para neutralizar la aguada cerveza que me estaba haciendo eructar, me senté junto al señor Contreras.
Me miró dubitativamente.
– Espero de verdad que no sea por esto por lo que casi te matan, pequeña. Esto parece un gran montón de nada. Claro, significaba algo para Mitch, y algunas cosas tienen un valor sentimental, su carnet del sindicato y esos rollos, pero el resto… no es gran cosa, y no vale una mier… bueno, sea lo que sea, velo tú misma.
Sentí que se me encogía el diafragma. Había esperado demasiado. Cogí el fajo de documentos, pringosos por el intenso manipuleo que habían sufrido últimamente, y los revisé uno por uno.
El carnet del sindicato de Mitch. Su tarjeta de la Seguridad Social. Un formulario para enviar a los federales indicando su cambio de domicilio, para poder seguir cobrando la Seguridad Social. Otro para el sindicato. La noticia del Sun-Times sobre el cambio de dueño de Diamond Head, tan arrugada que era apenas legible. Una foto de periódico de un hombre de pelo blanco, con una sonrisa que enseñaba sus últimas muelas, estrechando la mano de un próspero cincuentón. El pie de la foto había sido tan toqueteado que también era ilegible. Cogiéndolo por una esquina, se lo enseñé al señor Contreras.
– ¿Tiene alguna idea de quiénes pueden ser estos tíos pijos?
– Oh, el tío de la izquierda es el antiguo presidente de nuestro sindicato, Eddie Mohr.
– ¿Eddie Mohr? -un cosquilleo me recorrió la nuca-. ¿El hombre cuyo coche utilizaron para atacar a Lotty?