Al cabo de un rato volví a cruzar la calle y regresé al restaurante. El local se había vaciado; las camareras estaban agrupadas ante una mesa, tomando café y fumando.
Barbara se levantó de un salto al verme.
– ¿Estás bien, cielo?
– Ajá. Sólo necesito lavarme la cara y recomponerme. Siento haberos impuesto un numerito de parvulario.
Sonrió con picardía.
– Oh, no sé, Vic. Nos has traído más acción en cinco días de la que solemos presenciar en todo el año. Eso le da vida al local y nos permite tener algo de qué hablar aparte de nuestros dolores de espalda.
Le di unas palmaditas en el hombro y me acerqué al minúsculo aseo del fondo, por el pasillo donde Marge había derramado la grasa el miércoles. Ése era otro favor que les había hecho: el pasillo estaba más limpio de lo que nunca lo había visto.
Estuve lavándome la cara con agua fría durante varios minutos. Eso no podía reemplazar una siesta, pero tendría que servirme por ese día. Me pinté los labios bajo la parpadeante luz de neón. Su pálido resplandor enfatizaba los rasgos de mi cara, destacando en ellos profundos surcos. Era un anticipo del aspecto que podría tener al envejecer. Le hice una mueca a mi reflejo, subrayando así sus líneas grotescas.
– Y yo que creía que te habías vestido para triunfar, chica -le espeté a mi imagen.
Recordé súbitamente que había quedado para la instalación del sistema de alarma esa mañana. Utilicé el teléfono público del restaurante para llamar al señor Contreras; él estaría en casa toda la mañana y estaría encantado de abrirles a los obreros. Pero parecía deprimido.
– ¿Seguro que no le importa? Iré a casa y los esperaré si para usted es un fastidio.
– Oh no, pequeña, nada de eso -me aseguró vivamente-. Supongo que lo que me fastidia es ir a ver a Eddie.
– Ya veo -me froté los ojos-. No se lo voy a imponer. Puede quedarse en casa si la idea le desagrada tanto.
– Pero ¿tú vas a ir de todas formas?
– Ajá. Necesito verdaderamente hablar con él.
No dijo nada más, excepto que estaría pendiente de los obreros, y colgó.
Barbara me trajo una taza de café reciente para que me la llevara.
– Beber algo caliente te calmará, cielo.
Me lo bebí mientras caminaba por Belmont. Tomármelo lentamente me hizo en efecto sentirme más yo misma. Cuando llegué al banco de Lake View, en la esquina de Belmont y Sheffield, me sentía al menos capaz de entablar una conversación.
En su achaparrado edificio de piedra con rejas de hierro en las ventanas, el banco parecía aletargado y ajeno a las tribulaciones financieras de sus grandes hermanos del centro. Las ventanas enrejadas no dejaban penetrar mucha luz; el vestíbulo era un espacio sombrío y mohoso que probablemente no había sido fregado desde que abrió, en 1923. Pero el banco se tomaba en serio sus compromisos con el barrio, invirtiendo en la comunidad y sirviendo a sus clientes con dedicación. Había renunciado a los proyectos de altos vuelos que habían arruinado a muchas instituciones pequeñas en los ochenta; hasta donde yo sabía, su situación financiera era buena.
Gran parte de las operaciones bancarias se llevaban a cabo en una sala de alto techo más allá del vestíbulo. Los tres encargados de préstamos estaban sentados tras una barandilla de madera en el extremo opuesto a los cajeros. Divisé a Alma Waters, la mujer que me había ayudado con mi hipoteca, pero seguí el protocolo y presenté mi tarjeta a la recepcionista.
Alma se acercó a saludarme. Era una mujer rolliza, entre los cincuenta y los sesenta, que solía lucir vestidos ajustados de vivos colores, envuelta en echarpes y atildada con llamativas joyas. Hoy lucía una chocante combinación de rojo y rosa, y una serie de collares de cuentas rojas y plateadas. Deslizándose hacia mí sobre sus altos tacones negros de charol, me estrechó la mano tan efusivamente como si hubiese pedido un préstamo de un millón de dólares en lugar de cincuenta mil.
