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– Me pregunto si podría echarle un vistazo -procuré mantener un tono indiferente.

– Querida, si eso te complace, puedes examinar foto por foto. No es que sea gran cosa, pero ella destinó su caja más bonita para guardar sus papeles. Cuenta con Hattie para prestarle más atención a algo de sus perros que a sus propios documentos… ¿Más té, querida?

Como lo decliné, se dirigió rápidamente a la parte delantera de la casa. Volvió al cabo de un minuto con una caja de laca negra de unos cincuenta centímetros de largo por unos diez de ancho. Era un bello objeto, decorado con un dibujo de vivos colores representando a un perro con el hocico en el regazo de una chica, sentados los dos bajo un peral. La hechura era tan esmerada que la tapa ajustaba perfectamente en la caja, pero se abría sólo con un suave tirón. Me encontré mirando un retrato desenfocado de Bruce.

– Quiero seguir con mis plantas, querida. Puedes dejarla simplemente sobre la mesa cuando termines de mirarla. Y no dudes en servirte más té si te apetece.

Le di las gracias y empecé a sacar cuidadosamente papeles de la caja. Bajo la cabeza de Bruce había una foto de grupo de los otros cuatro perros junto a la valla trasera. Había conseguido quién sabe cómo que se irguieran sobre sus patas traseras y apoyaran las de delante en la verja. Aunque también estaba desenfocada, era una instantánea bastante ingeniosa. Quizá la alegraría tenerla junto a su lecho de hospital. La separé para llevármela en mi próxima visita.

Bajo esas dos había una serie de fotos que debían de ser de sus anteriores perros, junto con el certificado de Bruce del Kennel Club y papeles de otros perros desaparecidos desde hacía tiempo. Un puñado de recortes de periódico amarillentos mencionaban los días gloriosos de la señora Frizell, cuando presentaba en exposiciones labradores negros y ganaba premios. Nadie había sugerido nunca que ella hubiese llevado a cabo algo tan disciplinado.

Finalmente, en el fondo de la caja, encontré un pequeño fajo de documentos personales. La escritura de la casa. Y tres bonos, de un valor nominal de diez mil dólares. Cupones de acciones que redituaban el diecisiete por ciento, emitidos por Diamond Head Motors.

Una nueva raza de banqueros

Me quedé largo rato mirando fijamente los bonos, ansiando que consintieran en revelarme algo más que su valor nominal. O que su nulo valor nominal. En febrero la señora Frizell había cancelado su cuenta en el Lake View, transferido sus fondos al Metropolitan, y comprado treinta mil dólares en participaciones de Diamond Head. Como su carta al Lake View explicaba que iba a recibir diecisiete por ciento de intereses en el Metropolitan, parecía bastante probable que fuese el banco el que le hubiese vendido los bonos. Y eso significaba… algo tan sucio que deseé que no fuese verdad.

Los documentos privados de la señora Frizell habían estado a salvo durante semanas en la caja lacada, pero vacilé en dejarlos allí. Como la señora Hellstrom pensaba que Todd y Chrissie eran unos vecinos encantadores y serviciales, seguramente también les enseñaría a ellos el escondrijo, si se les ocurría pedírselo. Embutí la escritura y los bonos en mi bolso, coloqué todos los testimonios de gloria canina en el orden correcto, y volví a encajar cuidadosamente la tapa en su ranura. Sólo para acrecentar mi propia reputación de vecina encantadora y servicial, enjuagué los vasos del té y los dejé en el escurreplatos.

La señora Hellstrom estaba desherbando a gatas cuando salí de la cocina.

– ¿Ya has mirado todo lo que había, querida?

– Sí. No me extraña que su hijo esté tan amargado: todos sus recuerdos se refieren a sus perros. Ni siquiera conservó su fotografía del jardín de infancia. Pero no sabía que preparaba a los perros para exposiciones caninas.

