– Sé que estás en la junta de Diamond Head, Dick. Tengo la corazonada de que tú llevaste el tema legal cuando Jason compró la compañía. Al fin y al cabo, es el hermano de tu suegro, y hasta en Oak Brook me imagino que las familias forman una piña -mientras hablaba estudiaba su cara, pero él ya había estado metido en demasiadas apuestas de mucha monta como para demostrar la menor sorpresa por lo que yo sabía.
Resumí la historia de Mitch Kruger y la negativa de Milt Chamfers a hablar conmigo.
– Por eso esperaba simplemente persuadir a Jason de que convenciera a Chamfers para que hablase conmigo. ¿Se te ha quejado tu querido suegro?
Dick exhibió una sonrisita forzada.
– Vic, lo creas o no, pese a todas las rabietas que te marcas cada vez que me ves, no te deseo ningún mal. Incluso te deseo el bien, con tal de que no empieces a desbaratar mi familia o mi vida profesional -bebió un poco de café e hizo una mueca-. Pero Peter Felitti está relacionado con alguna gente muy poderosa de esta ciudad. Le molesta que hayas estado acosando a Jason. Incluso tengo entendido que intentaste penetrar en la fábrica la otra noche. Peter podría presionar a la policía para que no te quiten ojo cada vez que intentes llevar una investigación. Podría incluso conseguir que perdieras tu licencia. Te estoy hablando como un amigo. Lo creas o no, lamentaría mucho verte sufrir ese tipo de contratiempos.
– Desde luego, si de verdad te preocuparas por mi bienestar, podrías convencer a Peter de que no hiciera todos esos chanchullos, al fin y al cabo, es tu suegro -terminé la carne, saboreando la suculenta yema de huevo-. Pero tengo algunas preocupaciones respecto a ti, Dick. Algo feo se está cociendo en Diamond Head. Algo que compromete a Paragon Steel y a alguno de los mecánicos retirados, y quién sabe a quién más -sacudí la mano para indicar el amplio repertorio de cosas feas que se me ocurrían-. No me gustaría verte ante la Comisión de Seguridad o ante el comité disciplinario de la abogacía, o lo que sea, por haber suscrito actividades no éticas. Quizá coaccionar a la gente para que dé dinero a tus obras benéficas favoritas a cambio de algún favor legal especial.
Repetidas veces desde que salí de mi despacho la última noche había estado pensando en Eddie Mohr y en Chicago Settlement. Se me ocurrió que los Felitti podían haber inducido a la firma de Dick a sonsacar contribuciones a cambio de acciones legales de alto precio. No es que pareciese una idea muy consistente, pero observé el rostro de Dick con la esperanza de ver si me estaba acercando a algo.
Volvió a meter la cuchara en la granola y me dedicó una implacable sonrisita.
– Ésas son acusaciones muy serias, Vic. Ya veo por qué no has querido que nos viésemos en mi oficina. Te sería difícil retractarte de esas afirmaciones si tuviese un testigo.
– Habrás estado practicando las leyes en un sitio muy extraño, si necesitas testigos para una conversación así. Por cierto, te habrás dado cuenta de que no te he preguntado cómo es que sabes que estuve en Diamond Head la semana pasada. Será que te lo ha dicho tu querido suegro Peter. Ya sé que el administrador trabaja de concierto con los rufianes que están utilizando la fábrica para almacenar mercancías robadas. Lo cual quiere decir que Peter también está al tanto de ese rollo.
Dick palideció de rabia, hasta el punto que sus ojos destellaban como zafiros por contraste.
– Hay leyes contra la difamación en este país, y están pensadas específicamente para pararles los pies a la gente como tú que echa basura de esa forma. ¿Un escondite para mercancías robadas? No puedes darme ni un ápice de prueba de lo que dices. Estás dando palos de ciego porque la otra noche te pillaron con los pantalones bajados.
– Dick, vi a seis hombres cargando camiones con bobinas de cobre de Paragon en mitad de la noche.
Soltó un bufido.
– Y, claro, tiene que tratarse de un robo.
