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Disputa posmatrimonial

Mis sueños se vieron atormentados por imágenes de mi madre. Aparecía en el gimnasio donde yo estaba jugando al baloncesto. Yo soltaba la pelota y salía corriendo de la cancha hacia ella, pero justo cuando le tendía una mano, me volvía la espalda y se alejaba. Me sentí llorar en sueños mientras la seguía por Halsted, suplicándole que se volviera y me mirara. Detrás de mí, el Buda decía con el fuerte acento de Gabriella: «Ahora estás sola, Victoria».

Cuando el reloj sonó a las seis, agradecí el alivio que supuso después de la trampa de los sueños. Tenía los ojos pegados por las lágrimas que había derramado durante la noche. Sentía tal autocompasión que solté otro hipido lloroso mientras me cepillaba los dientes.

– Pero ¿qué te pasa? -me burlé del rostro del espejo-. ¿Te sientes despojada porque has perdido el amor de Dick Yarborough?

Abrí el agua fría de la ducha y metí la cabeza debajo. La impresión me limpió las pestañas y me despejó la cabeza. Hice una tabla completa de gimnasia en el salón, incluyendo una serie completa de ejercicios de pesas. Cuando terminé me temblaban los brazos y las piernas, pero me sentí purgada de mi pesadilla.

Me vestí con un esmero que me hizo sentir un poco disgustada conmigo misma, con un corpiño color oro viejo y un traje pantalón antracita. No creía que me apeteciera impactar a Dick, al menos no en un sentido sexual. Sólo quería aparentar soltura y prosperidad. Unos grandes pendientes y un llamativo collar me añadían un toque moderno. La chaqueta era lo suficientemente amplia como para ocultar mi funda sobaquera.

Habían pasado casi cuatro días desde mi baño forzoso. Estaba empezando a ponerme nerviosa que mis amiguitos me dejaran tanto tiempo en paz. Ni llamadas de amenazas, ni bombas incendiarias por la ventana. No era sólo debido al ojo vigilante de los muchachos de Conrad. No podía evitar pensar que se estaban reservando para alguna sorpresa gorda, de cuidado.

Escudriñé detenidamente la calle desde la ventana de mi salón antes de salir. Era difícil saber desde ese ángulo si alguien me estaba acechando fuera desde los coches de enfrente, pero el Subaru que me había seguido la semana anterior no estaba. Nadie disparó sobre mí cuando salí. Siempre era un buen comienzo para la jornada.

Di un largo rodeo hasta el Belmont Diner, observando la regla número uno para los posibles blancos de los terroristas: variar la ruta. Aunque pasaban unos minutos de las siete cuando llegué al restaurante, Dick todavía no había llegado. Con mi ansiedad por recordar las reglas contra el terrorismo, había olvidado una imprescindible para estar en posición de fuerza: hacer esperar a la otra persona.

Barbara y Helen me saludaron con entusiasmo. Había mucho trabajo, pero consiguieron contarme los detalles de lo que había pasado con mi perseguidor después de marcharme, el viernes anterior.

– Querida, tenías que haber estado aquí -gritó Barbara por encima del hombro, mientras depositaba una pequeña pila de tostadas y unos huevos fritos en la mesa de detrás de mí-. Esta Helen casi desnuda al pobre tipo, lloriqueándole sobre la pernera del pantalón y haciéndose la compungida por lo del té. Y luego… bueno, ahora te cuento… ¿Quieres lo de siempre, Jack? Y tú, Chuck, ¿dos vuelta y vuelta, cielo? ¿Y unas patatas al horno? -volvió a toda prisa a la cocina.

Helen, que había estado descargando una brazada de comida en una esquina, voceó desde allí:

– La guinda la puso Moira. Salió de la cocina para ver qué era todo ese jaleo y dejó caer un bote de grasa caliente por el pasillo. El refuerzo del pobre tipo había entrado a toda pastilla. Cuando el otro le gritó que te habías esfumado por atrás, el segundo se cayó patas arriba en la grasa -rugía de risa.

Barbara apareció con una jarra de café recién hecho y me sirvió una taza.

– Fue increíble, Vic. Santo cielo, me hubiera gustado tener mi cámara. Tardaron como una hora en salir de aquí, y durante todo ese tiempo nosotras lloriqueando como si fuéramos el Trío de la Risa y no pudiéramos parar… ¿Qué vas a tomar hoy, cielo?