– Pues vaya que sí -se sentó sobre sus talones y enjugó el sudor de su frente-. Supongo que por eso no me molestaban tanto como algunos de los otros perros de los alrededores. Recuerdo cuando ese jardín estaba impecable y tenía siete u ocho labradores allí, todos perfectamente atendidos. Sólo estos últimos años ha sido cuando ha empezado a no poder ocuparse de ellos como antes. Maia Tertz te lo puede decir. Solía comprarle perros a Hattie, para su familia. Todos sus hijos tienen labradores, descendientes de alguna de las que tuvo Hattie, sí, ya lo creo, y supongo que también sus nietos. No creo que gente joven como Chrissie pueda apreciar eso.

– A Chrissie parece que le gusta ayudar a la gente en otras cosas -aventuré-. He oído que es una experta financiera.

– Quizá, querida, quizá, pero el señor Hellstrom y yo preferimos tomar nuestras propias decisiones para invertir. No estamos como para perder lo poco que tenemos, así que no podemos permitirnos hacer caso de los grandes lanzamientos de ventas.

– He cogido una de las fotos de los perros. He pensado que le daría ánimos tenerla junto a su cama.

– ¿Pero cómo no se me ha ocurrido a mí? Es una estupenda idea. Estupenda. Y yo que siempre te tuve por una esnob… Lo siento, querida, se me ha escapado -sonrió con embarazo y volvió a ponerse a gatas para seguir arrancando invisibles malas hierbas entre los rosales.

Mientras subía por Racine hacia Belmont, me sentía como si tuviese unos rayos X en mi bolso indicando la presencia de los bonos. Iba nerviosa y pendiente de todo aquel que pareciese seguirme un poco de cerca. Llegaba un autobús justo cuando alcancé la esquina. Me subí para el medio kilómetro que me separaba del banco de Lake View, sólo por seguridad.

De vuelta en su fresco y húmedo recinto, alquilé un cofre personal. Alma me dejó utilizar su fotocopiadora para sacar copias de los bonos y del título. Hice dos juegos de copias. Uno de ellos lo doblé y lo metí en el bolsillo de mi chaqueta; el otro lo puse en un sobre dentro de mi bolso. Después de poner los originales en el cofre de seguridad, volví a la mesa de Alma. Terminó una llamada telefónica y me miró inquisitivamente. Su cálida sonrisa parecía haberse desgastado un poquito respecto a mí.

– Ya sabes cómo el Lake View se precia de ser un banco que ofrece un servicio completo. Me preguntaba si podrías guardarme esto -le tendí la llave del cofre.

Sacudió la cabeza, sin molestarse siquiera en sonreír.

– No puedo hacer eso, Vic. Va totalmente contra las normas del banco.

Me mordí un nudillo, esforzándome en pensar algo.

– ¿Podrías enviármela por correo?

Hizo una mueca.

– Supongo que sí. Si pones la dirección en el sobre y lo cierras tú misma.

Sacó un sobre de un cajón. Cogí yo misma un puñado de pañuelos de papel perfumados de la esquina de su mesa y envolví la llave en ellos. Dirigí el sobre a mi nombre a cargo de la propietaria de un bar que suelo frecuentar en el centro, el Golden Glow, y se lo tendí.

– Ahora tendrás que admitir que «somos un banco con servicio completo. Díselo a todos tus amigos -se rió alegremente y puso el sobre en una bandeja destinada al correo de salida.

– Lo haré, Alma; cuenta con mi voto.

Había visto un teléfono público en el sótano, junto al lavabo de señoras, en mi primera visita de la mañana. Bajé a llamar a Dorothy Fletcher, una corredora de bolsa que conozco.

– ¿Qué puedes decirme respecto a los bonos de Diamond Head? -le pregunté después de intercambiar algunas bromas.

– Nada. ¿Quieres que lo mire y que te llame?

– Hoy no estoy localizable. ¿Puedo esperar mientras lo miras?

Me advirtió que podía ser una espera larga, pero aceptó. Terminé examinando las paredes durante casi un cuarto de hora. Sylvia Wolfe bajó a los aseos e intercambiamos un saludo. Ninguna otra cosa perturbó la atmósfera sepulcral del sótano. Mientras se alargaban los minutos sentí no llevar un libro. Incluso hubiera agradecido una silla.