– Intentaron matarme.
– Te pillarían forzando la puerta.
Ahora sí que estaba dando palos de ciego.
– Chamfers les había dicho quién era. Estaban sobre aviso, y me estaban esperando. Además, consiguen muchas más toneladas de cobre de Paragon de las que utilizan en la producción. ¿Qué crees que van a hacer con él cuando cierren la fábrica? ¿Mandarlo al Ejército de Salvación?
– Si, e insisto en el si, algunos empleados estuviesen robándole a la compañía, ¿crees que Peter lo iba a consentir? -sonrió compasivamente-. Pese a todas tus bravatas, no puedo evitar pensar que estás un poquito celosa de Teri. A veces te parecerá que lleva muy buena vida. Estás queriendo perjudicarla a través de su padre.
– ¿Yo? ¿Celosa de Teri? ¿Celosa de alguien que tiene que ir a Neiman-Marcus sólo por tener algo en que emplear su tiempo? -mi voz subió hasta un tono de falsete-. ¡Por Dios, Dick! Domínate un poco. ¿Qué crees que he estado haciendo en la última década? ¿Esperar a que nuestros caminos se cruzaran por casualidad para poder atormentar a tu mujer?
Enrojeció y frunció el ceño.
– Sea como sea, te advierto por tu propio bien que te apartes de Diamond Head. Y, desde luego, que dejes de lanzar acusaciones calumniosas como la de robo. Palabras como ésas te van a pesar si la cosa llega a una confrontación mayor. Peter se enfureció muchísimo cuando supo que eras tú la que había caído al canal. De hecho, fue muy embarazoso para él, dada tu relación conmigo. Gracias a Dios, pudo convencer a la prensa de que no sacara nada al respecto…
– Tú no eres tan estúpido, Dick -le corté, lanzando chispas por los ojos-. Usa tu puñetera sesera. Te acabo de decir que puedo relacionar a los gorilas de Diamond Head con el director de la fábrica. Y tú acabas de hacer la relación entre Peter Felitti, el director de la fábrica y los gorilas. ¿De qué lado quieres estar cuando todo esto salga a la luz? Ni siquiera Peter Felitti podrá encubrirlo indefinidamente. Además, conozco a un tipo del Herald-Star que está deseando echarse un párrafo sobre lo que yo estaba haciendo en Diamond Head el viernes por la noche.
Dick arqueó el labio.
– ¡Oh, sí! Tú y los chicos sabéis. Estar divorciada ha debido de ser un logro para tu estilo de vida feminista, ¿verdad?
Mi mano se extendió por reflejo: le derramé el café en la pechera de su camisa de rayas antracita. Barbara estaba por allí cerca por si necesitaba protección. Saqué de mi monedero un billete de veinte dólares y se lo metí en el bolsillo del delantal.
– Quizá tú y Marge podríais representar otra vez vuestro papel de buenas samaritanas para este portento. El chico no puede acudir a todas sus importantísimas reuniones con la camisa llena de café -estaba en pie, jadeando.
– Te arrepentirás de esto, Vic. Te arrepentirás de lo lindo de haber tenido esta conversación conmigo -Dick estaba blanco de humillación y de rabia.
– Tú convocaste la reunión, Richard. De todas formas, mándame la nota de la lavandería -las piernas me temblaban cuando salí del restaurante.
Reaparición
Encontré un banco en una parada de autobús al otro lado de la calle y me senté allí, aspirando grandes bocanadas de aire. Aún estaba temblando de furor, golpeándome el muslo con el puño cerrado. La gente que esperaba el autobús se apartó de mí: otra loca suelta.
Cuando advertí la impresión que estaba causando públicamente, procuré controlarme. Al desactivarse mi rabia, me quedé exhausta. Vi con indiferencia salir a Dick del restaurante, desconectar la alarma de su Mercedes descapotable, y enfilar la calle con un gran rugido de su tubo de escape. Ni siquiera tenía fuerzas para desear que le parara un municipal. Al menos, no las suficientes para desearlo ardientemente.