– Estoy esperando a alguien para pedir. Sois estupendas. Me hubiera gustado quedarme para el espectáculo. Si tuviera una fortuna, la repartiría entre todas vosotras.

La mayoría de los parroquianos a esa hora eran clientes habituales, gente del barrio que llevaba años parando allí antes de ir al trabajo. Era evidente que ya habían oído la historia, y no dejaban de interrumpir con sus propios adornos. Al oír mi comentario un par de ellos rechifló.

– Es fácil prometer cuando sabes que morirás en la ruina, Vic.

– Deberías dejarlo y pasarle tu negocio a estas chicas, ellas son las verdaderas profesionales.

El barullo se extinguió de repente. Miré por encima de mi hombro y vi entrar a Dick. Su veraniego traje de estambre gris perla tenía el lustre de la riqueza. El leve desdén con que miró las mesas de formica descascarilladas provocó una pequeña ola de resentimiento. Los hombres en mono de trabajo y raídas chaquetas se ensimismaron en su comida. Cuando Dick me vio y amagó un saludo con la mano, un leve murmullo recorrió a los parroquianos.

– ¿Quién es ese portento? -susurró Barbara, volviéndome a llenar la taza de café-. Si lo pescas, ya tienes esa fortuna de inmediato. Y no creas que me voy a olvidar de tus zalamerías.

Cuando Dick se sentó, agitó su trapo delante de él.

– ¿No te importa que se siente contigo, Vic?

Me sentí un poco azorada, no le había pedido a Dick que viniese allí para que lo insultaran abiertamente.

– Está conmigo, Barbara. Dick Yarborough, Barbara Flannery. Dick estuvo casado conmigo, pero eso fue en otra galaxia.

Barbara ahuecó la boca para proferir un avispado «¡Oh!» que indicaba su entendimiento de que teníamos asuntos confidenciales.

– ¿Quieres la carta, Dick?

Dick enarcó glacialmente las cejas. En el Enterprise Club los camareros le decían «señor Yarborough» con deferencia.

– ¿Tienen fruta fresca?

Barbara revolvió los ojos, pero no soltó su réplica favorita.

– Melón chino, melón francés y fresas.

– Fresas. Con yogur. Y granola. Leche desnatada con la granola.

– Fruta, nueces y copos, desnatada -musitó Barbara-. ¿Y para ti, Vic?

La ostentación dietética de Dick me hizo sentir tan perversa como casi todo lo que él hacía.

– Carne picada y un huevo escalfado. Y patatas fritas.

Barbara me guiñó un ojo y se alejó.

– ¿Has oído hablar alguna vez del colesterol, Vic? -Dick inspeccionó su vaso de plástico para el agua como si fuera una forma de vida desconocida.

– ¿Qué era eso de lo que querías hablarme con tanta urgencia? Sabes, ya has visto plástico antes, es lo que solíamos utilizar para beber cuando vivíamos juntos, allá en Ellis.

Tuvo el tacto de sentirse un poco avergonzado. Bebió algo de agua, jugueteó con sus gemelos, y miró a su alrededor.

– Probablemente es bueno para mí venir de vez en cuando a un sitio de éstos.

– Sí. Algo así como ir al zoo. Puedes sentirte superior a las criaturas enjauladas, aunque te den pena.

Barbara llegó con su comida antes que pudiese replicarme algo realmente astuto. Escarbó precavidamente en las fresas, apartó cuatro o cinco que al parecer no cumplían sus normas, y vertió algo de yogur sobre el resto. Era por los tipos como él que se habían mudado a ese barrio por lo que el Diner había empezado a servir cosas como yogur y granola. Cuatro años atrás, cuando yo estaba recién llegada, no se conseguía una comida tan sofisticada.

– Bueno, ¿de qué querías hablar, Dick? Sé que tu tiempo vale mucho.

Engulló una cucharada de fresas.

– Fuiste a ver a Jason Felitti el viernes.

– Gracias por compartir esa información conmigo.

Frunció el ceño, pero siguió adelante.

– Me gustaría saber por qué creíste que debías molestarlo.

Barbara me trajo mi pedido. Partí el huevo y revolví la yema con la carne. Las patatas estaban doradas y crujientes; comí unas pocas y luego volví a la carne. Me pareció que Dick ojeaba las patatas con cierta envidia.