– Vamos allí, Vic. ¿Cómo estás? ¿Cómo va tu apartamento? Fue una buena inversión la que hiciste. Te dije en su día que podías contar con que ese tramo de Racine iba a prosperar, y así ha sido. Acabo de renegociar una hipoteca para una persona en Barry, y sabes, el valor de su pequeño apartamento de dos piezas se ha multiplicado por ocho. ¿Has venido por eso? -mientras hablaba había extraído mi expediente de un cajón.
A veces me costaba reunir los setecientos dólares al mes de mi piso además de mi alquiler del centro. Eso era exactamente lo que necesitaba, sí, triplicar mi hipoteca.
Sonreí.
– En parte. Lo que se refiere a ese tramo de Racine que está prosperando. Necesito una ayuda, una ayuda que quizá no puedas darme.
– Inténtalo, Vic -soltó una risa franca, mostrando una brillante dentadura, completa y uniforme-. Conoces nuestra divisa: «Crecemos sirviendo a la comunidad».
– Ya sabes que soy detective privada, Alma -tenía que saberlo: mis ingresos inciertos hacían de mí una clienta difícil para sus jefes-. Estoy trabajando para una anciana que vive en mi misma calle, Harriet Frizell. La señora Frizell… bueno, es de los más antiguos habitantes de Racine. De la parte que todavía no ha prosperado. Y ahora está viviendo momentos difíciles.
Le esbocé un cuadro breve -pero esperaba que conmovedor- de la situación de la señora Frizell.
– Era clienta vuestra, pero en febrero cambió su cuenta al U. S. Metropolitan. No creo que posea mucho. Pero tampoco creo que la pareja que se apresuró a hacerse cargo de su tutela sean unos angelitos del barrio. No te estoy pidiendo que me digas cuál es su capital, ya sé que no puedes hacerlo. Pero ¿puedes decirme si dio alguna razón para hacer el traslado?
Alma fijó en mí unos ojos brillantes y alegres durante un minuto.
– ¿Qué interés tienes tú en esto, Vic?
Extendí las manos.
– Llámalo buena vecindad. Su mundo giraba alrededor de sus perros. Me comprometí a ayudar a cuidar de ellos cuando ingresó en el hospital, pero cuando volví de un viaje, me encontré con que los habían sacrificado. Eso me suscitó sospechas respecto a la gente que lo hizo.
Arqueó los labios, debatiendo la cuestión consigo misma. Finalmente giró hacia el ordenador de la esquina de su mesa y manipuló el teclado. Hubiera dado la paga de una semana -de una buena semana- por poder ver la pantalla. Tras unos minutos de tecleo, se levantó con un breve «vuelvo enseguida» y se alejó hacia el fondo del banco.
Una vez Alma hubo desaparecido en un despacho construido en el fondo del vestíbulo, mis instintos más bajos me pudieron: me levanté y miré la pantalla. Lo único visible era un menú inicial. Desconfiada mujer.
Alma tardó un buen rato en contarle mi caso a su jefe. A los diez minutos o así sonó el teléfono en una de las otras ventanillas de préstamos. La mujer habló brevemente, luego se levantó y desapareció también en el despacho de atrás. Me terminé el café que me había dado Barbara, memoricé un manoseado impreso sobre autofinanciación, encontré un elegante aseo de señoras en el sótano del banco, y aún tuve tiempo de estudiarme un folleto de hipotecas sobre viviendas antes de que aparecieran las dos mujeres.
Se detuvieron junto a la mesa de la segunda empleada para que ésta tuviera tiempo de sacar una carpeta de su fichero. Alma la trajo también a ella, presentándola como Sylvia Wolfe. La señora Wolfe, una señora alta y enjuta de unos sesenta años, llevaba un pulcro traje de punto más a tono con un banco que la exuberancia de Alma. Me estrechó enérgicamente la mano, pero dejó hablar a Alma.
– Hemos tenido una larga charla con el señor Struthers respecto a lo que podíamos decirte. Sylvia está aquí porque era ella la que atendía de hecho a la señora Frizell. Tu vecina fue clienta nuestra desde 1926 y fue un disgusto perderla. El señor Struthers ha decidido que podíamos enseñarte la carta que la señora Frizell nos envió, pero, por supuesto, Sylvia no puede dejarte mirar ningún otro de sus documentos financieros.